Germán Gorraiz, Número 64, Opinión
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¿Será Jerusalén la capital unificada del Gran Israel con Donald Trump?

Por Germán Gorraiz. Lunes, 28 de noviembre de 2016

GERMAN GORRAIZ LOPEZ

Germán Gorraiz

El magnicidio de J. F. Kennedy tuvo como daño colateral el nacimiento de un sistema político tutelado por el “poder en la sombra”, quedando desde entonces como rehenes todos lo sucesivos presidentes electos de EE.UU, según la confesión realizada por el primer ministro israelí Ariel Sharon al entonces ministro de Exteriores Shimon Peres en octubre del 2001: “Nosotros, el pueblo judío, controlamos Estados Unidos y los estadounidenses lo saben”. Este control vendría avalado por los lobbys de presión, entre los que descollaría la American Israel Public Affairs Committee (AIPAC). Así, la AIPAC sería el más influyente grupo de presión pro-ísraelí en EE.UU, pues cuenta con más de 100.000 miembros (150 de ellos dedicados exclusivamente a presionar al Congreso, a la Casa Blanca y a todos los organismos administrativos en la toma de decisiones políticas que puedan afectar a los intereses del Estado de Israel). Aunque siempre se ha creído que la AIPAC sería un “Gobierno virtual” que teledirigiría la política exterior de EE.UU en función de los intereses israelíes, la realidad sería que el lobby pro-israelí tiene verdadero peso en los ámbitos del poder porque EE.UU e Israel casi siempre han compartido idénticos intereses geopolíticos desde la fundación del Estado de Israel en 1948. Así, EE.UU contaría con Israel para mantener a los estados árabes de Oriente Próximo bajo la amenaza constante de ataque (asegurándose de paso que se mantengan serviles ante Washington) e Israel no podría seguir existiendo en su forma actual sin el fuerte apoyo político y material que recibe de EE.UU (unos 3.800 millones de dólares anuales en ayuda militar).

Sin embargo, durante el segundo mandato de Barack Obama, asistimos a la escenificación de un “desencuentro en las formas” israelí-EE.UU, debido al concepto geopolítico imperante en la Administración Obama y cuyo cerebro sería el exconsejero de Seguridad Nacional del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski. Brzezinski, en un discurso ante al Consejo Nacional Irano-estadounidense (NIAC), afirmó que “creo que los EE.UU tienen derecho a decidir su propia política de seguridad nacional y no seguir cual mula estúpida lo que hagan los israelíes”. Además, Brzezinski, estaría enfrentado con los lobbys neocon republicano y judío de EE.UU y con su habitual mordacidad habría desacreditado la miopía geoestratégica de ambos grupos de presión al afirmar que “están tan obsesionados con Israel, el Golfo Pérsico, Irak e Irán que han perdido de vista el cuadro global: las verdaderas potencias en el mundo son Rusia y China, los únicos países con una verdadera capacidad de resistir a Estados Unidos e Inglaterra y sobre los cuales tendrían que fijar su atención”.

Jerusalén, ¿capital del Estado de Israel?

Theodor Herzl es considerado el padre del actual Estado de Israel y fundador del sionismo. En su libro El Estado judío: ensayo de una solución moderna de la cuestión judía, propuso la creación de un Estado israelí independiente y soberano para todos los judíos del mundo, al tiempo que promovió la creación de la OSM (Organización Sionista Mundial). En su libro La vieja Nueva Tierra (1902), sienta las bases del actual Estado hebrero como una utopía de nación moderna, democrática y próspera en la que se proyectaba al pueblo judío dentro del contexto de la búsqueda de derechos para las minorías nacionales de la época que carecían de estado, como los armenios y los árabes. Sin embargo, algunas fuentes denuncian que “la política aislacionista del primer ministro, Benjamín Netanyahu, parece estar en las antípodas de los fundadores del sionismo, tales como Teodoro Herzl y Chaim Weizmman, que incluyeron al movimiento dentro del espectro progresista en el campo de la diplomacia, con lo que la pregunta es si puede revertirse peligroso el aislamiento diplomático de Israel con una política que sea contraria al inmovilismo y el encerramiento”.

El Gobierno de Netanyahu aspira a resucitar el endemismo del Gran Israel (Eretz Israel), ente que intentaría resucitar la historia contada por el Génesis 15:18, que señala que “hace 4.000 años, el título de propiedad de toda la tierra existente entre el Río Nilo de Egipto y el Río Eúfrates fue legado al patriarca hebreo Abraham y trasferido posteriormente a sus descendientes”. Dicha doctrina tendría como principal adalid a Isaac Shamir al defender que “Judea y Samaria (términos bíblicos de la actual Cisjordania) son parte integral de la tierra de Israel. No han sido capturadas ni van a ser devueltas a nadie”. Sirvan como ejemplo los postulados actuales del partido Likud liderado por Netanyahu quien aspira a convertir a Jerusalén en la “capital indivisible del nuevo Israel”, tras la invasión de su parte oriental durante la Guerra de los Seis Días (1967).

¿Nueva Guerra en Oriente Medio?

Tras la aprobación del Congreso y Senado de EE.UU de una declaración preparada por el senador republicano Lindsey Graham y el demócrata Robert Menéndez, que señala con rotundidad que “si Israel se ve obligado a defenderse y a emprender una acción (contra Irán), EE.UU estará a su lado para apoyarlo de forma militar y diplomáticamente” y la firma de un acuerdo definitivo del G 5+1 con Irán sobre el contencioso nuclear iraní, que no contaría con el visto bueno de Netanyahu, asistiremos al aumento de la presión del lobby pro-israelí de EE.UU (AIPAC) para proceder a la desestabilización de Siria e Irán por métodos expeditivos en la etapa Trump.

Dicha guerra será un nuevo episodio local que se enmarcaría en el retorno al endemismo recurrente de la Guerra Fría EEUU-Rusia e involucrará a ambas superpotencias, teniendo como colaboradores necesarios a las potencias regionales (Israel, Egipto, Arabia Saudí e Irán), abarcando el espacio geográfico que se extiende desde el arco mediterráneo (Libia, Siria y Líbano) hasta Yemen y Somalia y teniendo a Irak como epicentro, rememorando la Guerra de Vietnam con Lindon B. Johnson (1963-1969). Así, Siria, Líbano e Irak serían tan sólo el cebo para atraer tanto a Rusia como a China y tras desencadenar una concatenación de conflictos locales, desembocar en un gran conflicto regional que marcará el devenir de la zona en los próximos años y cuyo desenlace podría tener como efectos colaterales el diseño de una nueva cartografía favorable a los intereses geopolíticos de EE.UU, Gran Bretaña e Israel con la implementación definitiva del Gran Israel (Eretz Israel).

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