El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 66, Opinión, Rosa Regàs
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Una mirada al exilio

Por Rosa Regàs / Ilustración: El Koko Parrilla. Viernes, 16 de diciembre de 2016

ROSA REGAS

@rosaregas

Durante mucho tiempo el exilio fue para mí el espectáculo que viví en Port Bou en 1939: una multitud de hombres y mujeres depauperados, sucios, cargados con paquetes y fardos mal atados, intentaban pasar de un andén a otro bajo las ruedas de los trenes estacionados en la estación, como si fueran la frontera entre la España del fascismo recién establecido y la Francia de la liberación. Yo no sabía qué significaba aquel movimiento de personas con cara famélica, deformada por el miedo. Tenía solo seis años y apenas entendía que me llevaban de vuelta a España de donde había salido tres años antes cuando comenzaron los bombardeos italianos en Barcelona. Venía de la escuela que en los Alpes Marítimos regentaban los pedagogos Elise y Celestin Freinet y de allí fui “rescatada” por las autoridades franquistas que me devolvieron a la nueva patria del fascismo español, el que había vencido a la legalidad republicana. Una patria que ya no reconocí porque a la bandera que ondeaba en la frontera le faltaba el violeta.

No sabía entonces lo que era de verdad el exilio a pesar de que tanta gente formaba parte de este colectivo, privilegiado si se lo compara con el de los que no pudieron salir de España, fueron encarcelados, sometidos a trabajos forzados o condenados, los que huyeron a las montañas hasta que la Guardia Civil los encontró y los abatió, o los que sin acusación ni juicio fueron fusilados.

Ahora si lo sé, ahora entiendo lo que supone perder la casa, el pueblo, la familia, la posibilidad de trabajar, tener que huir siempre en busca de un lugar seguro y esperar a que se pueda encontrar comida, una legalidad en el nuevo país y un trabajo con que ganarse el pan olvidando a veces lo que se sabe hacer y lo que se ha aprendido y practicado.

Lo entendí sobre todo cuando supe que mi padre, republicano, se había quedado en Francia, primero en Argelès y luego oculto en un desván, en París. Y cuando en 1959 volvió, vivió escondido en Barcelona en casa de su padre que por haberse convertido en franquista consiguió para él un permiso especial que no le permitía salir de la casa.

Mi padre, Xavier Regàs, abogado y escritor, fue también un exiliado en la ciudad donde había nacido, estudiado, trabajado y luchado y la que había defendido del fascismo invasor, que se había vaciado de amigos y correligionarios exiliados, muertos, encarcelados o convertidos en colaboradores de los fascistas.

El exilio nos priva de los derechos más elementales y nos obliga a aprender a vivir y a ser de otra manera. El exilio es terrible e injusto sea a donde sea que nos lleve, es la peor consecuencia de la maldad de los hombres que por su propia gloria montan guerras que dejan millones de exiliados que no saben o no pueden rehacerse de la derrota y tantas veces se hunden en la nostalgia, en la sombra de lo que habrían querido ser. No todos tenemos el don, el coraje o la edad de, tras un ejercicio superior de voluntad e inteligencia, convertirnos en ciudadanos de otro país donde sobrevivir y volver a empezar.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

@Elkokoparrilla

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