Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 65, Opinión
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Efectos secundarios

Por Luis Sánchez . Viernes, 2 de diciembre de 2016

Luis Sánchez

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Rajoy for Profident. Pues ahí tenemos a Mariano: impasible como un imperdible.

Uno no gana bastante para berrinches (ni tampoco, para bochinches). Tras la abstención del PSOE, para facilitar la investidura de don Mariano Rajoy Brey como presidente del Gobierno, ¡ahora, esto otro!

Mis partículas subatómicas andan con una gastroenteritis que te cagas. Supongo que la indisposición guarda estrecha relación climática con el magno acontecimiento político estadounidense: contra todo pronóstico, viento, polución y marea, el republicano Donald Trump venció a la demócrata Hillary Clinton. ¡Ya tenemos trapacero imperial!

Sí, un disgustazo de dimensiones transatlánticas y, como consecuencia, una bajada del sistema de defensas, que me colocó irremediablemente ante la disyuntiva de tener que escoger entre marcharme con Leonard Cohen (¡todo un señor, el canadiense!) o sentarme a escribir un artículo sublimador. Y en seguida vi pasar por delante de mí, cagando leches, los últimos días del filósofo Walter Benjamin: ¡la angustia de sentir que todo estaba perdido y que el nazismo se había apoderado de Europa! Y como, encima, en este mezquino país, hasta que no la palmas no te reconocen los méritos, pues la tentación era… Pero no; al final –como es evidente–, escogí la segunda opción, y aquí estoy: chapando como un cabrón. Es que el instinto de supervivencia es muy fuerte, ¿eh?, y termina convenciéndote. Te musita al sabroso caracol del oído: “Y tú, gilipollas, ¿por qué te vas a suicidar?, que se suicide Él, si quiere”. Y uno acaba entrando en razones (razones, que no amores) y, aunque entristecido y amilanado, continúa con su azarosa vida a cuestas.

¿Un multimillonario sin modales, en la Casa Blanca? Adelante. “Si uno quiere saber lo que piensa Dios del dinero, sólo hay que ver a qué gente se lo dio”, Dorothy Parker, escritora neoyorquina (que se suicidó). Y otra otra: “Dios inventó la guerra para que los Estados Unidos aprendieran geografía”, Mark Twain, escritor que también nació en tierra de indios (aunque éste no se suicidó). Pese a tanto despropósito divino, no voy a cagarme en Dios, ¡eso me falta, tengo yo el aparato digestivo para inquinas y blasfemias!

Una vez –hace, por lo menos, diez años–, mientras conversaba con un amigo me preguntó: “¿Qué pasaría si los Estados Unidos dejasen de ser una democracia?”. La verdad, me pilló fuera de juego y no supe qué responder. Y no se refería, como es obvio, al enorme poder que ejercen las multinacionales en la política, sino a la supresión de los derechos civiles; porque empiezan tomándote el pelo y acaban recortándote las orejas.

Cuando el lobo no precisa disfrazarse de cordero, ¡ahí empieza el fascismo! (y es lo que está ocurriendo, tanto en América como en Europa).

Cuando alguien proclama por televisión que podría matar a otro hombre en la calle, a plena luz del día, y no perdería apoyos (ya que su dinero, influencia y tirón mediático lo protegen), es para ponerse a temblar, con la escala de Richter entre la dentadura postiza.

Ante el crecimiento de las desigualdades sociales y la falta de horizonte (fruto de la globalización del neoliberalismo), las clases medias y los trabajadores piden un cambio. Y si no encuentran salida por la izquierda (el socialista Bernie Sanders fue, lamentablemente, desplazado por su rival, Hillary Clinton), buscan por la derecha (Donald Trump y sus estremecedoras propuestas). Falló la socialdemocracia; y falló, también, la cultura.

¿Acaso no queréis ser tan ricos como yo? Pues no seáis nenazas, ¡y votadme a mí! Cuando falta conciencia política, es más fácil ensañarse con el de abajo (inmigrante) que pelear contra el de arriba (empresario). Y eso es lo que ha prometido Trump: ¡leña al mono!

Pero no todo ha de ser malo. Una excelente noticia: la reacción de muchos ciudadanos: las numerosas manifestaciones contra El Rubiales, con el lema: “No nos representas”. ¿A qué me suena a mí eso? Yes we can!

A propósito, voy a hacerme una infusión con hojas de hierba, en merecido tributo al poeta Walt Whitman, a ver si se me arreglan las tripas (y eso que están vacías)… ¡Oh, Capitán, mi Capitán!

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