Número 63, Opinión, Rosa Palo
Deje un comentario

Sobre la protesta universitaria por la presencia de Felipe González y Juan Luis Cebrián

Por Rosa Regàs 

ROSA REGAS

@rosaregas

En un país como el nuestro que no tiene respeto ni amor al pasado, ni reconoce necesidad ninguna de conocerlo, que se cansa de desprestigiarlo porque lo considera poco más que un lastre y solo le da sentido al futuro, lo que más abunda es la ignorancia de nuestra Historia. Y no es de extrañar, de hecho este desamor al pasado es una de las trágicas lacras que hemos heredado del franquismo, esta forma de brutal de dictadura que nos ha dejado además una ignorante sociedad cuyos jóvenes o bien no saben nada de Franco y su siniestro pensar y proceder o siguen fieles a la versión que dieron los franquistas, perpetuada en mayor o menor medida desde entonces por los poderes fácticos y sus secuaces. De ahí tampoco sorprende que la exposición Franco, Victoria y República se haya recibido en Barcelona con tanta confusión y con mucho más apasionamiento y violencia que curiosidad y ganas de saber.

Al margen de la reflexión que pueda hacer sobre aquella brutal protesta que aparece al final de este breve artículo, reconozco que, aunque no hiciera falta llegar al extremo de lograr anular la conferencia, Felipe González ya podía esperarse lo que ocurriría, con lo cual su presencia tras sus escandalosas palabras de los últimos tiempos y su situación de rico riquísimo hablando en nombre del partido socialista, es tan sorprendente y merecedora de una protesta unánime no solo de los universitarios sino de toda la gente que quiere ser y es progresista.

Lo de Juan Luis Cebrián responsable de la opinión actual de El País, tan exageradamente social y económicamente liberal (en el sentido actual del término) tan a la derecha de lo que conocimos hace ya años que prefiero no hablar, porque creo que ni siquiera hace falta.

Continúo:

Los que éramos niños en la postguerra hemos ido conociendo versiones más cercanas a la realidad de las que habíamos aprendido en la calle y comenzamos a dudar de todo hasta que caímos en la cuenta de que la verdad histórica que se daba por cierta, se tambaleaba. Más tarde, en la universidad o en el trabajo y por contactos con estudiosos de la Historia o con jóvenes y viejos comprometidos, supimos, aunque veladamente, que los Aliados de la Segunda Guerra Mundial habían reconocido el régimen sedicioso de Franco antes aún de acabada nuestra guerra. Se hacía difícil entenderlo pero al menos encontramos un motivo para justificar desde su traidor punto de vista, aquellos campos de concentración franceses donde se encerraron al aire libre, junto al mar, a cientos, miles de derrotados de la guerra civil.

Así fueron cayendo poco a poco otras verdades históricas, siempre en sordina, la única forma que tenían los ciudadanos de la postguerra de adentrarse en la realidad de la República, la guerra, la derrota.

Y no ha sido hasta hoy, con el magnífico libro de Ángel Viñas, Sobornos. De cómo Churchil y March compraron a los generales de Franco, cuando se ha desmoronado ante mí el sólido bulo de que Franco se resistió ante Hitler a que España entrara en la guerra mundial. El gran mérito que le atribuían incluso ciertos antifranquistas.

Los jóvenes de hoy y de ayer, mucho más ignorantes que nosotros tal vez por la lejanía de aquellos poderosos militares y eclesiásticos gracias a los cuales Franco impuso a sangre y fuego su golpe de Estado, no oyeron hablar de ello a los suyos ni lo estudiaron en la escuela, de ahí que solo les mueva la indignación.

Convendría pues, que no confundieran la presencia laudatoria del dictador con su presencia incriminatoria que a fin de cuentas es la que acerca la sociedad a la Historia y le enseña lo que ni siquiera la Transición a la democracia le dejó conocer.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *