Carmen Fernández, Número 64, Opinión
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Nuestra Clara Peeters

Por Carmen Fernández. Viernes, 18 de noviembre de 2016

Carmen Fernández

Carmen Fernández

Un bodegón de buen tamaño preside el comedor de la casa familiar desde hace más de tres décadas. Enmarcado en madera y con un paspartú de arpillera responde a la moda del momento de decorar los salones postfranquistas con tapices representando ciervos acosados por cazadores y sus lebreles, láminas de naturalezas muertas con jugosas frutas, aves y flores o alguna escena mitológica junto al reloj de pared.

Nuestro bodegón es una lámina de Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas de Clara Peeters y fue comprado en la tienda del Museo del Prado la primera vez en mi vida que pisé la pinacoteca. No tendría más de seis años y aunque cada vez que voy a Madrid es una visita obligada, nunca he experimentado un impacto igual al de ese día. “Este museo no es el más extenso, pero sí el más intenso” dijo Antonio Saura y así lo pienso también.

Recuerdo con ojos de niña un edificio enorme de techos muy altos, ríos de gente, y cientos de cuadros que iban pasando como flashes rápidos mientras yo era arrastrada de sala en sala “porque se hacía muy tarde y había que verlo todo”. Era como mirar a través de la ventanilla de un tren en marcha. Retratos que sonreían desde el otro lado, jóvenes dioses desnudos, el último aullido de angustia de un perro antes de ser tragado por un mar de arena, damas enjoyadas, ojos de pesadilla, caras monstruosas en un aquelarre… y comencé a marearme. Mis padres, preocupados, me sentaron en uno de los bancos del museo y allí recuperé el equilibrio y el aliento. El lienzo colgado frente a mí tenía un fondo negro, puro y sereno, y reproducía con gran verismo el dorado de los metales, el brillo de la porcelana, la textura de los alimentos. Podría haber sido cualquier otro, pero ése fue el que buscamos en la tienda entre miles de reproducciones de obras maestras. “Es de Clara Peeters, una de las pocas mujeres que hay en todo el museo”, nos dijo sorprendida la joven que nos atendió.

De alguna manera entendimos que habíamos encontrado una extraña perla y que muy poca gente había reparado en ella. Así que crecí con ese bodegón presidiendo las comidas de Nochebuena, los cumpleaños, las veladas con amigos, y nunca nos cansamos de contar a quien llegaba por primera vez a casa cómo habíamos descubierto a esa maravillosa pintora de los Países Bajos que había logrado ejercer su arte con éxito a inicios del siglo XVII.

Pionera en la pintura de bodegones y en el naturalismo, Clara Peeters se sentía orgullosa de ser pintora y de ser mujer. No es difícil llegar a esa conclusión, firmaba sus obras como Clara Peeters y en ocasiones Clara P., llegando a integrar en algunos cuadros su propio autorretrato en los reflejos de jarras y copas; con ello demostraba, además de gran destreza, una reivindicación de su condición de artista.

Vemos a muchas mujeres en los museos como musas y modelos pero muy pocas como autoras. De los más de cinco mil artistas que exponen su trabajo en el Museo del Prado solo siete son mujeres. Los esfuerzos y sacrificios de esas heroínas debieron ser ímprobos. Si a los hombres se les permitía dedicarse con libertad a las Bellas Artes y solo se les pedía cierta maestría en su oficio, las mujeres se encontraban con mil trabas en su formación (no podían asistir a clases de dibujo al natural, ni confraternizar con sus compañeros, solo las aristócratas apoyadas por la familia lograban ser tomadas en serio en su “excéntrica afición” pero ello les impedía casarse jóvenes y eran miradas con recelo) y sobre todo se les exigía ser excepcionales. Por eso es tan importante la publicación de libros como Ellas mismas. Autorretratos de mujeres de la escritora e historiadora del arte, Ángeles Caso, para poner en el lugar que merecen a grandes pintoras olvidadas por culpa de una montaña de prejuicios.

Hojeando un periódico veo la fotografía del mismo bodegón que lleva colgado treinta años en casa de mis padres.

–Mira, papá, el Museo del Prado dedica una exposición temporal a Clara Peeters.

–¡Anda, nuestro bodegón, nuestra Clara Peeters!

Ya todo el mundo conoce la extraña perla, y así debe ser.

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