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El ocaso del “trumpismo”

Por Xavier Latorre / Viñeta: Becs. Viernes, 18 de noviembre de 2016

XAVIER LATORRE

Xavier Latorre

El gran desembarco se preparó con detalle en el extremo norte del estado de Maine, a un paso de la frontera canadiense para tener garantizada la retirada en caso de un repentino y estrepitoso fracaso. La longitud de la costa este de los Estados Unidos era de tal magnitud que el alto mando de las tropas de Donald Trump jamás pensó que fuera tan complicado de proteger. Los frentes abiertos a las fuerzas norteamericanas eran tantos que en el Pentágono los generales dictaban órdenes contradictorias. Habían visto tantas películas sobre invasiones extraterrestres que pensaban que los atacaban desde un planeta extraño de otra galaxia. Además, siempre habían combatido fuera de su Patria, en mayúsculas, y jamás se habían dado cuenta de que todo aquello, su territorio, vaya, fuera tan vasto y enorme, tan complejo de blindar y de preservar de agresiones del enemigo. La situación sobre el tablero pintaba muy mal para los fanáticos republicanos. Por el sur, desde las bases prestadas por los hermanos Castro en Cuba, se lanzaría en unos pocos días otra incursión naval sobre Florida. Su suerte, la del aborrecible magnate, estaba echada…

Hacía tres años del triunfo electoral de Trump. Lo que parecía iba a ser exclusivamente una campaña de autobombo, la promoción de un hombre multimillonario y ocioso, había convertido finalmente a ese ricachón en el 45 presidente de los Estados Unidos. Este telepredicador pirado le había cogido gusto al despacho oval. Le encantaban las reverencias de la gente, las becarias deambulando con faldas muy cortas por los pasillos del ala oeste y cerrar negocios obscenos en la llamada Sala China. Aunque había obligaciones que le desagradaban sobremanera como estudiar informes de política internacional o del cambio climático o, peor aún, recibir a mandatarios extranjeros como el caso de un tal Mariano Rajoy. Estaba realmente harto de las cenas de gala con altos dignatarios tan sosos como el español. Esa parte era la que peor llevaba; había perdido mucha libertad: estaba preso de su propio estatus. ¡Pobrecito!

Sin embargo, ante la perspectiva de perder el poder el año próximo en unas elecciones que intentaba amañar con antelación, declaró, por si acaso, el estado de sitio en todo el país con la excusa de que su país se hallaba en guerra tras la anexión relámpago de México. El poderoso Trump había implantado la censura previa, había suspendido las actividades del partido Demócrata y había encarcelado a los disidentes, principalmente, a los seguidores del senador Sanders. También había ejercido una fuerte represión contra algunos líderes afroamericanos, algunos fieles a Obama, quien permanecía encerrado en un centro de deportación en Honolulu (Hawai). Algunos líderes sindicales de ascendencia hispana eran abatidos a tiros por francotiradores cedidos gratis por la Asociación del Rifle para defender, decían, las esencias del pueblo americano. Toda la comunidad musulmana, excepto los que habían logrado esconderse o salir por piernas del país al comienzo de las hostilidades, habían sido internados en campos de concentración en donde se les eliminaba de forma selectiva con condenas a la silla eléctrica por delitos menores o con juicios que eran auténticas farsas.

La espinita de aquel régimen, que había devenido en un estado totalitario, con el Congreso y el Senado clausurados, era el estado de California, donde se habían atrincherado algunos grupos clandestinos de jóvenes muy activos en las redes sociales que boicoteaban y saboteaban diversas infraestructuras, aunque se respetara –por acuerdo de ambas partes– la integridad de las centrales nucleares. Esos grupos, hijos de hippies pacifistas, atacaban abiertamente a los convoyes del ejército al modo de los partisanos europeos en la segunda Guerra Mundial. A Trump le estaban tocando las peores cartas de la partida.

Las fuerzas de choque de la alianza internacional contra la dictadura donaldista estaban lideradas por tropas de élite germanas y francesas con el apoyo de otros batallones y fuerzas navales de la mayoría de países europeos. Sólo se descolgaron de aquel gran asalto anfibio Gran Bretaña, Polonia y Hungría. Por la costa Oeste, simultáneamente, y por primera vez unidas, iban a desembarcar divisiones japonesas y chinas sujetas a un mando único conjunto. El estallido bélico que Trump pretendió prender en Europa se le volvió en su contra. Europa olvidó sus viejas rencillas y se unió al llamamiento de los principales líderes del viejo continente para combatir aquella barbarie política, aquellas medidas fuera de toda lógica que imponía aquel narcisista tirano para hacer prevalecer, repetía como un mantra, la supremacía del hombre blanco. El racista presidente norteamericano llegó a pensar, ingenuamente, que un  conflicto armado en suelo europeo le reportaría importantes beneficios económicos a sus empresas que habían crecido mucho desde 2016 y que habían logrado diversificarse en muchos sectores, algunos de ellos estratégicos. El tiro le salió por la culata. Todo el mundo le había declarado la guerra al Tío Sam. Todo el mundo, no; algunas excepciones notables fueron Rusia, que invadió Ucrania para distraer la atención de Bruselas en pleno conflicto armado; Israel, como siempre; y las monarquías del Golfo sumisas al dictado de Wall Street.

En distintas poblaciones de Maine, convertida ahora en cabeza de puente de las tropas aliadas, se atrincheraron veteranos europeos de misiones en Afganistán e Irak y muchos militares voluntarios de países dónde se profesaba el Islam. La ofensiva terrestre, por el norte, había sido un éxito y se había logrado tomar Chicago, tras un largo cerco. Muchos refugiados, gente liberal y tolerante, pudieron regresar de forma paulatina de nuevo a lo que quedaba de sus hogares. En el flanco sur, los chicanos y latinos de toda Centroamérica se batían bravamente desde las montañas de Chiapas hacia el norte en dirección al Río Bravo para poder echar fuera de México a los gringos una vez más.

Trump se quedaba sin comodines. En el interior profundo del país, el descontento de la población norteamericana iba en aumento. Las innumerables bajas en los campos de batalla de los jóvenes, mayoritariamente blancos, reclutados para la defensa de la Patria (muchos afroamericanos habían desertado con éxito los primeros días de batalla), no les hacía ni pizca de gracia, generaban progresivamente un mayor número de descontentos y opositores. Algunas voces se alzaron tímidamente contra la descabellada invasión de México y contra la financiación de grupos ultras para expandir, sin éxito alguno, el trumpismo, el populismo más xenófobo, por importantes países de la Unión Europea.

Llevaba varios días sin dormir apenas. Aquel trabajo era agotador. Estaba prácticamente acabando la introducción al juego de mesa e iba a comenzar a redactar las bases del citado juego bélico, cuando me llamó el director del estudio de diseño donde trabajaba.

Arnau: “Rafa, tiramos la toalla. Lo dejamos. Ni se te ocurra redactar las reglas del juego. Han llamado de la fábrica de juguetes alicantina que ya no les interesa. Los empresarios de Ibi han decidido paralizar el lanzamiento del juego para estas navidades. Órdenes del ministerio de Asuntos Exteriores”.

La cancelación del proyecto me sentó fatal, había trabajado lo indecible. Además, Sara se había pegado un curro de la hostia dibujando unos planos de detalle de toda América y recreando, con una vistosa infografía, todo el escenario bélico. Y Paco había preparado las biografías de los cincuenta políticos más poderosos y más afines a Trump. El jugador que más canallas atrapara en su escondrijo sacaría más puntos y podría, finalmente, canjeándolos, ganar la partida. Teníamos hasta la App del juego prácticamente acabada. Su lanzamiento era ya inminente.

Arnau: “Sí, sí, ya sé que estábamos muy avanzados pero el pedido se ha esfumado. Dicen que nos pagan el siguiente plazo y que renuncian a los derechos y a todo. ¡Qué asco! Todos temen al déspota yankee ése”.

Stop a Trump iba a ser la gran novedad de los juegos de mesa para adultos para la campaña de Reyes. La Tercera Guerra Mundial en suelo americano tenía incluso prevista su versión digital que permitiría jugar con desconocidos, a través del móvil. Lo peor ha sido que me he quedado sin poder escribir el final, la meta a la que debería llegar el mejor jugador si pretendía ser el ganador. No sabía si suicidar al protagonista en riguroso directo frente a las cámaras de televisión en horario de máxima audiencia desde el Capitolio o hacer que se entregara al verse rodeado por un comando especial de mujeres altamente seductoras que lo traerían preso prendido por la polla hasta la Corte Penal Internacional de La Haya.

Arnau: “Estas navidades me voy con Lucía a Nueva York. Si queréis podéis apuntaros. Hemos encontrado por carambola unas entradas para asistir al musical de Broadway sobre la vida de Trump, que han montado unos cómicos geniales, costeado por el gremio de actores norteamericano. Dicen que es un espectáculo fantástico… Es una parodia que los seguidores del líder republicano tachan de antipatriótica y piden que se prohíba… Me sobran un par de entradas, las de mi cuñado que tiene a su suegra hospitalizada. ¿Os animáis?”.

Le he dicho que me las reserve. Trataré de convencer a Carmen. El puto juego de estrategia sobre la invasión a los EE.UU se ha ido a la mierda por una información periodística que no ha gustado nada en la embajada americana. ¡Cagüental! Otra vez a escribir guiones para videojuegos. ¡Qué remedio! ¡No será para tanto!

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