Artsenal, Francisco Saura, Humor Gráfico, Número 63, Opinión
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Elogio del político defenestrado

Por Francisco Saura / Ilustración: Artsenal

Francisco Saura

Francisco Saura

“Yo conocí a Paulino Sanz, yo creí en Paulino Sanz. No puedo decir que fuera su amigo, era difícil serlo.  Vivía en un mundo terrible, alejado de aquellas personas que en algún momento quisieron amarlo, porque Paulino Sanz decidió vivir una ideología congelada en mitad del glacial social al que nos había llevado aquella gente venida del desprecio de la posguerra europea. Y sin embargo sus palabras, que no parecían contener humanidad alguna, sembraron vida en aquel erial de libertad.

Yo conocí a Paulino Sanz antes y después de su bajada a los infiernos. Tal vez entonces comprendió que el mundo no era esa búsqueda de la felicidad que se leía en los libros de los moralistas, ni esa obscena confusión entre los sentimientos privados, las creencias y, por qué no, las querencias en los momentos de dicha o fortaleza colectiva y la realidad mal dada por fuerzas inexplicables que decidían el futuro de la gente sin consultarla, sin buscar en su interior los deseos más íntimos y las necesidades más perentorias. En realidad, ese espacio de confianza y de previsibilidad otorgado por el terror de los poderosos a una revolución fue desapareciendo paulatinamente en la segunda mitad del siglo XX, hasta alcanzar el absoluto desasosiego de una vida sometida al capricho del poder y de los poderosos” (*).

Todavía en los años setenta se podía confiar en el futuro, al menos en los países de la Europa Occidental. Fuera, en la mayoría de las casillas del tablero de ajedrez donde se jugaba a someter mediante la violencia cuando la persuasión resultaba inútil, todavía brotaba la sangre a borbotones y la libertad era segada aún primeriza si la gente no elegía lo deseable y se abanicaba con los sueños populistas, aunque por entonces esta ilusión malsana de la democracia que invitaba a la irresponsabilidad individual según nuestros liberales era tolerada por poco dañina al status quo universal. Por entonces, lo peligroso no era ser populista, ni jugar a hacer pasar hojalata por oro, ni culpar a los otros de todos los fracasos y desmanes propios. Que se lo pregunten a Perón, por ejemplo. No, lo peligroso era el marxismo y su idea fuerza de la planificación socialista frente a la desigualdad económica y social que propiciaba el capitalismo. En este caso, que se pregunten a Salvador Allende allí donde esté. Todo aquello calló aproximadamente cuando España salió de una de sus normalidades dictatoriales, la última de ellas la más sanguinaria y más esterilizante intelectualmente hablando de toda su historia. La Unión Soviética tardó una década y media más en apagarse aunque ya había perdido todas las batallas muchos años antes y ya su luz apenas iluminaba los cementerios de la barbarie bajo las blancas noches del Báltico.

¿Qué quedaba por entonces?: la socialdemocracia. A partir de 1945 en el tronco carbonizado del árbol de la historia de la Europa Occidental brotó una rama de extraño corazón social sobre la que floreció la universalidad de derechos humanos esenciales: la educación, la sanidad, las pensiones, los servicios sociales. Esta, al parecer, anomalía del capitalismo permitió las mayores cotas de bienestar y confianza social conocidas hasta el momento. Se diría que esas clases dirigentes, que habían evolucionado desde lo real hasta lo simbólico con el transcurso de los siglos, aceptaban un compromiso con las clases populares para diseñar un lugar de seguridad económica, social y cultural frente a la acechanza de la revolución. Era tiempo de transigir con los aliados potenciales del enemigo exterior. Para cuando el último y más sanguinario dictador español murió en la cama, ese modelo económico y social llamado Estado del Bienestar aún gozaba de buena salud, aunque la crisis económica de los primeros setenta dio el primer aviso de que algo no marchaba bien y reforzó las aspiraciones de dirigencia intelectual de esos economistas y afines, llamados ahora neoliberales, que no pasaban de cuatro gatos en las universidades europeas y norteamericanas de los años cincuenta. Se comenta que Chile fue uno de los primeros, si no el primero, conejillos de indias de las economías liberadas de los corsés del intervencionismo estatal. En una entrevista editada como libro, el economista John K. Galbraith llegó a felicitarse, en sentido irónico, de que su rival intelectual, Milton Friedman asesorara a otro sanguinario, el general Pinochet, con su recetario económico porque tal decisión permitiría que Chile se librara con más facilidad de la dictadura ante el fracaso presumible del mismo. En España, sin embargo, el neoliberalismo no fue atendido por los artífices del Régimen del Setenta y Ocho. Se optó por un modelo económico y social similar al de su entorno europeo. La Constitución Española es un ejemplo de lo que se pretendía, al menos nominalmente. Igualmente, la modificación sufrida por la misma en el luctuoso agosto de 2011 constata la defunción del modelo económico y social pactado por los actores del Régimen del Setenta y Ocho y el alumbramiento de otro totalmente distinto que ni siquiera fue consultado a quien ostenta, al menos también nominalmente, la soberanía popular. Es en ese momento, en agosto de 2011, a pocos meses de iniciado el movimiento del 15M, cuando se alumbra el desastre de la izquierda española y la futura crisis del Partido Socialista. Hasta entonces, los poderes económicos y sus adláteres mantienen la ficción de un país que progresa en relativa igualdad entre ciclos económicos, invitando, incluso, a los indignados a que hagan política y se presenten a las elecciones. Desde 1978 hasta 2011, las máscaras se mantienen y el lenguaje de la moderación predomina en el panorama nacional más allá de la llamada deriva soberanista.

Los años posteriores a 2011 dejaron un duro ajuste económico bendecido por los padrinos neoliberales y la caída electoral del Partido Popular pero sobre todo del Partido Socialista. Este último verá cómo un electorado progresista que propicia el voto útil para frenar las políticas económicas antisociales, lo abandona progresivamente a favor de partidos políticos que han defendido con más decisión los derechos económicos, laborales y sociales reconocidos a lo largo de los últimos decenios. A fin de cuentas, el Partido Popular no legisla fuera de los intereses de sus apoyos electorales. Rodríguez Zapatero, sin duda el más efectista izquierdista que ha gobernado hasta el momento, cede ante las presiones de la Troika y arrodilla a las clases trabajadoras ante los poderes económicos, supeditando sus derechos al pago de la deuda.

2014, 2015 y 2016 nos traen nuevos actores a la vida política española que, en mi opinión, han venido para quedarse. Podemos es uno de ellos. Fácilmente combatible por sus indefiniciones ideológicas, por sus bandazos tácticos y por su incapacidad de plantear con seriedad una alternativa económica, responde sin embargo a las demandas más perentorias de un electorado que ha visto cómo se derrumbaba su confianza en una clase política que ya no le ofrecía seguridad para el presente y previsibilidad para el futuro. Que no es flor de un día lo demuestra la inquina que le profesan los medios de comunicación como PRISA, embarcada en una cruzada para defender al Régimen del Setenta y Ocho o, mejor dicho, al monstruo alumbrado en agosto de 2011 por los señores Rodríguez Zapatero y Rajoy. Tal cruzada ha terminado también por romper al PSOE y dar por concluido el tiempo de las buenas formas parlamentarias y de la exquisitez en el trato a las divergencias políticas. Queda por ver, aunque nadie lo considera que tenga altura política, si Pedro Sánchez puede ser el Olof Palme español u otro de los muchos cadáveres que el PSOE va dejando por el camino. En este país necesitamos socialdemocracia que converja con los movimientos surgidos de las sociedades modernas. Veremos…

(*)- Luis Silvente: Elogio del político defenestrado. Fragmento de un ensayo todavía no escrito.

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