Alaminos, Humor Gráfico, Jorge Alaminos, Número 65, Opinión
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Haciendo memoria

Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 2 de diciembre de 2016

Jorge Alaminos

@litoralgrafico

“Solo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza“. Walter Benjamin.

1997. Nunca olvidaré la emoción que nos produjo recibir el fax en casa. No era un fax cualquiera, era la respuesta de Eduardo Galeano a la invitación que le cursamos pidiendo que escribiera el prólogo del libro que preparábamos con motivo del “II Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el neoliberalismo”, a celebrar en agosto del mismo año en España. El libro era una recopilación de textos e imágenes en apoyo a la lucha zapatista y, por extensión, a todos los “nadies”. En el fax, Eduardo Galeano se disculpaba: “Lamentablemente no escribo prólogos, pero les regalo este texto […] reciban todo mi apoyo a la iniciativa”. Finalizaba el mensaje con su firma y el dibujo de un cerdito con una flor en la boca. ¡Qué gran luchador de la palabra era Eduardo Galeano! Coincidimos con él en la comunidad de “La Realidad”, en el corazón de la selva Lacandona durante el primer Encuentro Intercontinental contra el neoliberalismo convocado por el EZLN en agosto de 1996, germen del futuro “movimiento antiglobalización”.

El zapatismo es el primer movimiento revolucionario que entendió que las revoluciones de final del siglo XX deben emprenderse con las armas de la palabra y los encuentros; tejiendo redes internacionales de luchas y resistencias. Que en cada momento histórico de ‘”la infamia” es necesario dar la respuesta correcta. Con este material los zapatistas tejieron una enorme red mundial de apoyo que impidió que el Gobierno mejicano los aplastara en los primeros años del levantamiento. “No morirá la flor de la palabra, podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy…”, escribía Marcos en uno de sus primeros comunicados.

“Somos producto de 500 años de lucha” fue la frase que encabezaba el comunicado que los zapatistas distribuyeron por las calles de San Cristóbal de las Casas el uno de enero de 1994, cuando tomaron la histórica ciudad durante varias horas y se dieron a conocer en todo el mundo. La infamia es histórica, nos decían. La Historia es siempre historia contemporánea, nos recuerda Gramsci.

Por entonces sabíamos de la revolución cubana, de la nicaragüense, la salvadoreña…; de la eclosión de movimientos revolucionarios de emancipación en América Latina que emergieron tras el triunfo, por la vía armada, de la Revolución Cubana en 1959 –en plena guerra fría–, protagonizada por Fidel Castro, Ché Guevara, Camilo Cienfuegos y tantos otros; pero desconocíamos la vía zapatista.

1994. ¡Tenemos que visitar Chiapas y conocer a los zapatistas! nos dijimos. Durante los seis años siguientes viajamos ininterrumpidamente. “Cuando se ha estado en Chiapas no se sale jamás”, dijo un emocionado José Saramago –otro de los grandes que nos dejó– tras su visita al sureño estado mejicano al que definió como “el lugar que despierta el músculo secreto de dignidad humana”. Como el Chile de Allende y Neruda, como la Nicaragua sandinista, la Venezuela de Hugo Chávez…; como la Cuba revolucionaria y solidaria que acaba de perder al gran Fidel y que sobrevive al implacable bloqueo imperialista de más de 50 años y, sobre todo, que resiste al relato dominante construido por Occidente y que dócilmente reproducen periodistas y medios de formación de masas.

A todos ellos que nos recuerdan con su ejemplo que “la memoria es del fuego”.

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