Relatos cortos
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El chaleco de Satie

Por Antonio J. Meroño. Domingo, 25 de diciembre de 2016

Paseo de noche por una ciudad en la que casi nunca llueve, en la que en mi adolescencia pasé ratos inolvidables junto a muchas personas mayores que ya no viven. Era escuchar carrusel deportivo con un carajillo y un ducados en tardes de domingo memorables entre anuncios de anís del mono y boquillas targard. Entonces el fútbol no era tan sucio, no estaba tan mercantilizado: Juanito, Quini, Santillana, Satrústegui. Los domingos eran en blanco y negro, boquillas con carmín y tapas de magra con tomate.

Pronto vino el caballo y la prostitución: salir a la calle era una odisea, los yonquis te asaltaban, desdentados, en pleno mono, las putas hacían la calle por todos lados. Regalábamos a las chicas el miedo a la libertad. París en agosto del 88, mucha muerte alrededor, el segundo mandato de Miterrand, huelgas, anuncios de urgencias psiquiátricas iluminaban de noche las aceras.

A Quini lo secuestraron unos chorizos de quinta fila, estuvo un mes comiendo bocadillos. El brujo, copas de coñac, tazas de menta poleo, Pessoa, Luis Antonio de Villena. Una guerra no enterrada, los supervivientes te hablaban del frente del Ebro, la defensa de Madrid.

¿Has leído La montaña mágica?, no pero me gustas, te invito al cine aunque a tu novio no le haga gracia. Tu rizo, tu sonrisa, te echo de menos. Leí la obra de Mann a los 43 años, la edad del fin de la inocencia, el comienzo de la vejez. El new british free cinema, íbamos a Inglaterra a mejorar el inglés, a comprar libros y discos, alguna chupa de cuero. Me alegraría verte, repasar contigo la infumable actualidad, ver por dónde van tus lecturas, cómo envejeces. El Cadillac de Loquillo duerme en algún garaje, Almodóvar es una mala copia de sí mismo. Se lleva lo retro: el antiguo cine patrio, la copla. Me impactó Rashomon, luego un té verde y acompañarte a casa. No había redes sociales ni móviles, llamábamos al fonoporta, quedábamos un día antes. Los Smiths suenan todo el día en radio tres, Londres es el centro del mundo pero te encuentro en los Campos Elíseos y no me ves, estar en Varsovia y en París como en el film de Kieslowsky o el relato de Borges que tanto te gustaba.

Ayer soñé contigo, te alegrabas de verme. Tenemos que resistir, vencer la partida al tiempo, el frío, la soledad, el fracaso. De los poetas de entonces sólo releo a Villena, a Claudio Rodríguez, Pessoa se me quedó por el camino, Estrellita Castro, otro doble, mujer sin atributos…  Ahora me toca preguntar a mí, ¿has escuchado El canto de la noche, de Szymanowsky? Conexión entre Polonia y el mundo sufí antes de que los nazis pusieran sus sucias botas en todos lados. Cristiano se lleva otro balón de oro pero tiene que dejar de visitar a su amigo marroquí: no le dejan ser libre, nosotros hemos conseguido más, vivimos con lo puesto pero no toleramos imposiciones de la Iglesia, la reacción, la carcunda.

Los únicos paraísos son los paraísos perdidos aunque recodar resulte obsceno… “después de tanto amor y de tanto fracaso…”

Mahler, los Kindentoten Lieder: a menudo pienso que han salido a pasear… Araceli se emocionaba con esta pieza, no me extraña. Te recuerdo en aquellas lluviosas tardes de noviembre de hace treinta años, te requebraba, tu novio se ponía celoso, una noche tuvimos un encontronazo que se saldó sin más contratiempo. Existía una cierta comunión entre ambos, vimos el imperio de los sentidos, te encantaba Pessoa, al que vi poco después en París en los escaparates de todas las librerías, le livre de l’intraquilité, eras mi Diotima, usque te cano.

Liszt y Wagner están en Venecia, son suegro y yerno pese a tener la misma edad, año arriba o abajo. Richard se siente mal y su suegro, previendo su fin, compone la lúgubre góndola, una pieza cromática plena de hermetismo como casi toda su última etapa.

Todo tipo de sombras me acechan por las calles, paro en alguna terraza a tomar café, sol y viento en mi cara, un hálito de vida. Mixing memory and desire. Busco un alma gemela que se emocione al escuchar la misa en si menor de Bach pero no pasa nada, todos nos acostumbramos a la soledad. El matrimonio, la pareja, no deja de ser encerrarse en un mundo reducido, escoger a alguien de entre la multitud con egoísmo para pagar a medias las facturas. Prefiero abrirme, conocer al mayor número de gente posible, hablar. No recuerdo quién dijo que coleccionaba crepúsculos. Me relaja contemplar el mar en invierno, sentir sus gotas de sal en mi piel, cerrar los ojos.

Viendo el entierro de Tierno en el frío invierno del 86 en un bar, no teníamos televisión. Un millón de personas largo acudió, si no recuerdo mal. El viejo profesor era todo un referente para los que nos sentíamos de izquierdas. John Huston dirige Dublineses, agonizante, en silla de ruedas. La vi en el otoño del 88 y quedé pegado a la butaca, petrificado. Nieva sobre Dublín, sobre los vivos y los muertos. Hoy casi todo es mediocre, aburrido y no sé apenas de ti. Se han cumplido 80 años del cobarde asesinato de Federico y casi nadie lo rememora, qué país… quiero dormir un rato.

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