Becs, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 66, Opinión
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¿Rajoy mejor orador?

Por Juanma Velasco / Ilustración: Becs Viernes, 16 de diciembre de 2016

@Juanmavelasco1

Si a Mariano Rajoy le han concedido el premio Luis Carandell al mejor orador, mis esperanzas de recibir el Nobel de Física han aumentado notablemente. Hay que tener los huevos/ovarios amplios o estar la asociación desesperadamente necesitada de subvenciones para galardonar a un tipo que de cada cinco palabras una es “cosas” y otra “eeeee”. Seriedad, divino tesoro.

La Constitución. Nació cuando Internet era sólo un sueño, pero ahí está, casi inmaculada, ambigua para ser interpretada a capricho de unos pocos que la mantienen como entonces para mantenerse ellos. Lo cierto es que, pese a todo, salió una Constitución apañada en lo superficial, en la que se inmunizaba a un rey designado a dedo por el Caudillo, una resolución que no conviene olvidar cuando se alude a la divinidad de esta monarquía nuestra que no hace sino perpetuar un pasado hegemónico de unidades, salvo el breve interregno de la II República.

Gustos musicales. No suelo compartir música en mi muro de Facebook, pero lo hago con una joya urbana. La vida y las conversaciones nos hacen aflorar a personas que ya no están y que hubieran merecido quedarse un tiempo más. Manolo Portolés fue una de ellas. Un crack de la vida y un antiejemplo de timidez. Lo tuve de profesor de música y también sonaba bien con la palabra. Pero como voz, era un prodigio de la naturalidad. No encontraréis una versión mejor de Algo contigo, ese clásico del bolero, se apellide Flores o Manzanero su intérprete. De madrugada, con quizá algo más que un café en el aliento. Sencillamente soberbia.

No hay dictadura buena. La de Fidel Castro fue un ejemplo de sometimiento y ausencia de libertad. Mi última columna, Yo no te absuelvo Fidel, va dedicada a todos los románticos de la izquierda que no la sufrieron. Ser de izquierdas no significa ser ciego. Más allá del romanticismo de la resistencia cubana hacia lo yanqui, más allá de lo mitificado de su educación y su sanidad, más allá de lo legendario de la irrupción simultánea (el simbólico 1 de enero de 1959) de las guerrillas capitaneadas por Che y por Fidel Castro en La Habana y Santiago de Cuba respectivamente, para proclamar la Revolución y el fin del Régimen totalitario de aquel Batista al que nadie que no sea cubano reconoce en fotografía, está la mera sustitución de la dictadura de derechas de aquel tal Fulgencio por una de izquierdas de la que los Castro se acabaron apoderando en exclusiva.

Ese olor característico de los hospitales… Ese olor característico de los políticos que gestionan los hospitales. Olía a incertidumbre, la enfermedad suele llevar adosado ese aroma indefinido. Olía a resignación, a no elevar la protesta ante el retraso, a hermanamiento espontáneo ante la adversidad, a amabilidad a la hora de ceder espacios. Olía a intercambio, a trasvase, a igualación, a corto plazo. Y olía, en particular, a hospital público, a ese olor a pueblo llano (en ocasiones hedor) con voto pero sin voz que se ve continuamente zarandeado por unos dirigentes a los que no imagino haciendo cola para aguardar a que la enfermera les tome la tensión y les invite a repetir la espera hasta que el médico los llame a consultas en su condición de embajadores de la gente común.

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Becs

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