Alicia García Herrera, Literatura
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El imperio del sol naciente a través de la literatura: una breve mirada

Por Alicia García-Herrera. Martes, 6 de diciembre de 2016

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  Literatura

“Otro de los dioses extendió una cuerda tras ella y le dijo:
–Ya no podrás volver nunca más (a la caverna).
Entonces la diosa Amaterasu salió y sobre el Cielo y la Tierra volvió a reinar la luz”.

Kojiki, Crónicas de hechos antiguos.

Japón es algo más que tecnología punta, geishas, samuráis y guerreros ninja; algo más que artes marciales, zen, ikebana y bonshais; mucho más que sushi, sashimi y salsa agridulce. Japón es literatura.

Desde hace algo más de una década el Japón literario ha comenzado a traspasar fronteras y ha llegado a nuestro país. Términos como manga, haiku, teatro kabuki y bunraku, antes desconocidos para el gran público, se han popularizado y si hablamos de arte a pocos les resultan extraños los nombres de Ryū Murakami, escritor y director de cine, o los novelistas Banana Yoshimoto o Haruki Murakami. El favorable impacto de la literatura japonesa en la cultura occidental ha hecho que algunas editoriales españolas se hayan ido rindiendo ante el indudable encanto nipón, estimuladas por la aparición de un cuerpo de excelentes traductores. Luna Books, Trotta, Caralt, Hiperión, Anagrama, Atalanta, Cátedra y Gredos han sido buenos ejemplos, como también Tusquets, que traduce y edita a Murakami, o Impedimenta, que ha apostado por Tamiki Hara (Flores de verano, 1946, sobre la tragedia de Hiroshima) y Ogai Mori (Maihime, La bailarina, 1890, una bella historia de amor y de pérdida). En este panorama destaca Satori (2007), editorial dedicada en exclusiva al mundo japonés. A ello cabe sumar la aparición de revistas especializadas, como Eikyô. Influencias japonesas, que lleva editándose desde 2011.

En el ámbito narrativo sería descabellado pensar que la novela japonesa se agota en Murakami o en Banana. Y lo sería no solo por el ingente número de autores japoneses de calidad que ha ido generando el siglo XX, sino porque la obra de los escritores mencionados no entronca exactamente con la tradición literaria japonesa. De hecho, en su país natal, las novelas de Banana Yoshimoto se consideran comerciales y carentes de profundidad y a Murakami se le ha calificado habitualmente como batakusai (literalmente “apestar a mantequilla”), esto es, demasiado americanizado –y ello a pesar, o quizá a causa, de auténticos boom editoriales como La crónica del pájaro que da cuerda al mundo (2001), Kafka en la orilla (2006), Al sur de la frontera, al oeste del sol (2003) o 1Q84 (2011)–. Ha de tenerse en cuenta que la literatura o bungaku, palabra que significa estudio y cultivo de las letras, ha desempeñado en Japón un papel similar al desarrollado en occidente por la filosofía, la teología y la ética, un papel casi sagrado. La literatura aparece definida por un conjunto de valores entre los que destaca el aware (mono non aware), es decir, sensibilidad; wabi-sabi o sentimiento de gozo ante la imperfección, pues la belleza natural es imperfecta; miyabi o elegancia; yügen o belleza misteriosa y mujōkan, conciencia humana de lo perecedero, a los que se suman un conjunto de valores menores que varían en función de la época. Buena parte de estos principios literarios siguen presentes en la literatura contemporánea de la isla. Las expectativas que pretende colmar el bungaku no quedan en absoluto satisfechas a través de la producción literaria de los mencionados novelistas, de ahí las críticas poco favorables.

La historia de la literatura en Japón comienza en el siglo VIII y lo hace hablando de dioses y de sus relaciones con los mortales. A ese primer período, el siglo de Nara (710-784), corresponden dos obras fundamentales: Kojiki o Crónicas de hechos antiguos (año 712), que inaugura la tradición escrita, y el Nihon shoki o Nihongi, Crónicas de Japón (año 720). Durante el gobierno de la dinastía de Heian (794-1192) el arte se hace más refinado. Es la época del  triunfo del waka, esto es, una poesía caracterizada por combinar dos elementos, el corazón y la palabra, que difiere de la poesía tradicional, de estrofas más largas. De este período data el Kokinshū wakasahū (Colección de poemas antiguos y modernos) compilado en el año 905. Se trata de una antología notable en la que, por primera vez, los poemas se clasifican temáticamente, con la centralidad del tema del amor. En la prosa, siguiendo ese mismo estilo elegante, resulta imprescindible un libro escrito hacia el año 1000 por una de las damas preferidas de la emperatriz Teisi (976-1001), Makura no Sōshi, El libro de la almohada, de Sei Shōnagon. Desde la corte de la emperatriz rival, Shōshi, llega casi de inmediato su bellísima réplica, el Genji Monogatari o La historia de Genji.

La historia de Genji, escrita por Murasaki Shibiku, puede considerarse la obra cumbre de la literatura japonesa –no en vano se trata de la primera gran obra de ficción escrita en prosa–. Se compone de cincuenta y cuatro capítulos, desarrollados en unas mil páginas en las que se inscriben numerosos poemas, aforismos y reflexiones. Los primeros cuarenta y un capítulos, el núcleo central de la historia, tienen como protagonista al príncipe Genji. El tema fundamental es el destino humano, presente por ejemplo en el modo en que el príncipe encuentra a la dama del alba, la mujer que buscaba. Se trata de un destino no exento de un cierto pesimismo pues aboca necesariamente a la decadencia –las generaciones posteriores no tendrán la misma altura moral que las precedentes–.

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Murasaki Shibiku escribiendo La historia de Genji.

La época de Heian termina con el Heike monogatari o Cantar de Heike, poema épico escrito probablemente por dos monjes budistas, Yukinaga y Shobutsu hacia el año 1225. Si La novela de Genji refleja el estilo de vida cortesano, el Heike monogatari nos introduce en el mundo de los samuráis y de los códigos de honor. Se trata de una obra que entronca con la tradición oral –de hecho, al igual que la epopeya de Homero, el Heike era recitado por bonzos ciegos con acompañamiento musical–. El Heike nos relata el choque entre los Heiki, conocedores de las artes y respetuosos de los códigos religiosos, y los Genji, rudos guerreros de provincias. Este enfrentamiento pone en lid dos órdenes de valores que se saldan, finalmente, a favor de los Genji.

Junto a la épica guerrera, durante la Edad Media japonesa –épocas  de Kamakura y Muromachi florece también lo que se ha dado en llamar literatura del apartamiento. Históricamente es un momento de confusión política y decadencia y se admira a todo aquel que es capaz de aislarse del grupo y buscar la soledad. De este período destacan sobre todo dos poetas monjes, Saigyō (Satō Noriyiko) con el Sanka-shū (siglo XII) e Ikkyū Sōjun, autor de Kyōunshū (siglo XV), famoso por su influencia en ceremonia del té. Ambos incorporan la filosofía zen a sus poemas, con la particularidad de que para Ikkyū el zen y el amor son idénticos, como se expresa en este fragmento de un poema sin título:

Una mujer, el río profundo del amor, nube y lluvia.
Muchacha y monje cantan arriba bajo el quiosco.
Hallo la inspiración en besos y en abrazos
no creo que esté dando mi cuerpo a los infiernos
.

En esta etapa han de mencionarse también dos ensayistas comprometidos con la sociedad, Kamo no Chōmei, cortesano convertido en monje budista (Hōjōki, Un relato desde mi choza, siglo XIII) y Yoshida Kenkō, autor de Tsurezuregusa, Ocurrencias de un ocioso (siglo XIV). La literatura de apartamiento se complementa con otra manifestación artística: el noh, o teatro ritual.

La  época de Edo o del comienzo de la dinastía de los Tokugawa (1603-1867) nos propulsa hacia la poesía y nos brinda una de las piezas más conocidas de la literatura japonesa, La Rana, de Matsuo Bashō. Este poema ha sido considerado como arquetipo del haiku (jaiku) o poesía de la intuición (Un viejo estanque/salta una rana ¡zas!/chapaleteo). En prosa resulta de interés el erotismo de Ihara Saikaku con su obra Kōshoku gonin onna (Cinco mujeres apasionadas) y las obras del dramaturgo Chikamatsu Monzaemon.

Pero sin duda es la era Meijí (1868-1912), con la occidentalización del Japón tradicional, la que supone un punto de inflexión en su literatura. A partir de ese momento se va a vivir una tensión entre tradición y modernidad que perdura hasta nuestros días. En este período destacan dos escritores de gran influencia en la literatura japonesa moderna, Natsume Sōseki (1867-1916) y el ya citado Mori Oogai (1862-1922), autor, entre otras, de la espléndida Jiisan baasan o La historia de Iori y Run (1915). Kokoro (1914), la obra más representativa de Sōseki, es una auténtica joya en cuanto a estructura y nos ofrece una historia sincera y emotiva entre un maestro o sensai y su joven discípulo en un marco dominado por dos acontecimientos históricos de gran relevancia: la muerte del emperador Meiji Tennō y el suicidio de su general, Nogi.

El siglo XX nos trae una segunda edad de oro en las letras japonesas con  creadores de la talla de Jun’ichirō Tanizaki (1886-1965) con su obra maestra Sasameyuki, publicada en 1947; Yukio Mishima (1925-1970) con Kikankuji (El pabellón de oro, 1956);  Kōbō Abe (1924-1993), con Sunna no onna (La mujer de la arena,  1962) y Shūsaku Endo (1923-1996), autor de Chinmoku (Silencio, 1966) y de  Umi to dokuyaku (El mar y el veneno, 1958), en la que el escritor retrata el caos de la guerra.

Las letras japonesas del pasado siglo también nos aportan dos Premios Nobel, Yasunari Kawabata (1899-1972), Premio Nobel de Literatura 1968, y Kenzaburō Ōe (1935), Premio Nobel 1994.

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Yasunari Kawabata

El inclasificable Yasunari Kawabata debutó como escritor en 1926 con Izu no Odoriko o La bailarina de Izu. Su consagración, sin embargo, se produce una década después, con Yukiguni o País de nieve. Senbazuru o Mil grullas, una taza de té, tardaría en llegar casi tres lustros, pues no vería la luz hasta 1952. A partir de ese momento, alcanzada la madurez física y literaria, el ritmo de producción de Kawabata se intensifica hasta 1972, fecha de su muerte por suicidio.  En el período comprendido entre  1961 y 1964 aparecen varias obras de una belleza indescriptible, como Fuji no Hatsuyuki (Primera nieve en el monte Fuji, 1958), Nemureru bijo (La casa de las bellas durmientes, 1961), Koto (Kioto,1962), Utsukushisa to Kanashimi to (Lo bello y lo triste, 1964). La influencia de La casa de las bellas durmientes sobre otro Premio Nobel, Gabriel García Márquez (1927-2014) es más que evidente. De hecho, la última novela de Gabo, Memoria de mis putas tristes, 2004, cita el comienzo de la obra de Kabawata: no debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido.

Kenzaburō Ōe, el segundo Premio Nobel, sigue en su obra la línea humanista trazada por Sōseki, con influencias del existencialismo de Sartre y de sus propias vivencias personales –por ejemplo, el nacimiento de un hijo con una grave malformación cerebral marcará su producción literaria–. Entre sus obras destaca Shīku (La presa), Kojintekina taiken (Una cuestión personal), Man’en gannen no futtobōru (El grito silencioso) y Chūgaeri (Salto mortal). En ellas Kenzaburō se plantea temas como la muerte, el sexo, la deformidad y la violencia, temas de naturaleza universal. El estilo de Kenzaburō influirá sin duda en la literatura japonesa actual.

Además de autores de la talla de Endo, Kawabata o Kenzaburō, tras la posguerra también cobra protagonismo la obra de escritores como Junnosuke Yoshiyuki (1924-1994) con Anshitsu (La habitación oscura, 1969); Shotaro Yasuoka (1920-2013) con varias obras premiadas como Kagamigawa (El río Kagami, 2000);  Junzo Shono (1921-2009) con Purusaido Shokei (1954); Hiroyuki Agawa; Ayako Sono (1931), escritora de novela, relato corto y ensayo, y Shumon Miura (1926). El panorama contemporáneo se completa con Saiichi Maruya (1925-2012), Matsumoto Seicho (1909-1992), Kafu Nagai (1879-1953), Natsuki Shizuko (1938-2016), Soji Shimada (1948) o Kenji Nakagami (1946).

En la actualidad destaca también un grupo de autoras cada vez más consolidadas, como la ya mencionada Banana Yoshimoto (1964), Yoko Ogawa (1962), Hiromi Kawakami (1958), Aki Shimazaki (1954) y Natsuo Kirino (1951), sin contar con todos los nuevos talentos que puedan surgir como consecuencia de los premios literarios –entre otros el prestigioso Akutagawa Ryunosuke o el Naoki, convocados cada seis meses–. Y es que Japón es un pequeño país de grandes lectores, a diferencia de España.

Tras este breve repaso cabe preguntarse por qué el lector europeo vuelve cada vez más la vista hacia Japón a la hora de buscar referentes literarios, máxime si se tiene en cuenta que la forma de expresión japonesa, sutil y sinuosa, difiere mucho del estilo directo occidental. No es tan solo la atracción irrefrenable hacia lo exótico, hacia el encanto refinado de la estética oriental, sino que tras esa rendición incondicional existe una interesante cuestión de fondo. Mientras en Occidente la mayor parte de las obras de ficción nos sumergen en un mundo de aventuras trepidante que nos despega de la realidad, la literatura japonesa nos propulsa hacia lo más profundo del corazón humano a través de la narración de escenas sencillas de la vida cotidiana. Dado que se utiliza a menudo un lenguaje investido de un cierto halo poético, es muy frecuente que se recurra a metáforas que toman como punto de referencia elementos de la naturaleza, donde se busca la belleza inmutable –por ejemplo el agua (el agua como fuente y origen de la vida pero sobre todo como elemento que lava, limpia)–. La naturaleza nos impulsa a un contexto donde se propone una desaceleración del ritmo de vida actual, una huida del vértigo de la gran ciudad y del apresuramiento propio de la vida moderna, algo que resulta absolutamente necesario en una sociedad extenuada por la prisa –de ahí su atractivo–.

Una breve mirada en dirección al país del sol naciente nos lleva a concluir que quizá no sea tan importante que la literatura provoque una salida del lector de sí mismo sino justo lo contrario, un recorrido a la inversa, es decir, que el lector penetre en sí mismo. Porque la verdadera misión de la literatura no es entretener, distraer, sino hacer que comprendamos la verdadera naturaleza de las pulsiones que nos animan. Quizá solo así, comprendiendo, podamos convertir nuestra propia vida en una obra de arte digna de ser contada.

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ALICIA GARCIA HERRERA

Alicia García-Herrera

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