Alaminos, Humor Gráfico, Número 66, Opinión, Xavier Latorre
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Feliz travesía

Por Xavier Latorre / Ilustración: Jorge Alaminos. Viernes, 16 de diciembre de 2016

Xavier Latorre

La creciente desigualdad social lamina los sueños de muchas personas. ¿Quién financia la desigualdad? ¿Quién engorda a los protagonistas de la lista Forbes? Sin duda alguna, algunos gobiernos dóciles y perversos, como el que acabamos de inaugurar en España, que ofrecen demasiadas oportunidades, fijando descuentos y rebajas a todas horas a grupos de poder privados que son quiénes se llevan el mejor pedazo de la tarta presupuestaria. Ahora bien, lo que no es negocio, lo que no da dinero, descansa a todas horas sobre los hombros de las personas más frágiles; sobre los que hacen de costaleros del mini estado del bienestar residual que nos han dejado y por el que, se supone, debemos estar agradecidos y hacer reverencias electorales. Las autopistas radiales de Madrid, inservibles y vacías, son parte del envenenado legado de tipos como Álvarez Cascos o Aznar: sin haber transitado por ellas nos tocará pagar el peaje en diferido.

Los recortes sociales, las pagas irrisorias, las jornadas interminables, el trabajo precario o las largas condenas de paro a muchos trabajadores, ay, Báñez, Báñez, son solo una advertencia generalizada de por dónde van a ir los tiros. Esas políticas, que se ejercen sibilinamente desde el poder, sirven para empapar de miedo a muchos ciudadanos que luego se convierten en votantes dóciles y temerosos. Resignados, solo quieren que aparezca un caradura que les disipe –de boquilla– los miedos que ese mismo político parlanchín les ha inoculado el día anterior. Muchos países europeos están anegados de desaprensivos y ridículos salvapatrias. Tienen el veneno y el antídoto. ¡Mira tú qué gracia!

Los hay muy ricos, que figuran en la lista Forbes o similares, con ganancias descomunales que se las ven y se las desean para gestionar tales patrimonios. Su escandalosa riqueza sirve, ya ven que tontería, para sentirse mejores y más envidiados que el resto de mortales. Son personajes que compiten por tener cada vez más dinero en un macabro juego financiero que deja demasiada gente tirada (en España 3,5 millones de víctimas alcanzadas por la metralla de la pobreza). Seguimos sustentando un sistema económico depredador, injusto y canalla.

Amancio Ortega, el dueño de Inditex, ha recibido una paga extra de beneficios de 1.200 millones de euros. Ahora cogerá una parte irrisoria de esa rapiña y financiará un sofisticado escáner para diagnosticar precozmente el cáncer, pongamos que en un hospital de Córdoba, de cuya adquisición nos enteraremos todos de sobra. Los llamados en sus siglas inglesas CEO, altos consejeros con contratos blindados agazapados detrás de firmas cotizadas en la Bolsa, a veces con comportamientos indecorosos, han hecho oportunas llamadas telefónicas a algunos destacados políticos para que las cosas sigan como hasta ahora, aunque el resultado de esas medidas sea acrecentar cínicamente la brecha social. Les habrán impuesto un listado de cargos públicos proclives a ellos y procurarán impedir unas políticas redistributivas urgentes y necesarias.

La dosis de miedo la inyectan a diario unas televisiones o unos grupos editoriales, en manos de algunos desalmados negociantes, que vierten toneladas de opinión pública en el mercado de la sociedad de la información y de las redes sociales. Pasamos los días idolatrando a un Balón de Oro, enfermo de ego, o releyendo cartas de amor de Pablo Iglesias a los que le llevan la contraria en Podemos. Estamos perdidos y andamos desorientados. Pensamos que somos gafes; pero es que la realidad les pertenece a ellos. ¡Dejen de soñar! Ocupen sus asientos de espectadores indefensos y amárrense los cinturones de la austeridad. Desde una inmoral silla giratoria unos poderosos empresarios pilotan el timón. Zarpamos hacia dónde ellos quieran. ¡Feliz travesía!; digo… ¡feliz legislatura!

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