Alaminos, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 64, Opinión
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Política integral, política profunda

Por Gil Manuel Hernández / Ilustración: Alaminos. Domingo, 20 de noviembre de 2016

Gil-Manuel Hernández

@HernandezGilman

Desde los inicios de la modernidad la política ha girado básicamente alrededor de tres ejes que han definido las principales dialécticas del juego de poder. El primero ha sido el eje de la ideología, que ha basculado entre los polos de la derecha y la izquierda. La primera ha representado la conservación y legitimación del orden económico, político y social existente en el capitalismo, mientras que la segunda ha abogado por el cuestionamiento de dicho orden, propugnando su reforma o incluso su superación revolucionaria para la instauración de un sistema más solidario, justo e igualitario. Se trata de un eje que todavía se mantiene, aunque aquejado de profundos reajustes, fruto de las mutaciones de la sociedad y las iniciativas de los propios sujetos políticos.

Lo mismo ha sucedido con el resto de ejes, que también han visto alteradas sus características a la luz de la globalización contemporánea. Así se observa en el segundo eje, el de la identidad preferentemente nacional, que contrapone a los internos, nacionales o compatriotas frente a los externos, extranjeros o foráneos. Se trata de un eje que opera en el plano geográfico y geopolítico, que define los contenidos de la cultura y la socialización educativa y organiza el mapa de filias y fobias patrióticas. Que la globalización reconstruya los vínculos indentitarios no elimina la persistente contraposición entre adentro y afuera, que tantos recursos políticos proporciona en una época marcada tanto por la necesaria convivencia con los otros como por el miedo a los  diferentes.

El tercer eje es tan antiguo como las sociedades complejas y alude a la clásica relación de dominación entre explotadores y explotados, entre poderosos y subalternos. La lucha de clases es el paradigma de dicha dialéctica, cada vez más refinada y llena de matices, dispositivos y reediciones (lucha de etnias, géneros, edades…). Se trata de un eje netamente socio-económico, que separa a los detentadores de los medios de producción de los que son simples servidores de estos, un eje que nos habla de polarización social, de estratificación creciente, de proliferación de desigualdades, todo ello al calor del desarrollo expansivo y mundializador de la lógica capitalista.

Si en el eje de la identidad la política oscila esencialmente alrededor de los nacionalismos, en el eje de la dominación la política se articula entre el arriba y el abajo, entre los que tienden a concentrar recursos, capital y poder frente a los que tienden a ser desposeídos hasta de lo poco que tienen. Por supuesto, los tres ejes reseñados se combinan, de modo que la derecha persigue conservar el orden de dominación vigente o utiliza la dialéctica de la identidad adaptándola al objetivo supremo de preservar el sistema de explotación existente. Y algo similar cabe decir de la izquierda, reorientada a la emancipación de los dominados o a la subordinación de lo nacional a la identidad trabajadora, también presentada cono la mayoría de los “de abajo”.

El problema es que una política vehiculada por estos tres ejes deviene una política estrictamente en superficie, pues ubica el juego político solo en la epidermis social de los seres humanos, descuidando su ámbito psicológico interior, su aspecto psíquico, su dimensión realmente profunda. Así se explica que las metamorfosis a que pueda lugar la política convencional no alteren significativamente la forma psíquica en que operan los individuos convertidos en ciudadanos, pues tal política se centra en las dimensiones puramente legales, normativas, tribales, ideológicas o de dominio socio-económico. Se deja así en el olvido la transformación real de los individuos, todo aquello que tiene que ver con la revolución interna, con la integración de lo individual y lo común, con una dura autorrealización inseparable de las transformaciones externas, todo aquello que alude a los cambios que pueden hacer de una persona alguien con unos mayores niveles de consciencia, alguien a quien resulte realmente difícil engañar o pervertir con las miserias derivadas de la lucha por el poder que indefectiblemente van asociadas a los modos y formas de la política puramente exterior.

Por supuesto no se trata de defender que haya que estar más allá de la izquierda y la derecha, pues tales discursos solo conducen al fascismo, ni de negar las diferencias identitarias, lo que solo lleva al relativismo amoral, ni de obviar la realidad de la dominación, que solo beneficia a los dominadores, sino de abordar una política profunda, que es tanto como defender la profundidad de una política que considere que lo psíquico es social y lo social es psíquico, que considere la antropolítica, que diría el sociólogo francés Edgar Morin, como la política de la vida en su conjunto. Una política holística e integral, que imposibilite la desafección política e impida que nadie ni nada se puede situar fuera de la política, porque al final la política debe ser la forma en que abordamos nuestra integridad vital desde lo físico a lo metafísico, desde lo material hasta lo espiritual. Una política del todo, que es como hablar de una política que hace alma.

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Jorge Alaminos

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