Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 66, Opinión
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Nadia

Por José Antequera / Ilustración: Igepzio. Viernes, 16 de diciembre de 2016

@jantequera8

Conocí a Pedro Simón un verano a principios de los años noventa, en el diario La Opinión de Zamora. Eran los tiempos del milagro español, de los pelotazos, expos y olimpiadas, de la máquina del fango felipista que estaba a pleno rendimiento. Los dos éramos jóvenes becarios que empezaban en esto del periodismo y los dos teníamos ilusión por cambiar el mundo a golpe de titular y reportaje. Pájaros que tiene uno en la cabeza cuando es un mozalbete. Trabajábamos como cabrones por un sueldo mísero (que es lo que se pide a todo novato en prácticas que está empezando en este negocio), sin pedir explicaciones de por qué éramos los primeros en llegar por la mañana y los últimos en salir por la noche, cuando la redacción se quedaba vacía de canallas, sumida en una soledad con olor a sudor y bocadillo de fiambre, y solo se escuchaba el repiqueteo intermitente de los teletipos como metralletas. Nos dejábamos sacar la sangre sumisamente con la esperanza de abrirnos paso en el oficio. La cosa siempre ha funcionado así, la explotación laboral no es algo de ahora.

Yo vivía de alquiler en una habitación espartana de la pensión Los Abuelos, en el casco antiguo de la ciudad. Se me iba el sueldo del mes en pagar el catre y las dos comidas. No estaba mal la sopa de menudillos. Algunas veces, cuando llegaba la hora de salir a almorzar, Pedro se acercaba a mi mesa y me invitaba a comer en su casa. Él tenía mejor suerte que yo, vivía en un estudio alquilado bastante más cómodo y confortable que mi cuartucho triste y desolador de la pensión. Hasta tenía cocina y todo. Y un sofá. Todo un lujo. Llegábamos al apartamento, sacaba un par de quintos de la nevera y los bebíamos mientras él daba vuelta y vuelta en la sartén a un par de suculentos chuletones que a mí me sabían a gloria, ya que me permitían salir del rígido menú castrense de la patrona. Ya entonces demostraba ser un tío generoso. Recuerdo con agrado aquellas conversaciones sobre fútbol (él era del Aleti, yo de su eterno rival) y sobre literatura y política. Algunas veces salíamos de bares y nos emborrachábamos con los periodistas más veteranos, a los que no había manera de tumbar a whiskys. Fue una época divertida. Currábamos sin parar, pero teníamos ilusión, y así fue como aprendimos el oficio.

Hicimos buenas migas Pedro y yo pero el verano pasó como un rayo y agotamos los tres meses de prácticas por los que nos habían contratado. Con el mes de septiembre llegaron las primeras lluvias, el cielo plomizo y monótono de Zamora, el frío recio castellano, y cada cual regresó a su mundo. Nos despedimos deseándonos buena suerte. Pedro terminó en Madrid, donde consiguió colocarse en El Mundo. Yo acabé en Valencia y después en Murcia y otra vez en Valencia y finalmente en Castellón. Di tumbos por varios periódicos regionales, trincheras de la prensa, donde aprendí a amar y a odiar la profesión. O más bien a odiar a algunos que dicen ser periodistas cuando en realidad no son más que mediocres gacetilleros.

Han pasado más de veinte años y desde entonces solo hablé una vez más con Pedro Simón. Fue hace algún tiempo, por teléfono. Nos preguntamos cómo nos había ido en la vida y yo le pasé una foto en blanco y negro en la que aparecíamos cogidos por los hombros como buenos camaradas. Le dije que me gustaban mucho sus artículos de opinión, esos temas sociales de los que nadie se ocupa ya, ese estilo literario de la calle elevado a la categoría de gran género periodístico. Periodigno, creo que lo llaman. Hace unos días he sabido del infierno profesional en el que se ha visto envuelto, sin quererlo ni beberlo, mi antiguo compañero. La noticia increíble, el terremoto mediático, el escándalo. Todos tenemos una piedra esperándonos en el camino y la suya se ha llamado caso Nadia, ese padre sin escrúpulos que al parecer ha sacado tajada de la supuesta enfermedad rara de su hija agonizante. Pero Pedro no hizo ni más ni menos que lo que cualquier persona de bien hubiera hecho en su lugar: no limitarse solo a dar la noticia, a cumplir con el expediente como un redactor más, sino intentar echar una mano, ayudar, poner su grano de arena para que el mundo sea un lugar algo menos terrible. Escribió artículos de opinión concienciando a los lectores, apoyó la campaña para recaudar el dinero necesario, movilizó a anónimos y famosos para que donaran fondos y así salvar la vida de la pequeña, que ya estaba en riesgo de fallecer por falta de tratamiento. No me imagino el mal trago que debe suponer para un periodista riguroso y profesional como él comprobar que toda esa verdad por la que ha luchado no era más que una gran mentira, una estafa. No quiero ni imaginar el shock que puede producirle a uno comprobar que el dinero no llegaba a donde tenía que llegar, que el padre no era trigo limpio, que al final toda esa causa solidaria, toda esa batalla noble y justa, se ha venido abajo y ha terminado convirtiéndose en un culebrón de la televisión basura, en una investigación policial, en un gran proceso judicial en el que él ha sido víctima y cómplice, sin saberlo, de todo el montaje. A Pedro le honra haber pedido disculpas en una columna publicada en El Mundo en la que se atribuye toda la responsabilidad del error, pero no dejo de sentir asco y hastío por esos jefecillos que pululan por las redacciones, malas gentes que no han escrito una sola línea en toda su vida, que ni siquiera se preocuparon de supervisar si la noticia era correcta o no antes de meterla en la rotativa, y que ahora, para salvar sus inmundos traseros, escriben editoriales ventajistas en los que crucifican a la parte más débil: el redactor con un currículum intachable que será defenestrado para que se coma él solito el marrón. Los periódicos se han convertido en eso: gateras infestadas de mediocres, covachuelas de advenedizos sin escrúpulos, camarillas que emplean prácticas mafiosillas.

Estos días he leído y escuchado muchas tonterías sobre lo mal profesional que ha sido Pedro Simón, que si no contrastó la información como debía, que si se saltó las pautas más elementales de la buena praxis periodística, que si se ha implicado demasiado en la historia, que si esto, que si lo otro. Siempre habrá buitres que vivirán a costa de la desgracia ajena, cínicos que exigen a los demás lo que ellos mismos no hacen. Lo que le ha ocurrido a Pedro Simón es un drama que le acompañará toda la vida pero que le podría haber sucedido a cualquier periodista de buena fe que pretenda implicarse a tope en una historia. Nadie está a salvo de la depravación humana como la que ha demostrado ese padre desalmado. Nadie puede sentirse seguro cuando la bajeza, la infamia y la canallada clavan sus ojos en nosotros. Así funciona este mundo que hace ya tiempo enterró los nobles valores como la solidaridad, la compasión y la humanidad. No me gustaría estar en el pellejo de Pedro Simón. Y sin embargo, yo hubiera hecho exactamente lo mismo que él. Periodismo humano.

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