Luis Sánchez, Número 63, Opinión
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Física y química

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

       Luis Sánchez

 Celia y yo éramos novios desde hacía unos años. “Bueno, más que novios –me apuntó, certeramente, un amigo–, sois amantes, porque los novios sí tienen el propósito de casarse; en cambio, a vosotros no se os conoce la intención”.

Celia y yo nos llevábamos bien, nos entendíamos a la primera de cambio y en la cama funcionábamos de maravilla, aunque –para ser del todo sincero– las últimas veces… había resultado un poco mecánico, como si ya no hubiera esa alegría del principio, esa pasión por descubrir y experimentar paraísos prohibidos.

El asunto es que mientras lo hacíamos –y para animarme–, yo pensaba en Mabel, una amiga de Celia, de cuando la Facultad, que veíamos de uvas a peras. Mabel tenía un enorme atractivo, mirada viva y era muy lanzada; eso sí, un poco rarita. Y no es que Celia careciese de encantos, que los tenía, pero eran más de orden cotidiano. Mabel, por contra, era una fiera enigmática.

Un domingo, después de comprar la prensa, me la encontré por casualidad. Al verme, vino directa hasta mí y me susurró al oído; pero así, a bocajarro: “El viernes por la noche bien que te corriste, ¿eh, Alfredo?”. Luego se marchó, con paso firme y decidido, dejando en el aire un aroma de pícara lubricidad.

No pude reaccionar ante aquella provocadora intimidación. Me quedé lívido; pero, sobre todo, desnudo, indefenso y, al mismo tiempo, ¡excitadísimo!

¿Acaso Mabel se había percatado de que mientras me lo hacía con Celia pensaba en ella?, ¿le habían llegado imágenes eróticas?, ¿y qué había sentido?… ¡Imposible averiguarlo!

La intuición femenina es inmensa, sí; pero ¿tanto…? Además, una cosa es la intuición y otra…

Al subir a casa, se me ocurrió preguntarle a Celia, así como quien no busca la cosa…

–¿Qué lees?

–Un cuento de Millás.

–Por cierto, ¿hace mucho que no ves a Mabel?

–¿Por qué me lo preguntas?

–Por nada. Simple curiosidad.

Yo seguí con mis fantasías, que cada vez eran más intensas e irrefrenables. Es más, cada dos por tres, ahí estábamos dando un repaso a nuestros agradecidos cuerpos. Y mientras Celia se evaporaba entre mil suspiros, yo más cargas de profundidad le metía a Mabel.

–¡Qué fuerte! Es como si, al deshacerme, yo ya no fuera yo, ¿sabes? –me confesó Celia una vez.

–Sí, a mí también me ocurre algo similar –rematé yo, en un tono de complicidad, temiendo que sospechara algo.

Días después, al bajar del autobús, me encontré de nuevo con Mabel. Se me acercó por la espalda, sigilosa, yo no la había visto, y me dejó caer con sensual suavidad…

–Estoy embarazada, Alfredo.

–¡Ah! No lo sabía –le respondí con un hilo transparente de voz.

La vi alejarse poco a poco, serena; pero, en esta ocasión, como resistiéndose a apartarse de mi lado.

De pronto, todo saltó por los aires, se me cayó el mundo encima. ¿Qué estaba ocurriendo? Pero, ¡bueno!, cómo era posible. Después de todo, yo… yo sólo había… En fin, me sentí tan asustado que decidí interrumpir las relaciones sexuales con Celia. Aunque, ahora, ya era tarde.

–Te encuentro distraído, absorto –me repetía Celia.

–¿En serio? –contestaba yo, tratando de disimular, más mal que bien.

–¿Te pasa algo, Alfredo?

–No, no. Nada.

Pero sí. Claro que pasaba, y mucho. Pasaba que yo ya no podía dejar de pensar en Mabel. Y pensaba tanto en ella que, a veces, sentía que tomaba posesión de su cuerpo, y ya no sabía si era yo o ella.

Un jueves por la tarde, cuando salí del trabajo, levanté la mirada y la vi caminando hacia mí, yo me detuve en el acto y ella, al pasar por mi lado, me dijo con una voz casi imperceptible:

–Vas a a ser padre, Alfredo.

–¿Cómo…?

–¿Se lo dices tú o se lo digo yo?

Me subió un nudo espeso a la garganta. Estaba paralizado y, por aparentar cierta normalidad, miré el reloj. Pero en cuestión de segundos, Mabel se había perdido entre la agitada multitud.

No hizo falta que se lo dijera ninguno de los dos. Celia, cansada de soportar aquella situación, decidió marcharse una temporada y cambiar de aires.

–Así no podemos continuar, Alfredo. Estoy aburrida de tus silencios, de tus evasivas, ¿lo entiendes?

–Claro que lo entiendo –le respondí, con mirada lastimera.

Pocas semanas después, Mabel y yo nos hicimos novios.

Cuando nació el niño –porque fue un varón–, me dijo, sonriendo:

–Mira qué bien dotado viene, se parece a ti –en alusión a la pirulilla del crío.

–Pero si la mía… es más bien modestita –le corregí.

–Todo se andará, Alfredo, todo se andará –repuso ella, tomando al niño en brazos, y en eso cayó de la cama el libro que estaba leyendo, me agaché para recogerlo; el título era: Física cuántica y sexualidad.

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1 Kommentare

  1. empar landete dicen

    Excelente paralelismo entre la realidad cotidiana y los pensamientos más allá de lo imaginable …. me ha encantado el relato de Luís Sánchez .

    gracias Luis por regalarnos estos retazos de evasiones cotidianos ..

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