Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Igepzio, Número 66, Opinión
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Líder por accidente

Por Paco Cisterna / Viñeta: Igepzio. Viernes, 16 de diciembre de 2016

Francisco Cisterna

Es difícil precisar si el líder nace o se hace. Igual que es difícil de establecer si el macho alfa es o no prescindible para la manada. Si observamos la Naturaleza encontraremos multitud de ejemplos en los que el liderazgo juega un papel trascendental para el grupo. De esta observación se podría deducir que el liderazgo es inmanente en la Naturaleza, lo cual nos llevaría a considerar ciertas desigualdades entre los individuos que la componen; o lo que es lo mismo: la superioridad de los más dotados frente a los menos favorecidos, sin que esto implique, a priori, juicios morales.

Todas las teorías políticas han tratado de desarrollar sistemas que favoreciesen los cauces para la realización social; bien alentando las tendencias consideradas naturales o corrigiendo las disfunciones o “anomalías” tanto a nivel particular como colectivo. Lo cual representa un intento descomunal por conjugar, o dotar de sentido, la existencia individual y la gregaria. Este intento monumental ha cristalizado, a lo largo de la historia, en movimientos religiosos o políticos que han pasado del pensamiento a la praxis liderados por individuos carismáticos (héroes o demonios). El liderazgo, pues, se ha presentado como una herramienta útil para muchos, siempre que asumamos la posibilidad de una naturaleza adversa o desigual. El asunto se democratiza cuando presuponemos una situación de igualdad, que, por ende, nos aconseja limitar el poder del líder para salvaguardar nuestro yo. La solución democrática pasa por compartir entre todos, lo más posible, las decisiones y responsabilidades colectivas. Pero aun así, la figura o el papel del líder parece seguir siendo necesaria; merced, quizá, a los misterios de la psicología humana, por no llamarles naturaleza.

Pero dejemos este intento deshilvanado de aproximación a la naturaleza del liderazgo para centrarnos, sin abandonar el tema, en algo más actual: ¿Es posible la continuidad de la idea o de la acción sin el concurso del líder? ¿Es posible el cristianismo sin Cristo? ¿Es viable el platonismo sin Platón, el marxismo sin Marx o el Atlético de Madrid sin Simeone? Posiblemente, todos contestaremos que sí: que son viables. Con lo cual, de una forma tan sencilla, hemos solucionado un problema que parecía ser tan complicado. Pero no se dejen engañar, todavía hay madridistas que lloran a Mourinho en privado.

El símil deportivo me lleva a evaluar la idoneidad del líder para desempeñar su papel con mediana solvencia. Resultaría impensable que un entrenador de fútbol fuera el preparador de la selección de gimnasia rítmica –no me imagino a Zidane entre mazas, aros y cintas–.  Pero si las aptitudes y habilidades son importantes para el desempeño del cargo, no debemos obviar que las situaciones también pueden crear líderes a la fuerza o por accidente. Recordemos que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Es decir, que a pesar de que algunos rasgos son comunes a la figura del líder, no todas las personas que son líderes en una situación dada tienen que serlo necesariamente en otra situación distinta. No es lo mismo liderar un equipo de amigos que juegan al fútbol por la tarde en el campo municipal, que liderar a la selección nacional en un mundial.

Por otra parte, es inevitable que los individuos que se encuentran al frente de grandes proyectos dejen su impronta o confieran al proyecto una singularidad específica, diferenciadora. Sobre todo cuando hacen de su vida una visión y no una profesión. Hasta tal punto puede darse la imbricación que, a veces, se confunde la idea con la persona, las escamas con el pez o el agua con el mar. Sin embargo, no es menos cierto que un proyecto es mucho más que un líder y que las ideas perviven más allá de sus creadores. Las formas y el contenido pueden y deben ser reproducidos por otros desarrolladores, incluidas las contradicciones o los diversos matices encarnados por las distintas ramas, siempre y cuando estos no vayan a mayores y constituyan, por tanto, el tronco de un proyecto diferente. Lo contrario sería un liderazgo personalista o paternalista, monolítico y poco flexible, ligado, en demasía, a la supervivencia de quien lo encarna.

Otra cosa es que triunfen o venzan los misterios de la psicología humana, por no llamarles naturaleza. Fíjense si la cosa es misteriosa que, yo mismo, un día, fui presidente de mi comunidad por accidente o por causa mayor, que todavía no lo tengo claro. Y sepan que durante mi presidencia se arregló el ascensor, que llevaba un año fuera de servicio. En paz descanse mi antecesor, que se desplomó misteriosamente desde un octavo por el hueco de la escalera. Desde ese día, todos los vecinos subimos y bajamos en el ascensor. Es más seguro… y más rápido.

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