Antonio J. Gras, Viajes
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Tánger 2016: Las bondades de la monarquía alahuita

Una calle de Tánger en la que perderse por los vericuetos del tiempo.

Por Antonio J. Gras. Foto: Antonio J. Gras Alarcón. Sábado, 26 de noviembre de 2016

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Como otros creyeron en la existencia de la Atlántida, yo creo en la existencia de Tánger. En esta ciudad el hada tenía una varita que se llamaba Osadía”.

Mohamed Chukri, El pan a secas.

Desde la terraza del hotel Continental, remozado pero asequible, la panorámica de lo que está por venir asusta. Menos mal que siempre nos quedará lo que perdura detrás del Continental: la compleja medina de Tánger que habla del pasado y del presente, pues los locales  que antes ocuparon otro tipo de artesanos hoy los ocupan jóvenes emprendedores que venden bocadillos. Es el caso de Ibn Batuta, un snack bar minúsculo pero limpio con una inmejorable relación calidad precio, que es lo que quiere encontrar el que viaja: bocadillos de verduras, de carne, con patatas fritas de las que saben y pueden crear adicción durante los días que uno viene a Tánger, o con  mahonesas que no son prefabricadas.

Otros huecos los han alquilado mecánicos que de la mañana a la noche reparan imposibles motos para que vuelvan a circular por el enrejado de callejuelas. O tiendas que ofrecen productos  con esa fascinación que promete lo ajeno, y aquí lo ajeno es otra civilización, sobre todo la que se ve desde las pantallas de los cafetines que abren su ojo todopoderoso a lo que sucede en el mundo, ya sea en las tardes de fútbol o en otros programas que acercan la sensación de carencia.

Pero si la playa de Tánger ya no es la playa de Tánger que veíamos en películas como Ábrete de orejas de Stephen Frears y las luces que alumbran el atardecer en La Corniche nos prometen un futuro más internacional y contemporáneo, el empeño que está mostrando el nuevo monarca alauita por dar un nuevo aire a la ciudad (que conserva su literaturización en mitos como Bowles, los Beats, o toda esa camada generacional que vino hasta aquí básicamente por  las F: fumar, follar y fingir) y convertir el tradicional modo de vida  en  un espejismo. Una ensoñación donde la realidad viva –fronteriza entre un sueño de lujo improbable para el más común de los humanos y ese sueño marbellí que quiso inventarse aquel orco llamado Gil– tenga aquí un eco que fije como capital el puerto futuro, con prometidas luces y locales para los más exigentes pagantes de divisas de cualquier parte del mundo.

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Siguen existiendo en la fauna local figuras que se muestran como personajes repletos de un glamour a los que el resto de los mortales ni podemos acercarnos. Se dejan ver por cafetines o terrazas, contemplando el mundo con la indiferencia que pueden dar posiciones tan ventajosas y deseadas que sus calcetines a rayas verdes y rosas no desentonan, sino que hacen juego con la tipología de mitos que la ciudad aún se puede permitir. Las últimas estampitas de una colección de cromos imposible de poseer en otra parte del mundo.

Los nuevos zocos para el consumo del siglo XXI se abren a las puertas del Hilton. Centros comerciales que igualan Tánger con Dubai, Madrid o Lyon. Misma escenografía, similar producto. Solo cambia la piel de quien los habita. Ya nada tiene que ver la antigua medina, donde sus hoteles de lujo han quedado desfasados, y el magnificado Minzah es solo un eco de un lujo que ahora busca un diseño igualador y catetovetónico.

Pero Tánger, la que crece y contiene a más de dos millones y medio de personas, sigue habitada por esa jauría de hábiles especuladores callejeros que venden cualquier cosa por el triple de su valor, desde el paseo en taxi a la bola de hachís, desde la falsa tela artesanal siempre hecha en telar cercano hasta las antiguas piezas de anticuario con joyas bereberes.  Ahí radica parte de la fascinación de una ciudad que sigue dejando que sus calles sean ocupadas por las terrazas de cafés donde el habitante ve pasar no solo al transeúnte, sino la vida, mientras el té humea, las conversaciones se continúan y los desconchados de muchas casas palaciegas tratan de ser restaurados a fuerza de cotización en dólares o euros.

Tánger tiene dos tiempos vitales muy distintos. El que usa el habitual, ya sea entre las callejuelas de la kasba, la medina o los barrios más periféricos que crecen con enjambres de grúas que muestran su voracidad caníbal, deseosas de regurgitar burbujas cementiles, y el que regodea el extraño que solo puede pasar la mano por el exterior o la piel de la fruta, el que tiene que conformarse con mirar de lejos los puestos y la realidad que vive frente al Cinema Rif, o que mira con temor a las pandillas de niños que se envalentonan respirando en bolsas de plástico líquidos químicos comprados a poco precio. O que no sabe cómo hacer para sentarse en los cafetines y contemplar un partido de fútbol y ser partícipe de esa fotografía que compone la vida y que suele ser imagen en cualquier blog de viajes.

Si quien viene no se arriesga a dejar que sus tiempos sean los de aquí, no podrá disfrutar de la gentileza, de una amabilidad milenaria, de los hombres de esta civilización masculina, que saben huir con pillería de las prisas y las modernidades que Occidente tiene a gala exportar como marca de garantía.

El ejercicio no es recorrer, sino dejarse transitar por la vida. No conseguir un catálogo de lugares visitados, sino acercarse a la vida desde la óptica del que es rico en tiempo y debe de contemplar las cosas para poder contemplarse y de esta manera llegar hasta lo más profundo de uno mismo.

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Tánger es más que una visita urgente. Su cercanía puede suponer un engaño, porque quedarse con la piel cambiante no es conocer el corazón de la fiera.

Los argumentos del cambio son el constante abandono sufrido a lo largo de los años. El olvido institucional no puede ahora verse pagado con un arrebatador cambio de estrategia modernizante. Porque tal vez Tánger no se merezca ese destino traicionero que enfanga el dinero.

Su gloria, la que busco cuando puedo deshacerme de mis ritmos europeos, está en el bullicio que vive a la caída de cualquier noche; en esos locales, mitad cafetería mitad casinos, donde las palabras siguen siendo el bastión, con sus espacios enormes y sus sillones desproporcionados; esos sitios coloniales que pueden vender lo que el más peligroso de los mundanos necesite para encanallarse unas horas más. O esas pastelerías atrapadas en la estética de la almendra, el azúcar, el pistacho y como lujo el chocolate.

Tal vez haya contemplado más mujeres cubiertas que nunca. ¿Significa eso una mayor orientalización? Y hasta me he tropezado con menos personas que hablaban francés. Pero les he visto sonreír, pasear sin mostrar intranquilidad por la cercanía de los vehículos. Incluso he disfrutado con esa semejanza del espejo Tánger/Nápoles, y hay quien me ha hecho ver  el espejo Tánger/Estambul. Y muchos son los que me han hablado de que están contentos de regresar de una emigración que les atormentaba, porque saben que su país ahora está comenzando a pasar un buen momento.

A la ciudad de los dos mares no se debe llegar con horarios establecidos. Ni traer ideas preconcebidas o recorridos marcados ya en el mapa. En la ciudad de los dos mares, de los cañones portugueses, de los cementerios por nacionalidades y creencias hay que estar dispuesto a perderse.

Y la monarquía, que quiere pagar con bofetadas de modernidad arrogante su olvido, ojalá no logre confundir aún más la confusión habitable que, si se tiene tiempo, puede disfrutarse, ya sea desde la terraza del café de la Jafita con un requiebro de azul, desde la terraza del Continental con un sentimiento de miedo en el cuerpo con lo que puede estar por venir y confundir, o desde la terraza de la Cinemateca o del cercano Filali, uno más absorbido por una juventud que cree en la cultura y el futuro, otro más arrabalero y canalla, con otra juventud que cree en el presente contemplado y el pasado como manera de vivir. Tánger es una incitación que hay que vivir entre la avaricia de un Bowles fatigado de ser la excusa más culta, la nariz elevada y el pubis rasurado de Juanita Narboni sin desvirgar y el cinismo arrojadizo en un mal vaso de vino del putero  Mohammed Chukri.

Como para perdérselo o dejar que lo traduzcan con el oro de Oriente y Occidente revueltos en la misma cama. Lujo y vacío, artículos que no le convienen a un estado de alma llamado Tánger.

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ANTONIO J. GRAS-buena

Antonio J. Gras

1 Kommentare

  1. Ha sido como viajar por Tanger. Otra vez. Técaliente y sombras frias.

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