Ben, Humor Gráfico, Número 63, Opinión, Óscar González
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Pecados de nuestros padres

Por Óscar González / Viñeta: Ben

Óscar González

Óscar González

En 1972 la Comisaría de Abastecimientos y Transportes (CAT) descubrió que faltaban más de cuatro toneladas de aceite de oliva de los depósitos de la empresa REACE aquí en Vigo. Nadie sabe aún hoy a dónde fueron a parar pero la investigación del asunto desveló, entre otros detalles, que REACE llevaba doble contabilidad y que no era el aceite lo único que se distraía.

El asunto acabó en la Audiencia Provincial de Pontevedra que, por uno de esos azares de la vida, presidía don Mariano Rajoy Sobredo, que se esmeró mucho en imponer un notable silencio mediático, quizá porque uno de los nombres que podrían haber acabado salpicados por el caso era hermanísimo del Caudillo. Se silenciaron muertes en extrañas circunstancias (entre ellas la del industrial conservero Bernardo Alfageme) y notables chanchullos que embarraban a altos cargos de la CAT, REACE y otros organismos del Estado. Por si ello no fuera suficiente, los más de 5.000 folios que componían el sumario “se traspapelaron” al acabar el proceso.

Posiblemente, la gran mayoría de ustedes me tomaría por un demente si se me ocurriera dudar de la honestidad del presidente del Gobierno por la forma en que su padre cooperó para silenciar el turbio asunto. Y tendrían toda la razón.

José Utrera Molina, suegro del exalcalde de Madrid, Alberto Ruíz Gallardón, tiene en su haber ser un orgulloso falangista y uno de los nombres que figuran en el “enterado” que decretó el asesinato de Salvador Puig Antich, uno de los episodios más vergonzosos de ese franquismo que todavía se siente en algunos lugares de este enloquecido país.

Y, de nuevo, si a cualquiera se nos ocurriese cuestionarnos la ética de Gallardón por las obras de su suegro, nos llamarían locos. Gallardón, como Rajoy, nos dio motivos más que suficientes per se para dudar de su ética (que no de su moral, o lo que él entiende por moral) sin necesidad de pedir cuentas por las acciones de su familia.

El juntaletras Alfonso Ussía, “un comemierdas a un Borbón pegado”, como lo definió Sabina, atesora entre sus antepasados a un señor llamado Jaime Milans del Bosch (y Ussía), sobre el que no es necesario añadir gran cosa, salvo quizá que incluso estando entre rejas (cómodas, eso sí) se las apañó para verse implicado en una nueva conspiración golpista. Hay gente contumaz, qué le vamos a hacer.

Aunque Ussía debería ser juzgado por crímenes de lesa humanidad a causa de las mierdas que escribe, una vez más, nos tomarían por trastornados si insinuásemos que comparte alguna responsabilidad con su tío por las intentonas golpistas de este último. Y, una vez más, tendrían razón.

Ahora bien, cuando se trata del piso que Ramón Espinar compró en 2007, el año en que la burbuja inmobiliaria saltó por el aire y con ella nuestro sistema económico, ahí vale todo. De hecho, aunque en su rueda de prensa de ayer dio abundantes explicaciones sobre dicha compraventa, algunos se han encargado de extender al hijo la sospecha por los pecados del padre, porque tendría que haberle llamado la atención que su padre, banquero, pudiera prestarle una suma importante de dinero. También tendría que haber sospechado, dicen, que la concesión de una hipoteca a un joven parado no respondía a la solvencia de los avales presentados, sino a algún tipo de chanchullo que nadie alcanza a definir, porque en este país los bancos han sido siempre ejemplo de buenas prácticas y eso de dar hipotecas a desempleados es un pecado mortal que los honrados y prudentes mercaderes que secuestraron los ahorros de nuestros mayores para pagar sus juergas no cometerían jamás.

La verdadera víctima de esto no es Espinar sino esos ciudadanos normales y corrientes que pueden querer ejercer la política y que, sabiéndose imperfectos porque han currado y cobrado en negro o comprado y vendido acciones o vaya usted a saber qué, tiemblan de miedo en casa imaginándose esos volquetes de mierda vertidos sobre ellos mismos.

Quizá el miedo haya cambiado de bando. No lo bastante, me temo.

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BEN

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