Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 63, Opinión
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El maletín de don Donald

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio. Jueves, 10 de noviembre de 2016

José Antequera

@jantequera8

Allí arriba, en el ático del rascacielos bautizado con su nombre, a más de doscientos metros de altura sobre el hormiguero humano de Manhattan, don Donald podía ver cómo el sol se levantaba suavemente sobre los edificios ciclópeos de la ciudad más fascinante del mundo. Estaba amaneciendo. La gente iba a trabajar a esa hora, millones de neoyorquinos que como cada día salían a la jungla de asfalto con el único objetivo de buscarse las habichuelas, o al menos un miserable perrito caliente que llevarse a la boca. Tras una noche loca de juerga salvaje que le había pasado factura, don Donald estaba tan mareado que le dolía hasta el tupé. Aquello sí que había sido un auténtico show americano: chicas a gogó (las misses eran de su propiedad, entraban en el menú), mucho alcohol, mucha pildorita azul para levantar los ánimos y los mejores amigos, los amigos más poderosos e influyentes de la costa este y del que vive a costa de este. Estaba claro que ya no era aquel chaval arrogante que posaba en las portadas del Playboy. En algún momento había dejado de ser un joven cachas y atlético, y ahora le suponía más esfuerzo trincar por el pussy a los bellezones que se le insinuaban, como gatitas en celo, por los pasillos de su gran Hotel de las Vegas construido con bonos basura.

Sentado en aquel sofá de piel de tigre de Bengala que él mismo había cazado con el Winchester del viejo Charlton, lejos del ruido de la política y las finanzas, don Donald saboreaba el último whisky de la noche mientras le daba por repasar, frente a la amplia cristalera del ático, sus últimos cuatro años como presidente de los Estados Unidos de América (God bless America, maldita sea). Se sentía a gusto en su ático olímpico, a salvo de la aburrida Casa Blanca siempre llena de problemas e infestada de espías rusos, más las broncas con Melania, que cada día estaba algo más caprichosa e intratable. Ella ya ni siquiera se contentaba con los pedruscos de Tiffany’s de un millón de dólares que le regalaba su chorbo el magnate, religiosamente, cada aniversario de boda. Su matrimonio olía a un divorcio caro que ni el de Brangelina.

De modo que allí, confortablemente apoltronado en el sofá-trono del hombre más poderoso de la Tierra, con los pies puestos sobre la mesa en plan Bush/Ansar y sosteniendo el vaso de whisky cuyos cubitos tintineaban como las campanillas de Santa Claus en Navidad, acariciaba con deseo el preciado maletín que tenía entre sus manos. Toda su vida, sus inicios como exitoso hombre de negocios, sus pinitos como actor de realitys televisivos (el cine no se le daba bien, tenía que reconocerlo) y su fulgurante carrera política que le había llevado a la Casa Blanca, se resumía en ese insignificante maletín que parecía tan poca cosa pero que otorgaba el poder supremo sobre todo el planeta, sobre todo el Universo. Con ese maletín que le hacía sentirse como un Dios, empezó a reflexionar sobre la fabulosa obra política de un man made himself  (que traducido de la lengua de Shakespeare quiere decir un hombre hecho a sí mismo a golpe de selfie). Recordó con nostalgia los viejos tiempos, la gloriosa noche electoral en la que dejó a la bruja Hillary, dama del establisment yanqui, más boquiabierta que la Lewinsky viendo aterrizar sobre ella un tomahawk del señor Clinton. Cómo gozaba el presidente don Donald recordando aquel día en que ordenó al Fiscal del Distrito que empapelara a la cornuda con la ayuda de Dios y de los bravos muchachos del FBI. Odiaba con todas sus fuerzas a aquella mujer, no tanto porque soltara mejores discursos que él, ni siquiera porque ella era aristócrata yanqui de pedigrí, universitaria de reconocido prestigio, cultivada y elegante (algo que él nunca podría ser) sino sobre todo, y por encima de todas las cosas, porque era una mujer. Y él no podía soportar que una simple mujer le comiera la tostada o la hamburguesa con kétchup o lo que fuera. Afortunadamente, ella ya no suponía un problema para nadie. Ahora Hillary cumplía veinte mil años en Sing Sing por unos cuantos correos electrónicos convenientemente filtrados a la Fox por los hackers de su buen amigo Putin. Cuánto le debía a Vladímir, aquel ruso duro y recio forjado con el acero de los cañones de Leningrado. Fue entrullar a la Clinton y ambos dos se pusieron a trabajar codo con Kremlin en el diseño de un nuevo desorden mundial. Lo primero fue levantar el prometido muro con México, una obra faraónica que le llevó más de dos años, para lo cual puso a trabajar gratis a los latinos idiotas que le habían prestado su voto, a los paletos blancos de Ohio y a los paletas de Texas sin contrato laboral. Cuando el muro estuvo construido y relucía majestuoso sobre Río Grande, todas las naciones siguieron el ejemplo de don Donald: Israel levantó un muro contra los palestinos, la Francia de Le Pen un muro pirenaico contra los españoles, los hispanos un muro contra los llanitos de Gibraltar (que se vino abajo enseguida, la Marca España siempre tan chapuza) Alemania levantó su propio muro contra los fontaneros polacos, y en ese plan. En un momento, todo el mundo se llenó de muros, había tantos muros que era imposible caminar por ningún sitio sin arrimarse una buena hostia contra alguna pared.

Poco después llegó el momento de las deportaciones. Para ello, don Donald contrató a Bruce Willis, amigo y trumpista de toda la vida, y le pidió, como buen patriota que era, que repitiera para él las gestas del policía John McClane en la Jungla de Cristal. El bueno de Bruce aceptó a la primera, se cuadró con esa sonrisa cínica de medio lado, besó las barras y estrellas, se enfundó la camiseta sudada y pestilente y con la ayuda de un puñado de marines y reservistas ordenó que todos los musulmanes del país se presentaran a primera hora de la mañana –sin rechistar ni chamullar esos versos coránicos que no los entiende ni dios–, en el estadio de los Yankees. De lo contrario, todos irían a la silla eléctrica. Y así fue como uno tras otro, mirando a la Meca, los árabes fueron llevados a Guantánamo (que se reabrió para la ocasión e incluso se hizo un musical para Broadway) o puestos de patitas en el Océano Pacífico forever and never. También Barack Obama fue expulsado del país, ya que al final la CIA fabricó un logrado montaje con papeles más falsos que el cartón piedra de Hollywood para demostrar que el presidente afro era en realidad un actor infiltrado por Al Qaeda con la cara repintada de betún.

Ya nadie podía detener a don Donald. Estaba enrachado, como en las grandes timbas de póker que montaba en su Casino. Después de aquello prohibió a los chinos vender sus baratijas de todo a cien en los puestecillos de la Quinta Avenida, abolió la OTAN y se pasó al Pacto de Varsovia, invadió Cuba por Bahía de Cochinos (para mayor recochineo) clausuró el Tea Party –que estaba lleno de republicanotes que le hacían la vida imposible–, e instauró el Café Para Todos. Finalmente cerró el grifo de ayudas humanitarias a la ONU y canceló los fondos contra el cambio climático, un cuento chino, según le había contado cierto presidente español que tenía un primo climatólogo que sabía la verdad sobre el calentamiento global. De aquel señor de barba canosa y con frenillo, con el que se reunió un par de veces en una ciudad lejana que se llamaba Madrid, o algo así, solo recordaba que le resultaba imposible entenderse con él porque no sabía ni media palabra de inglés. Además, era un soberano coñazo, ya que siempre estaba dándole la tabarra con el running, con el soccer y con una historia sobre unas bases militares norteamericanas que andaban desplegadas por unos pueblos españoles recónditos llamados, al parecer, Tribunal de la Rota, Cangas del Morrazo o algo por el estilo. También le habló de un señor de derechas con un bañador muy ridículo solo apto para elefantes que en los años sesenta se había dado un baño de radiactividad en blanco y negro junto a una bomba nuclear caída del cielo, pero que no le había pasado nada porque mala hierba nunca muere.

En una ocasión, ya al final de su mandato y tras otra noche loca de party, don Donald pensó en salir a la calle armado con el rifle del viejo Charlton y dispuesto a cazar americanos solo para comprobar una idea que le rondaba por la cabeza: que ni matando gente perdería puntos en sus índices de popularidad. Afortunadamente, un asesor del Ala Oeste de la Casa Blanca, con buen criterio cinematográfico y político, le disuadió de la idea.

No, no había sido un mal mandato, a fin de cuentas. El mundo ahora no era ni peor ni mejor que antes de llegar él a la Casa Blanca; en realidad el mundo era exactamente lo mismo que había sido siempre: una jaula de grillos que no había por dónde cogerla. Frustrado porque su obra no había servido para nada, resignado a pasar a la historia como un demócrata fracasado más, acorralado por un impeachment que el fiscal del distrito le había incoado por hortera y friki, abrió el maletín que le había dejado su tocayo Rumsfeld y, medio embriagado todavía por el garrafón malo de Las Vegas, apretó el botón rojo, ese que su amigo Vladímir le había dicho que ni se le ocurriera tocar por lo que más quisiera en el mundo. Y a los pocos segundos, como en un festival de Disneylandia, todo el cielo de Nueva York se iluminó fabulosamente, y empezó a arder y a brillar en un espectáculo grandioso de luz, sonido, deflagración y lucecitas de colores que ni en la fiesta grande del 4 de julio.

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