Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 64, Opinión
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Hambre

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 18 de noviembre de 2016

LIDIA SANCHIS buena

@lidia_sanchis

Una mujer de 81 años ha muerto en el incendio de su casa de Reus y todo apunta a que una vela sería el origen del fuego que quemó el colchón de la habitación donde dormía. La mujer, según cuentan los medios de comunicación, estaba en una situación de pobreza energética, un eufemismo muy sonoro para decir que uno es pobre pero no tanto porque dicho así parece como si la mujer, del múltiple espectro de la miseria, sólo adoleciera de uno. Pero las palabras nunca son inocentes.

Hacía dos meses que Rosa se iluminaba con velas porque la compañía suministradora le había cortado la luz ante los impagos. Pero con la mujer y su soledad y su precariedad aún de cuerpo presente, el Ayuntamiento de Reus y el Govern catalán, y la compañía suministradora (por cierto, ¿se han dado cuenta de lo que ha costado saber el nombre de la empresa?) se enzarzaron en una disputa estéril ante este caso de ‘pobreza energética’. Parece que ninguna de las partes quiere asumir su responsabilidad.

Además, a Rosa se le amontonaban los problemas. También se enfrentaba al desahucio porque hacía unos diez meses que no pagaba el alquiler y el arrendatario había interpuesto una demanda judicial. Y aunque los Servicios Sociales sabían de su situación ya que la anciana pidió una ayuda para pagar el recibo del agua, esas buenas personas, esos intachables funcionarios públicos debieron de pensar que sí que le alcanzaba para el de la luz.

Pero si hay una frase que me conmueva en esta terrible historia es ésta: “Aunque vivía sola en el inmueble, la víctima recibía la visita de su nieta, que le llevaba comida”. Es decir, alguien supo y no pudo hacer nada. Porque yo he conocido a alguno de estos nuevos pobres, que son los viejos pobres. Los pobres viejos pobres. Como C., que solía venir a visitarme las tardes de los martes y los jueves. En una de sus primeras visitas me encontró cocinando para la cena. Me preguntó qué era aquello que olía tan bien. Le dije que puchero y que, si quería, le ponía un poco para su cena y así no tendría que cocinar. Me respondió, con falsa jovialidad, que sí, que le hacía un favor porque con la artrosis de las manos cada vez se le hacía más cuesta arriba esa tarea. A partir de ese momento, los martes y los jueves cociné para mi familia pero también para ella. Delicadamente,  le preguntaba si quería llevarse un poco de caldo, de pollo al horno, de guiso de ternera o de pescado rebozado ya que tanto había halagado mis artes culinarias (a mí, que no sé ni freír un huevo). Acabé ofreciéndole incluso la carne que guardaba para el perro “porque yo no sé hacer croquetas y seguro que a ti te salen muy ricas, C.”

Mi anciana amiga no era una mujer sola. Vivía con su hija divorciada con la que compartía piso. Pero el hambre se lo guardaba para ella sola. Con mi caldo y mis restos del puchero preparaba la cena para ella y para su nieto, que pasaba la semana con ellas. Y si estiraba un poco aún le quedaba para la comida del día siguiente. Escrito está: los viejos no le importan a nadie.

Hace unos años me entristecía pensar que la mía era la primera generación que iba a vivir peor que la de sus padres. Ahora me deprime constatar que somos la primera generación que va a vivir en mejores condiciones que sus abuelos, que sobreviven con pensiones de miseria y sueldos de hambre. Como dice mi hijo de nueve años: “Mamá, nosotros no somos pobres, ¿verdad? Lo que no tenemos es dinero”. Pues eso.

Finalmente, los seis vecinos evacuados han podido retornar a sus viviendas hacia las cinco de la mañana, una vez se ha comprobado que la estructura del inmueble no ha quedado estropeada. Los seis vecinos, la nieta de Rosa, los trabajadores sociales, el Ayuntamiento, el Govern catalán, la mujer que ponía el puchero y reservaba la carne para el perro o para C… Todos han podido volver al calor de sus casas. Menos ella, la anciana que ha muerto de frío e indiferencia.

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L'Avi

@AviNinotaire

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