Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 66, Opinión
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Buena suerte, mala suerte, ya se verá

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 16 de diciembre de 2016

@lidia_sanchis

A veces el dolor tiene la apariencia de un hombre arrumbado en la esquina de una calle, iluminado por la fina luz de neón de una boutique. En el cielo de la avenida centellean cientos de chispas de colores que cuelgan de balcón a balcón como palmas de Domingo de Ramos, hosanna en las alturas; un resplandor cegador que impide a los transeúntes reparar en el mendigo viejo que tiene su vida expuesta en un cartón lleno de faltas de ortografía. El cuerpo del hombre y sus harapos tienen una textura mineral que lo mimetizan con el pavimento de la acera. Él es un tipo decrépito detenido al final de un camino que no eligió transitar; ella, en cambio, camina por una calle de la gran ciudad acechante de ojos que miran sin ver. Aun así, los suyos se fijan en una señora con el pelo gris naciente, zapatos de tacón bajo, bolso marrón, gabardina camel Burberry. La mujer parece súbitamente enflaquecida, quebrada por un peso de agujas y sesiones que arrastra metido en el gucci de piel buena. Quién de todos ellos, hormigas apresuradas en vísperas de Navidad, acaba de perder a un hijo; quién sale de la consulta del médico con un diagnóstico de muerte; quién acaba de encontrar el amor después de tantos años –y para qué si siempre es tarde, si la dicha siempre llega a deshora–. Pero la mujer enflaquecida se detiene frente al mendigo arrumbado en la esquina de una calle de Valencia y lo examina con la misma frialdad que el médico observa al trasluz sus radiografías. Decidida, coge del saco marrón un monedero de cuero y, como si empuñara una espada, entra en el bar de al lado de la boutique y sale blandiendo un bocadillo. Han acudido en ayuda de la flaca mujer todos los tópicos que conoce: que tiene familia que la quiere y la cuida;  un techo y un plato de comida caliente. Que al menos tiene una oportunidad. Y el efecto de este pensamiento es en verdad balsámico. Porque en ella ha habido un puñado de canciones, algunos versos, una palabra sanadora. Porque alguien le dijo alguna vez que la quería. Cuando estaba a punto de olvidarlo, bajar los brazos y acurrucarse junto al hombre que reina en un cartón, las miradas de la mujer súbitamente enflaquecida y del hombre de sílice se han cruzado.

–¡Mala suerte!–, murmulla el mendigo, mientras acepta el bocadillo con humildad.

–¡Buena suerte!–, le responde la señora del burberry, mientras sonríe por primera vez en meses.

Y el final de este cuento ya se verá.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

 

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