Carlota García Encina, Internacional
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Elecciones en Estados Unidos: Donald Trump y la política exterior

Las últimas encuestas dan empate técnico entre Trump y Clinton. Foto: New Yorker.

Por Carlota García Encina. Domingo, 6 de noviembre de 2016

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Donald Trump ha llegado hasta esta carrera presidencial sin experiencia en el campo de la política y con apenas conocimientos en política exterior. Aislacionista, revisionista, inmoral y contradictorio son algunos de los calificativos que describen su visión de la política internacional que, por otro lado, está poco detallada en su programa. Su discurso en el Center for the National Interest en abril de 2016 es donde quizá ofrece más detalles de sus intenciones en el ámbito internacional. Allí afirmó que “América primero”, que será el principio que guiará al país hacia una nueva dirección y que reemplazará “el azar por objetivos, la ideología por la estrategia y el caos por la paz”. Identificó cinco debilidades de la política exterior: los recursos están sobrecargados; los aliados no pagan su parte en la proporción justa; los países amigos empiezan a mirar a otros en busca de ayuda; los rivales no respectan a EE.UU; y EE.UU no tiene unos objetivos claros. Y, para superarlas, Trump propuso elaborar un plan a largo plazo que frene y acabe con el islam radical, reconstruir la fuerza militar y la economía del país y desarrollar una política exterior basada en los intereses norteamericanos.

Pero ha sido durante sus mítines donde casi de forma espontánea ha sacado a la luz aquellas propuestas más polémicas que han sido consideradas por los expertos como inviables y extravagantes. La inusual posición que ha adoptado en algunos temas ha generado también fuertes divisiones dentro de su propio partido, pero al mismo tiempo han sido muy importantes en su camino a la nominación, ya que se han revelado muy populares entre los votantes republicanos de las primarias.

Entre ellas, se incluye la prohibición temporal de la entrada al país de los musulmanes, la construcción de un muro en la frontera sur de EE.UU, cuyos costes los asumiría México, y la deportación de los 11 millones de inmigrantes ilegales que viven en el país. Trump sabe que, a pesar de que los internacionalistas del establishment están a favor de una reforma de la inmigración, más de un 60% de los votantes republicanos ve la entrada masiva de inmigrantes como una amenaza crítica. Trump se ha aprovechado de esos sentimientos y los ha avivado.

Su proteccionismo frente a los numerosos acuerdos de comercio del país ha sido también inusual para un candidato del GOP. Mientras que aproximadamente la mitad de los votantes republicanos compartían vagamente la visión proteccionista del comercio internacional en 2015, ahora su posición es mucho más popular. Tampoco ha mostrado objeciones a la expansión de la esfera de influencia de Putin en partes de Europa, o no parece distinguir entre aliados y adversarios.

Muchos observadores, no obstante, se preguntan si tiene una agenda básica más allá de su propia elección. Ha establecido llevar a cabo un sorprendente cambio de dirección en política exterior pero carente de especificaciones y en ocasiones con contradicciones. Pero, además de sus palabras, el estilo también es importante. Él mismo ha declarado que tiene un escaso equipo de política exterior, y que rechaza el valor de la experiencia –que encarna su oponente Hillary Clinton–, apelando a sus habilidades naturales. Su espontaneidad y temperamento son cualidades que le han hecho fuerte como candidato, pero no son las cualidades que se requieren para la toma de decisiones en política exterior y quizá los autócratas en Moscú, Teherán y Pekín no lleguen a impresionarse por sus tweets.

“América es menos segura y el mundo es menos estable desde que Obama tomó la decisión de poner a los mandos de la política exterior a Hillary Clinton”. “Este es el legado de Clinton: muerte, destrucción, terrorismo, y vulnerabilidad”, ha afirmado Donald Trump, tratando de avivar el miedo a lo que ocurre más allá de las fronteras, un mensaje pesimista y alarmista que para los demócratas no sólo es incorrecto sino también peligroso. Junto a ello apuesta por que EE.UU sea impredecible, argumentando que ser predecibles –y que los enemigos sepan tus planes– debilita aún más país. Le ha servido, además, para no dar detalles de algunos asuntos clave para el próximo inquilino de la Casa Blanca, como la política hacia Oriente Medio y la lucha contra el autodenominado Estado Islámico (EI), e incluso mostrar posiciones opuestas. Eso ha llevado a sus adversarios a acusarle de tener un conocimiento muy vago de los temas y una “ambigüedad estratégica” que no se sabe a ciencia cierta si es intencionada o no. Es precisamente esa ambigüedad la que hace que no se tomen en serio ciertos comentarios suyos y que, en cualquier caso, se tenga la idea de que la existencia del sistema de checks and balances le limitaría a la hora de tomas decisiones si llegara a presidente. Nadie cree, por ejemplo, que fuera capaz de sacar a EE.UU de la OTAN, pero es precisamente en esta área de política exterior en la que los presidentes norteamericanos tienen más margen de maniobra.

A pesar de las ambigüedades y de sus controvertidas posturas, existen una serie de ámbitos en los que ha mantenido la misma postura desde largo tiempo atrás. Uno de ellos es su crítica a las alianzas permanentes. No se muestra conforme con los acuerdos que EE.UU mantiene con los aliados, y así se lo hizo saber a los norteamericanos en una carta que publicó en varios periódicos del país en 1987, en la que explicaba por qué EE.UU debía dejar de pagar la defensa de otros países y centrarse en proteger los intereses nacionales e invertir el dinero en los propios norteamericanos: “The world is laughing at America’s politicians as we protect ships we don’t own, carrying oil we don’t need, destined for allies who won’t help”. En ese momento era presidente Ronald Reagan y se especulaba que podía presentarse como candidato a las primarias republicanas. Ahora, en 2016, sus ataques han ido sobre todo contra la OTAN, organización a la que califica de obsoleta, y a sus aliados que no se hacen cargo de su propia seguridad. No es la primera vez que un político de EE.UU critica a la OTAN y, sobre todo, pide a los aliados europeos que inviertan más en defensa y empiecen a ser más independientes en ese ámbito. La diferencia y la gravedad radica esta vez en que Trump ha puesto en entredicho el principio de seguridad colectiva, parte esencial de la Alianza.

Otro tema en el que Donald Trump ha mantenido la misma postura, y cuyas ideas arrastra también desde los años 80, es su oposición a los acuerdos comerciales de EE.UU –que no del comercio–, que considera que se han acordado con condiciones que van en detrimento de la economía del país. De ahí su dura posición con respecto al Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), y a China, a la que considera manipuladora de su divisa, que roba la propiedad intelectual e inunda los mercados con sus exportaciones. Como presidente, impondría enormes aranceles a sus productos e incrementaría la presencia militar en la región de Asia-Pacífico para reforzar la posición negociadora de Washington.

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Por último, parece sentir fascinación por los líderes fuertes como Vladimir Putin, y ha llegado a subrayar alguna característica positiva de Saddam Hussein, Kim Jong Un, Bashr al-Assad y Muammar Gaddafi. Con el egipcio al-Sisi, con el que se reunió el pasado septiembre en Nueva York, afirmó tener muy buena complicidad, lo que puede transmitir la idea de que Trump abandona cualquier pretensión de apoyar los principios democráticos en el exterior.

Fue la masacre de San Bernardino, en la que murieron 14 personas a manos de una pareja inspirada –aunque no directamente ligada– con el EI en diciembre de 2015, cuando la política exterior, y más concretamente la lucha contra el terrorismo internacional, empezó a ser un foco de atención en la larga carrera hacia la Casa Blanca. Fue el mayor ataque terrorista en suelo norteamericana desde el 11S. Entonces saltó Donald Trump con una retórica anti-musulmana, pidiendo prohibir la entrada de musulmanes en EE.UU. El magnate se dio cuenta desde entonces que sus números subían cada vez que se agitaba el tema del terrorismo.

Al mismo tiempo, Donald Trump aprovechó las críticas hacia Barack Obama al no haber apreciado en su totalidad el miedo de los norteamericanos a la posibilidad de que un ataque como el de París –en noviembre de 2015– ocurriera en su país. Obama nunca creyó que el terrorismo fuera una amenaza para EE.UU proporcional al miedo que generaba. Solía recordar que el terrorismo se llevaba menos vidas que las pistolas, los accidentes de coche o las caídas en las bañeras. Quería, además, ver resiliencia y no pánico en los norteamericanos. El terrorismo, por otro lado, había truncado la agenda, en particular la relacionada con el reequilibrio de las prioridades globales del país.

San Bernardino, sin embargo, puso en evidencia la vulnerabilidad de EE.UU ante una creciente amenaza terrorista y Donald Trump supo aprovecharlo. Sabía además, que la mayoría de los votantes republicanos, incluidos los nacionalistas conservadores, no tenían posiciones no-intervencionistas con respecto al EI y al-Qaeda, y de ahí pasó a duras propuestas para acabar con el EI.

Cabe recordar que los votantes republicanos están divididos en tres tendencias en materia de política exterior: internacionalistas, no-intervencionistas y nacionalistas. Los internacionalistas creen en un papel activo de EE.UU en el exterior tanto en términos económicos como militares y diplomáticos. Apoyan las actuales alianzas y compromisos militares de Washington, además de los acuerdos de libre comercio y los programas de ayuda exterior, y apuestan por unos niveles de gasto en defensa relativamente altos. Ha sido la tendencia dominante en el Partido Republicano desde la II Guerra Mundial, y desde Eisenhower cada presidente del partido ha sido un internacionalista de una manera u otra. Bien es cierto que hay diferencias entre los varios tipos de internacionalistas. Unos han hecho énfasis en la realpolitik y otros han enfatizado la promoción de la democracia. Sin embargo, tanto Nixon como Reagan como Bush 41 y Bush 43 han favorecido la presencia norteamericana en el exterior.

Los republicanos no-intervencionistas, por su parte, se oponen a los compromisos militares de EE.UU en el exterior. Sí que apoyan, por otro lado, aprovechar las oportunidades comerciales y diplomáticas con otros países, pero se resisten a las intervenciones militares, a las bases en el extranjero y a las alianzas. Se trata de un sentimiento que dominó el Partido Republicano entre los años 20 y 30. Dentro del contexto de la política de EE.UU, procede del compromiso libertario de limitar el Gobierno en casa, junto con la convicción de que los gobiernos tienden a ser debilitados por los enredos militares internacionales. Durante la Guerra Fría, cuando las políticas anti-comunistas se impusieron, esta rama de pensamiento estuvo marginada. Y lo mismo ocurrió cuando surgió la necesidad de responder a los ataques del 11S. Pero las frustraciones por las largas guerras en Irak y Afganistán les han vuelto a dar argumentos que ya habían empezado a filtrarse en Pat Buchanan. Los no-intervencionistas creen que la guerra contra el terror ha sido sobre-militarizada y que se ha convertido en una amenaza a las libertades civiles tanto con George W. Bush como con Barack Obama. Rand Paul es un ejemplo, pero siguen siendo una minoría y el votante medio republicano no es hoy tanto no-intervencionista como nacionalista.

150831_r26907-863Los republicanos nacionalistas son una pluralidad entre la base, pero están infra-representados entre la elite política a pesar de que su número ha crecido bastante durante los años de la Administración Obama. No se oponen a elevados niveles de gasto en defensa, o a medidas más agresivas contra el terrorismo. No son ni mucho menos pacifistas. Pero, al mismo tiempo, desprecian los “experimentos de nation-building“, los programas de ayuda exterior, las intervenciones humanitarias y las instituciones internacionales diseñadas para promover la gobernanza global. Para los nacionalistas el mantenimiento de la soberanía es primordial y cualquier compromiso diplomático con países adversarios no es bienvenido. Instintivamente apoyan mantener una defensa fuerte, castigar duramente cualquier amenaza directa a los ciudadanos norteamericanos y permanecer al margen de compromisos multilaterales.

Históricamente han sido los nacionalistas los que han actuado como pivotes en el GOP en política exterior, convencidos de las amenazas a las que se enfrenta EE.UU. Durante la Guerra Fría trabajaron con los internacionalistas para hacer retroceder a la Unión Soviética y a sus aliados, e incluso se quejaron de que EE.UU no estuviera haciendo lo suficiente. Tras el 11S apoyaron las medidas más firmes de Bush en su guerra contra el terror, incluida la invasión de Irak. Con los años, y sobre todo desde la presidencia de Obama, muchos conservadores nacionalistas se han pensado dos veces las buenas intenciones de la promoción de la democracia y las intervenciones en Oriente Medio. Este cambio sin duda ha favorecido a Trump.

Los republicanos internacionalistas, por lo tanto, son los que han dominado las ideas de política exterior en el Partido Republicano, con los nacionalistas en un segundo papel de apoyo. Los no-intervencionistas han estado marginados. Lo que ha hecho Donald Trump en 2016 ha sido unir a los nacionalistas y no-intervencionistas en un asalto a la facción dominante. Ahora estas tendencias tienen gran influencia en el partido más que en cualquier otro momento desde 1930. Lo que tampoco tiene que dar la idea de que los internacionalistas hayan dejado de tener apoyos. Por ejemplo, siguen siendo más los que están a favor de la OTAN que en contra entre los votantes republicanos.

Siendo duro en los asuntos de seguridad nacional, Donald Trump ha sabido ganarse el apoyo de los republicanos nacionalistas y los no-intervencionistas. Por eso, al tiempo que ha pedido desligarse de las alianzas permanentes y ha criticado a la OTAN y la intervención en Irak, ha pedido duras medidas contra los terroristas yihadistas, incluida la tortura, y una campaña más agresiva contra el EI, junto con un incremento de los presupuestos de defensa. Ese duro lenguaje, en especial contra el terrorismo yihadista, ha sido crucial en su nominación.

El candidato republicano ha ofrecido la imagen de una fortaleza para el país, separada de los peligros transnacionales de todo tipo con muros contra las exportaciones extranjeras, contra los terroristas musulmanes y contra los inmigrantes hispanos, y transmitiendo la sensación de que de una manera u otra todo está conectado con los efectos negativos de la globalización. Para antiguos y acérrimos nacionalistas como Pat Buchanan esto ha sido música para sus oídos. E incluso para muchos votantes del GOP menos dogmáticos que Buchanan, que se sentían desplazados por esas tendencias propias de la globalización en el ámbito de la economía y también de la cultura, esa promesa de tener de nuevo el control sonaba bien.

Al final, Trump se ha forjado un nicho en el que ha combinado su celebridad apelando a la clase media trabajadora, al anti-establishment y al nacionalismo, con duras posturas frente al terrorismo, a la inmigración ilegal, a la manipulación de los medios y con críticas a las pasadas intervenciones militares. Una combinación poco ortodoxa, controvertida y divisoria que puede ser suficiente para ganar.

*Carlota García Encina es investigadora del Real Instituto Elcano.

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