El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 65, Opinión, Xavier Latorre
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Protocolos fúnebres

Por Xavier Latorre / Viñeta: El Koko Parrilla. Viernes, 2 de diciembre de 2016

XAVIER LATORRE

Xavier Latorre

Con la de leyes, reglamentos y decretos que se debaten y se votan en los parlamentos parece mentira que no se haya editado todavía un manual de instrucciones para decesos ilustres, para homenajes póstumos. ¿Cómo honrar a una exalcaldesa fallecida de forma repentina, demasiado pronto y fuera de su hábitat preferido, el PP y “su” Valencia, en un lugar donde no había trabajado anteriormente? Si estuviera por escrito se activaba el protocolo fúnebre, y aquí paz y allá gloria. En ese manual debería figurar en primer lugar que la noticia fuera cierta; habría que cerciorarse de la defunción con altas dosis de seguridad. En esta era de la posverdad que nos ha tocado vivir, crecida a la sombra de Donald Trump, algunos son capaces de colarte la muerte de un Papa por la cara un día cualquiera y desmentirlo después de un millón de retuits emitidos por impacientes followers inquietos.

Una vez el cadáver está ya en manos del forense de turno, el catálogo de acciones mostraría la forma de ensalzar al fallecido. Especificaría si se le imponía una insignia a título póstumo, si se declaraba el luto ciudadano, si se izaban las banderas a media asta o si se le honraba para la posteridad otorgando su nombre a una calle. Siendo previsores, podrían dejarse algunas avenidas sin rotular a expensas de futuras muertes de prohombres y promujeres inesperadas. También se podría incorporar a ese protocolo un minuto de silencio, una pieza de violonchelo o un himno cantado por un tenor reputado o interpretado por una banda de música de una unidad militar.

Eso ahorraría que el fallecido fuera utilizado como ariete para embestir al contrincante político que se muestra poco o nada compungido ante el ilustre fallecimiento. Sabríamos quiénes se arrogan la capacidad de emitir certificados de amistad o de fidelidad con el finado. Podríamos optar a una butaca en las primeras filas de platea en una catedral como la de Valencia, igual que logró el expresidente Aznar en el entierro de Rita Barberá. La familia quería, decían, una ceremonia íntima y familiar, pero por el móvil no dejaba de llamar, suponemos, a los suyos (Cotino, Mayor Oreja, Camps…)

La muerte de Fidel Castro se tradujo en una marcha fúnebre en La Habana y, al mismo tiempo, en una jornada de carnaval en Miami. ¿Un día triste o un día dichoso? La utilización de las personas muertas más allá de su defunción viene de lejos. Con El Cid se hizo algo parecido y al parecer funcionó. Las redes sociales de la época anunciaron que había sobrevivido a una herida de flecha y el pánico cundió entre sus enemigos del islam afincados en Valencia. Fíjense en Pedro Sánchez, un cadáver político al que sus partidarios pasean por asambleas locales, empezando por tierras valencianas, para declarar la guerra a una gestora timorata atrincherada en Ferraz.

Es necesario redactar, cuanto antes, un código luctuoso, como los códigos éticos que en vida no se cumplen para nada. Hay que pedir ya un minuto de silencio por la hipocresía generalizada que visualizamos en los telediarios. Todos nos tenemos que morir, como dice la DGT, pero algunos deberían irse al otro mundo sin tanto ruido mediático. Ni lo merecen ni lo merecemos.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

@Elkokoparrilla

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