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Las olvidadas

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio. Viernes, 25 de noviembre de 2016

José Antequera

@jantequera8

Medio millón de mujeres han denunciado a sus parejas desde el año 2007, según las últimas estadísticas. Treinta y nueve de ellas han muerto asesinadas solo en lo que va de año. Y dicen que las cifras mejoran. Qué van a mejorar. La violencia machista nunca mejora, se sobrelleva como una enfermedad crónica que está inoculada en los genes más profundos del español, en sus entrañas y en su idiosincrasia congénita. Por este país han pasado muchas civilizaciones como la árabe, que han ido dejando su huella cultural, sus cosas buenas y sus cosas malas, entre ellas una forma de entender a la mujer como objeto, como propiedad privada del macho, como cosificación de un amor mal entendido. Todavía hoy, en pleno siglo XXI, no conseguimos liberarnos de esa maldición histórica que corre por nuestras venas. El español practica la violencia machista porque históricamente siempre fue así, porque lo lleva en la sangre desde los tiempos de Abderramán y porque no nos han enseñado otra cosa.

Desde hace años se lucha en las escuelas contra el maltrato en el hogar, pero a los cementerios siguen llegando muertas inocentes sin que los jueces, ni la Guardia Civil, ni los Servicios Sociales puedan detener la sangría. Eso es así porque el español es un poco moro por naturaleza (ocho siglos de dominación bereber pesan mucho) y sigue creyendo que la esposa le pertenece como esclava. “Azota a tu mujer todos los días, ella sabrá por qué”, dice la ley coránica, y esa lección secular la llevamos de serie. Nos rasgamos las vestiduras cuando vemos que en otros países embuchan a sus mujeres en el burka sin caer en la cuenta de que aquí, tan civilizados, cristianos y occidentales como somos, tenemos nuestros propios burkas culturales y mentales. En España no llegamos al trueque de la mujer por un camello porque lo prohíben la santa madre Iglesia y el Código Penal, pero no pocos obispos se quedan con las ganas de instaurar la costumbre y de vez en cuando escriben manuales teológicos sobre sumisión femenina para la perfecta casada. Lo genético, lo atávico y lo ancestral sigue muy presente en el carácter del nacional, que tolera que su mujer se ponga la minifalda para ir a un cóctel (hay que estar a la última moda del sexualismo capitalista) pero le arrea un sopapo cuando llega a casa de madrugada. A la mujer se le pega el domingo por la mañana, antes de ir a misa de doce y confesárselo todo al cura cómplice, y hasta hacemos chistes malos con el tema, aquello de “Manolo, pégame ahora que luego vienes borracho”. Somos así de crueles, bárbaros, talibanes.

Nos creemos que el terrorismo es algo que practican los otros, pero la violencia del español contra la mujer es nuestro terrorismo patrio, autóctono, que no vemos o no queremos ver. El terror machista parece interesar menos que el de ISIS porque no está en juego el petróleo, ni tierras, ni un dineral en armamento, todo lo más una señora de Murcia que no le importa a nadie. Nos gastamos miles de millones en campañas de prevención, en ayuda a las víctimas, en policías y juzgados, pero ellas siguen muriendo burocráticamente porque a la mujer no la mata solo su cafre y sanguinario marido sino el vecino del quinto que se tapa los oídos para no escuchar los gritos, la suegra que calla y otorga, la amiga que no aconseja bien, la sociedad, en fin, que durante siglos ha institucionalizado los malos tratos y el crimen como herramienta cultural de dominación masculina. Las víctimas del machismo solo dan para una noticia rápida en el telediario, entre el tiempo y los deportes, y a veces ni eso. Ni siquiera cumplimos el minuto de silencio en el Parlamento, que todos vamos con muchas prisas y ese minuto trágico es para la muerte de Rita, que ha sido como la muerte de Franco pero en mujer. A Rita le han montado una capilla ardiente que ni al Tío Paco, con rosas rojas, cirios y figurantes nostálgicos de mostachos afranquistados llorando por doquier. Pero no toca hablar hoy de la alcaldesa de España, como la califica cierto periódico facha con escasa originalidad. Estamos hablando de las muertas que ya no venden periódicos, de las bajas del terrorismo doméstico que aburren a la audiencia televisiva, de esa pobre mujer de Alicante a la que su pareja ha esperado en el portal del edificio y tras darle una zurra de padre y muy señor mío la ha subido a rastras por las escaleras, tirada por los pelos, tal cual hacían los cavernícolas de Cromañón con sus hembras.

Aunque nos cueste reconocerlo, el español es violento por naturaleza y como no puede pegarle al jefe, al compañero de la oficina que gana más que él, al árbitro que le ha birlado un gol legal o al presidente del Gobierno que siempre está fastidiándole la vida, la emprende a palos con la esposa, ex o querida. Aquí parece que no hemos salido de la caza de brujas de la Inquisición (la bruja no dejaba de ser la mujer liberada de la época que amenazaba el yugo masculino); aquí, pese a la revolución feminista, no hemos salido de la buena esposa enlutada, como dios manda, que tiene que estar calladita y bordando punto de cruz en el mudo salón; aquí no hemos salido de la bofetada de Glenn Ford a la Rita (la otra Rita, la inmortal de verdad) ese guantazo que fue todo un manual urgente matrimonial para que los varones supieran lo que tenían que hacer cuando la santa se les desmandaba. Matamos a la mujer porque siempre nos han dicho que nos pertenece, como la casa, el coche o el perro. Aquello de la maté porque era mía. El español, poniéndonos freudianos, paga con la mujer sus cobardías, frustraciones, fracasos, complejos de inferioridad, bajos salarios, minojobs, despidos baratos, cubatas en la taberna, inseguridades y su mala educación, sobre todo su mala educación. Pero también la mata porque puede y quiere, porque es el macho dominante de la tribu y porque aquí, tradicionalmente, siempre se ha hecho así. Y no van a venir ahora cuatro comunistas a decirnos cómo tiene que tratar a su mujer un españolazo de raza. Con dos cojones.

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