Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 64, Opinión, Sergio Periotti
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La Internacional Populista

Por Paco Cisterna / Viñeta: Sergio Periotti. Viernes, 18 de noviembre de 2016

Francisco Cisterna

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Es difícil encajar la llegada de Donald Trump al poder, pero es más difícil explicárnosla  si tenemos en cuenta que Obama creó, nada más y nada menos, que 11 millones de puesto de trabajo y acercó la Sanidad a los más desfavorecidos. ¿Qué ha sucedido, pues, para que el electorado dé un vuelco tan significativo? ¿Son los EE.UU un país políticamente bipolar? ¿O tal vez han fraguado las condiciones sociales para un nuevo resurgir de los nacionalismos populistas de derechas?

Paul Krugman, ganador del Premio Nobel de Economía, sostuvo en 2007 que los Estados Unidos necesitaban un “contragolpe populista” para que no descarrilara la desigualdad social. El New Deal, de Franklin Delano Roosevelt, y la Nueva Frontera, del presidente Kennedy, han sido considerados populismos “progresistas”: una alternativa a la aristocracia sin caer en el comunismo. Pero en el caso que nos ocupa, el populismo de derechas parece surgir de una mutación genética inducida por el cambio climático. La meteorología política ha dejado de ser estable, y a ambos lados del Atlántico se forman bandas nubosas, embriones de huracanes que amenazan con llevarse por delante lo que queda del maltrecho Estado del Bienestar. El populismo trumpetero es una vuelta a la situación anterior al New Deal.

En Europa las expectativas políticas no distan mucho de la situación americana: el populismo de corte neofascista nos devuelve a los prolegómenos de la II Gran Guerra. El ascenso de los partidos xenófobos y nacionalistas en Reino Unido, Francia, Holanda, Austria y Alemania, la futura reforma de la constitución italiana y los guiños del americano a Putin y a Erdogan tienen a la UE perpleja. Bruselas se despierta sumida en la incertidumbre a la espera del día a día que marque Washington al capricho de un millonario excéntrico que se aloja en la Casa Blanca a un dólar y medio al mes. Donald Trump, amigos del Instituto Tecnológico de Massachusetts, carece de un programa político definido, y, mientras su gabinete ultraderechista lo elabora, el magnate americano está dispuesto a entretenernos con declaraciones asombrosas, más o menos matizadas, que refuercen y alimenten su divismo. Hasta que, claro está, alguien tenga el valor de cerrarle la boca al loro o le nombren Caballero de Honor del Ku Klux Klan de Tennessee y lo manden, con suerte, al Museo Local del Whisky de Garrafa. Pobres ministros de Exteriores, van a tener que correr de la Ceca a la Meca.

Pero dejémonos de tonterías –que, por otra parte, no están nada mal, tratándose de quien se trata–. Las causas que han favorecido la tormenta en ciernes, el tifón pseudoesvástico, obedecen, sobre todo, a la escasa esperanza o a lo terrible que se presenta el futuro. Quien no lo tiene quiere uno y el que lo tiene busca mejorarlo. El problema reside en que cierto sector, que todos conocemos, es dueño del presente y condiciona el futuro a su imagen y semejanza. Todo vale con tal de ganarse el voto aun a costa de tomar medidas contrarias al estado democrático. La crisis de representación, la creciente  contaminación política, la corrupción, el desgaste de un sistema que no se renueva, la rendición de las democracias a los intereses económicos y la tan traída y manoseada globalización han favorecido el auge de un capitalismo populista cuyo afán de protagonismo alienta la confrontación social. Los gobiernos al uso no han sabido gestionar la crisis o han reaccionado tarde ante el problema creciente de la inmigración. Un cóctel peligroso que fomenta las borracheras nacionalistas y xenófobas, que canaliza las demandas insatisfechas y los resentimientos políticos. Pero son los dirigentes gubernamentales quienes han permitido que la productividad esté por encima de las personas, los que han dejado que el río empiece a desbordarse y no encuentran dique que lo contenga. No simplemente se han dedicado a esperar tiempos mejores, a que el dinero cure lo que ha enfermado, sino que han adoptado políticas austericidas que han aumentado los sentimientos de marginación en amplios sectores de la población.  El problema es tan descomunal, tan dilatado de corregir en el tiempo, que no es de extrañar que aparezcan soluciones radicales que prometan a la población desesperada el alivio de todos sus males en un abrir y cerrar de ojos. ¡Heil, Hitler! Los que van a luchar te saludan.

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SERGIO PERIOTTI

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