Francisco Saura, Número 66, Opinión
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Variaciones sobre una misma perspectiva violeta

Francisco Saura

Por Francisco Saura

I

Recogió las fotografías esparcidas por el suelo, los cristales de la copa que aquel extraño había hecho añicos sobre el aparador, la camisa desgarrada, secó con una servilleta de papel el suelo encharcado de güisqui, las lágrimas derramadas a lo largo de los años, pero sobre todo se arrodilló buscando su alma pisoteada, pateada y arrinconada en cualquier esquina. La buscó desde el amanecer Removió las sábanas y las mantas, arrojó la almohada al suelo, rasgó el colchón pero allí no estaba. Nunca hubo calor en aquel sitio: ¿para qué esconderse allí?. Luego, vació todas las botellas en el fregadero. El olor a alcohol impregnó durante días la cocina. Pero en el fondo de las botellas vacías, tampoco estaba su alma.

–¿Y en la habitación de los niños? –pensó.

Entró en la habitación de Jaime. Se recostó en la cama. Miró los pósteres de la pared. Nirvana, una rosa blanca en un vaso con agua, las llaves sobre el escritorio, la fotografía de Ana apoyada en los libros, novelas, poesía, El Grito en la carpeta, Neruda…. Su alma se podría haber cobijado en la habitación de Jaime. Era un lugar de paz. El único sitio que respetaba  aquel energúmeno con el que se había casado veinte años atrás. Pero su alma no podía estar allí contemplando a Jaime mientras dormía. Le producía terror que su marido supiera que aquel pudiera ser su rincón de paz, el único lugar de la casa a donde los gritos y los puños no había llegado nunca. “¿Que no me vea aquí” –pensó–. Y salió corriendo de la habitación. Huyó no por ella, si no por Jaime, ese adolescente que se encerraba en el cuarto de baño cada vez que su padre regresaba borracho a casa, y con el que no quería ir ya los domingos al fútbol ni bajar a patear el balón en la plaza del barrio. Si aquel energúmeno se enteraba que su alma se reconfortaba en la habitación de Jaime, que no sentía ese dolor en el pecho cada vez se sentaba en la silla de su hijo, que cuando leía los poemas de Neruda su boca esbozaba una amplia sonrisa, no la dejaría volver a pisarla, la echaría a patadas a ella y a su alma, el único sitio dónde ambas solían coincidir en contadas ocasiones.

Luego estaba la otra habitación, la de María. Pero de ninguna manera podía su alma encontrar allí sosiego. Aquella habitación era la más terrible de la casa. Por allí solía merodear la bestia. Al principio del matrimonio y después, cuando María cumplió los once años. Aquella habitación parecía siempre estar en tinieblas a pesar de que era muy luminosa. Daba a un jardín de jacarandas. En primavera parecía un mar violeta y los ruiseñores cantaban al amanecer. María tenía quince años, unos ojos verdes profundos y tristes y unos deseos irrefrenables de huir y llevársela con ella. Pero siempre la detuvo. ¿Dónde iban a ir?, ¿a quién se lo contarían? ¿quién las creería? Nadie. Los perversos suelen ser hermosos por fuera, encantadores, siempre con una sonrisa en la boca. Solo actúan cuando se encuentran a solas con la víctima. Entonces, ya no hay escapatoria. Vez la puerta cerrada, la luz filtrándose por la rendija del suelo, un lejano “mamá, mamá”. Y más cerca, a escasos centímetros de tu oído, los reproches a media voz, luego los gritos y los golpes sordos, para que los luego los vecinos no digan que qué escandalosos.

Y finalmente quedaba la cocina y los cuartos de baño. Pero allí tampoco había vida. En los cuartos de baños alguna vez los hubo. Hasta que aquél energúmeno reventó por fuera los cerrojos y se negó a reponerlos. No encontraría su alma en ninguno de aquello lugares. Más que otra cosa eran velatorios con cirios. Ella sola contemplando su pálido rostro detrás de un cristal reluciente rodeado de crisantemos y música fúnebre.

Volvió sobre sus pasos. Contempló los restos de la última batalla. Las había perdido todas y ahora no encontraba un lugar dónde agarrarse cuando llegara la próxima tempestad. Rompió las fotos que había recogido del suelo, luego las cartas de su noviazgo. Se vistió en un suspiro y salió a toda prisa al instituto. Cruzó el jardín de jacarandas. El cielo era de color violeta y los ruiseñores contaban al mediodía. Sonrió a todo aquel con el que se cruzaba. Su rostro se doró con el sol, sus cabellos se soltaron al viento. Parecía que su alma había vuelto a su cuerpo y ahora ambas sabían su destino, el mismo para ellas y para sus hijos.

Jaime y María esperaban en la puerta del instituto. La vieron llegar. La vieron hermosa, la vieron con una cabellera negra ondulaba por el viento.

–No volvemos a casa, hijos. El diablo vive en ella.

No dijeron nada, pero aquel día un compañero de clase de María, que la vio entrar en el cuartel de la policía del barrio,  se enamoró de sus ojos verdes profundos y alegres.

II

Resido en la tierra. En ella me escondo, en un lugar muy profundo, a ras de vida, buscando la sombra del berzal (si esto es posible, si hay sombra suficiente para disimular el enrojecido desgarro de mi mejilla). Lo hago para huir. No sé desde cuando lo hago: Solo veo el polvo en mis zapatos y el largo camino que me queda para encontrar ese lugar que me proteja debajo de la tierra. Porque, sabedlo, no puedo volar, no puedo ser el águila que sobrevuela las altas cordilleras. Una cadena me ata a la oscuridad detrás de una puerta con veinte cerrojos y arañazos en su interior.

Huir como un pájaro, me dices. ¿A dónde con las alas quebradas, con la piernas hundidas en el cemento, con ese portazo que anuncia la madrugada sin luna? Allí estoy, sumergida en la bañera: el agua borbotea debajo del grifo, escucho su voz detrás de la puerta, veo su rostro reflejarse en el vapor de agua y mi mejilla enrojece antes de que la sangre brote de nuevo de la herida nunca cicatrizada. ¿Y me dices que huya con lo puesto, con la niña en brazos y el niño arrastrando hasta caer exhausto en el banco del jardín, no lejos de la estación del tren, debajo del sauce? Y ya escucho su voz. Sí, de nuevo. Es la noche del cazador. Me seguirá siguiendo el río, como Robert Mitchum, me alcanzará, me agarrará del cabello, me hundirá en el agua y luego recogerá a los niños escondidos también bajo tierra, a la sombra del berzal. Porque él huele mi sangre, se deleita viéndola correr por mi rostro y siempre me encuentra, debajo de la tierra o en lo alto de las montañas.

Resido en la tierra, tal vez pronto habite en ella. Ninguna mujer ha nacido para sufrir a manos de un hombre, lo sé. Pero hay algo que me detiene cuando miro la puerta o entreabro las cortinas para contemplar a los niños jugando poco antes del anochecer. Con sus madres, con sus padres, todos sonrientes, todos felices mientras el crepúsculo va alargando las sombras de los árboles y el reloj marca inexorable la hora. Y él llega gastando bromas a los vecinos, con su voz de vendedor de muebles de media calidad, que qué buen día hace, que qué hermoso es el anochecer de finales de septiembre, con esa brisa que sopla del mar y agita levemente el rosal del portal, con el municipal paseando por las sendas del jardín. Luego ya dentro, en el fondo del infierno, el diablo desata su verbo y su fuego hasta que el mundo vuelve a detenerse y se escuchan las campanadas de la torre de la iglesia.

Y un día, por cualquier motivo, porque lo he escuchado en la radio o lo veo en la sonrisa de las mujeres del parque, porque sé que aquello es un crimen que mis hijos no pueden ver ni escuchar o tal vez porque he visto volar una golondrina o veo llegar la tormenta, me siento junto al teléfono y marco el Ciento Doce. Hablo, lloro, me arrepiento, pero finalmente la luz de la mañana se filtra entre las persianas.

Y mis hijos sonríen,

Y yo sonrío.

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