Luis Sánchez, Número 64, Opinión
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Ordalías

‘Monstruo marino’, ilustración de Pau Aguiló.

Por Luis Sánchez. Viernes, 18 de noviembre de 2016

Luis Sánchez

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Estudiaban en la misma Facultad; pero se conocieron en un acuario. Ella parecía una sirena; él, un capitán de barco. Cuando sus miradas se encontraron, el horizonte desbrozó una biológica sonrisa.

Empezaron a salir juntos. Y un día él la invitó a subir a su apartamento (aprovechando que Jorge, su compañero de piso, estaba en el pueblo); pero ella le propuso un plan mejor: pasar el fin de semana en la sierra, en el chalé de la familia (aprovechando que sus padres se quedaban en la ciudad).

Dejaron las bolsas de comida en los asientos traseros y se enfilaron hacia su destino. Mientras conducía, Leticia le preguntó en un tono cómplice:

–He comprado un capricho. ¿Cómo te llevas con la cocina, Pablo?

–Pues…, la verdad, no muy bien –respondió él algo azorado.

–No te preocupes. A mí no se me da mal del todo. Bueno, a ver, tampoco es que sea una chef; pero controlo el fuego.

–Menos mal, porque estoy de pasta y de congelados hasta el gorro. ¿Y cuál es el capricho?

–¡Ah, sorpresa!… Voy a darle al limpiaparabrisas; se está cogiendo, ¿verdad?

La noche del viernes la pasaron arrebujados, piel con piel, aunque sin culminar la hazaña, pues cuando Pablo deslizaba sus finos dedos por la espalda de Leticia, ésta le musitaba, muerta de cansancio: Mañana, mañana…

La mañana siguiente la emplearon en una excursión por los alrededores, ella cogió unas ramas de tomillo –¡me encanta cómo huele!– y él, unas espigas de alhucema, con las que formó un ramillete. ¡Oh, muy amable! –dijo ella al recibirlo–. Con la cámara de mano en mano, se entretenían tomando fotografías de flores e insectos; sin embargo, el tiempo no les acompañaba, así que decidieron regresar y preparar la comida.

–La próxima semana vendrán mis padres, para echar una mirada, limpiar, llenar la piscina…

–Sí, dentro de poco ya apetecerá darse un bañito.

–Bueno, vamos… Cuidado no tropieces con la manguera.

Como homenaje de animal marino, Leticia sacó de la nevera un monumental bogavante –¡sorpresa!– y le pidió a Pablo que lo matara, porque ella era incapaz de enfrentarse a semejante batalla. A Pablo no le quedó más remedio que aceptar el desafío; a fin de cuentas, él era el caballero y el arroz caldoso prometía estar exquisito. Se empleó a fondo y utilizó toda clase de artimañas y herramientas, pero aquel indómito crustáceo se defendía, con arrojo e ímpetu, del cuchillo, tenedor, machete, destornillador, tenazas, alicates o martillo.

Poco a poco, Pablo se iba transformando: ya no parecía el apuesto capitán de un buque mercante, sino un simple marinero en apuros, un marinero de agua dulce a punto de naufragar. Y Leticia, cada vez más alterada por el descontrol reinante, empezó a perder los nervios.

–¡Sácalo fuera, por Dios, Pablo, saca ese animal de aquí!

–¡Sí, sí…! ¡Ya voy, ya voy!

Aquel monstruo, que parecía crecer a cada instante, se había liberado de las gomas elásticas que sujetaban sus poderosas pinzas y amenazaba con herir a cualquier intruso que se le acercara. Por fin, Pablo, valiéndose de la espumadera como instrumento de mando, consiguió que el bicho se metiera en la sartén más grande, sartén que pudo sacar, con ambas manos, hasta la terraza. ¡Eso ya era una victoria!

–¡Ponlo aquí! ¡Aquí, Pablo, aquí! –le gritaba Leticia, quien había dispuesto un cedazo sobre la mesita plegable, cerca de la piscina.

–¡A ver, ah…! ¡Cuidado, cuidado…!

Leticia colaboró acercando aún más la mesita, a fin de evitar que el monstruo pudiera caerse o escapar. Hasta que el mal bicho, en un intento desesperado, pilló al desnudo la carne del inocente marinero y éste, puro acto reflejo, se lanzó hacia atrás con vehemencia; pero ya era tarde, los pies se le habían enredado entre la manguera y mientras él desaparecía de la vista, el monstruo salía disparado por los aires.

Leticia, al contemplar entre lágrimas el cuerpo de Pablo en el fondo de la piscina vacía, dijo a media voz: Tendré que buscarme otro.

¡Ah!, cuando el monstruo aterrizó, se dio a la fuga y todavía anda suelto.

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