Francisco Saura, Número 65, Opinión
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2055

Por Francisco Saura. Viernes, 2 de diciembre de 2016

Francisco Saura

@pacosaura2

“En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él, que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre la materia…”

H.G. Wells, La guerra de los mundos.

Ya comenzado el siglo veintiuno, inteligencias terrestres, que creían que el mundo era moldeable y la naturaleza era de plastilina y se podía hacer y deshacer con la sola voluntad del espíritu, decidieron enviar, desde un pequeño país al sur de la Península Ibérica, un satélite con un mensaje de amistad para con todas las vidas desarrolladas del Cosmos. El mensaje que portaba el satélite estaba grabado en castellano e inglés. Unas pocas frases pronunciadas por el presidente murciano hablaban de una región hermosa con mares interiores, montañas de ensueño e increíbles residencias unifamiliares rodeadas de campos de golf. De fondo, se escuchaba el canto del mirlo al amanecer y el siseo de una brisa carnosa que penetraba en cuerpos de textura marmórea. Un vídeo de poco más de media hora mostraba la puerta de entrada a ese paraíso bañado por las aguas cálidas del Mediterráneo: un moderno aeropuerto intergaláctico construido en mitad del páramo rodeado de campos de limoneros, alcachofas y ramblas domeñadas con cemento. El satélite, incluido su lanzamiento, costó poco menos de 300 millones de euros, y aunque fue considerado un hito en el impulso científico de la Región de Murcia, se decidió mantener en secreto a la espera de los primeros contactos con inteligencias extraterrestres. Fue antes de la Ley de la Transparencia y de Participación Ciudadana y después de los fiascos de la Desaladora de Escombreras, el Parque de la Paramount y del mismo aeropuerto intergaláctico.

Una mañana húmeda y azul de mediados de junio de 2013, el presidente murciano contempló, desde el muelle de Cocoa Beach, en Cabo Cañaveral, el lanzamiento del cohete que puso en órbita el primer satélite intergaláctico de la Región de Murcia. El acontecimiento fue silenciado durante decenios para evitar las críticas injustas de mentes provincianas e hipócritas que, sin ninguna duda, se rasgarían las vestiduras y clamarían contra el derroche institucional. Aquel día, en Cocoa Beach, se sirvieron emparedados y fueron descorchadas varias botellas de champagne Krug Clos d´Ambonnay mientras una estela blanca y salvaje rasgaba el cielo en vertical perdiéndose en lo alto.

Desde entonces, todas las semanas, en el Consejo de Gobierno, el informe de un ingeniero aeroespacial reseñaba las novedades del viaje espacial del satélite regional. Se arruinaron las cosechas, el Mar Menor se convirtió en una cloaca, el páramo extendió su dominio, la hierba de los campos de golf se secó, las liebres excavaron madrigueras arruinando los cimientos de las pistas de aterrizaje del aeropuerto intergaláctico, el sol abrasador del estío se expandió por los meses y la lluvia fue un recuerdo para los mayores de cuarenta años. Solo quedó el canto del mirlo al amanecer y el vuelo bajo de las perdices entre el matorral reseco. Poco más. Las esperanzas de una región próspera gracias al emporio del turismo se disiparon entre reproches, deuda pública y desgobierno.

A mediados del 2055, más de cuarenta y dos años después del lanzamiento del satélite, las últimas fotografías tomadas en el muelle de Cocoa Beach quedaron reducidas a cenizas. El nieto del presidente murciano las arrojó a la chimenea. Desconocía que eran el último vestigio del sueño de grandeza de una clase política barrida por la corrupción y el desprecio social. Nadie recordaba ya aquel viaje, ni la estela vertical de vapor de agua que pareció surgir del mar abriendo en canal el cielo azul de marzo, ni las botellas de champagne esparcidas por el suelo, ni el último beso en la Florida. Aquella misma noche, mientras el nieto del que fue hombre más poderoso de la Región de principios de siglo hacía pedacitos las fotografías de Cocoa Beach antes de arrojarlos a la lumbre, los agentes de seguridad de la comunidad autónoma vigilaban las ruinas del aeropuerto intergaláctico. La torre de control se recortaba sobre la luna llena. A lo lejos, las luces de Fuente Álamo cerraban un paisaje estepario sin apenas árboles. La escorrentía había derribado parte del vallado de las instalaciones. El edificio de la terminal del aeropuerto se caía a pedazos corroído por el tiempo, el abandono y el salitre. Solo la torre de control se mantenía en pie, como un faro en mitad del páramo que guiara el vuelo de las gaviotas a las tierras interiores de la región.

Entonces ocurrió. En la vertical de la torre de control, multitud de luces de colores brillaron alternativamente. Primero las verdes, luego rojas, y naranjas, y amarillas, y violetas, y de nuevo verdes y rojas. El cielo de la madrugada estalló en una sinfonía de luz y de color. Y luego las notas musicales, como de piano alternándose con parecidas a las emitidas por una flauta. ¡Qué hermosura de noche con aquella brisa fresca y aquella ausencia de temor! Bandadas de perdices y chorlitos levantaron el vuelo, las liebres se acercaron al todoterreno y observaron junto a los agentes de seguridad el firmamento. Las luces se acercaron formando figuras geométricas, descendieron sobre la pista de aterrizaje, lanzaron lenguas de fuego en derredor que no quemaban (acariciaban como el beso o una caricia recorriendo la columna vertebral). De pronto, las luces desaparecieron en todos los puntos cardinales del cielo y solo quedó la música. Una música que se hizo viento y luego carne y paz; una paz interior que envolvía todo el páramo. Amanecía ya cuando, hacia levante, reaparecieron las luces. Los que estábamos allí, cinco personas, pudimos contemplar como el cielo se hacía materia. Una nave gigantesca, de una tecnología desconocida hasta entonces, comenzó a descender sobre la vertical de la pista de aterrizaje. La luz blanca que la rodeaba tenía vida, susurraba al oído palabras y sentimientos placenteros. La nave se posó sobre la pista sin emitir un solo sonido. Todo lo que ocurrió entonces fue como un sueño: las figuras de plata que descendieron, sus largos brazos extendidos hacia nosotros, sus voces serenas que nos envolvían en una nube de azúcar. “Venimos a conoceros”, “hemos escuchado el mensaje de vuestro presidente”, “nos hemos enamorado de vuestra tierra”, “queremos enseñarnos nuestra ciencia”, “queremos bañarnos en vuestro mar interior…”

Ocurrió a mediados de 2055. Yo estuve allí.

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