Jose Antequera, Número 62, Número 63, Opinión
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El pisito de Espinar

Por José Antequera / Foto: Efe (Emilio Naranjo)

José Antequera

@jantequera8

Anda la derechona (con el apoyo del Grupo Prisa y algunos socialistas rabiosos que parecen salidos de la Falange Auténtica) buscándole las cosquillas y los escándalos a Podemos para terminar de darle la puntilla a lo poco que queda ya de la maltrecha izquierda española. Hasta Anson ha insinuado que circula por ahí un dosier secreto del CNI sobre Pablo Iglesias que, de ver la luz, terminaría de raíz con la carrera política del señor de la coleta. Pues si lo tiene que lo saque, coño, a qué santo viene tanto avisar con que viene el lobo. Y es que, desde que Pedro Sánchez concedió su histórica e histérica entrevista póstuma a Jordi Évole, en la que denunció presiones de El País y de las empresas del Ibex 35 para evitar un Gobierno de coalición entre partidos de izquierda, se ha abierto una nueva caza de brujas, una nueva temporada cinegética contra el rojo bolivariano y todo sociata que tenga la tentación de coquetear con el malvado Podemos.

La entrevista de Évole, ese periodista capaz de arrancarle el corazón al entrevistado con una simple pregunta y una sonrisa de niño travieso, ha hecho caer muchas caretas, entre ellas la del todopoderoso Juan Luis Cebrián, que tras echar espumarajos por la boca ha puesto a trabajar a sus plumillas y les ha dado orden expresa de rebuscar en los parvularios donde recibieron clase los podemitas, en los despachos desangelados de las universidades y en los botellones de Vallecas, con el fin de sacar cualquier cosa que pueda servir de noticia y reciclarlo como escándalo periodístico. Lo último es ese mayúsculo affaire atribuido a Ramón Espinar, el portavoz de Podemos en el Senado y candidato a liderar la formación en la Comunidad de Madrid, quien por lo visto se sacó unas pesetillas con la venta de una vivienda de protección oficial para jóvenes en Alcobendas cuando era un estudiante de 21 años y ni siquiera se dedicaba a la política. Al parecer el chico quería comprarse un pisito, como todo joven de su edad, y su sueldazo imperial de 400 euros al mes, ese pastón que fijan entre la patronal y el señor Guindos para que los universitarios puedan empezar a labrarse un futuro, no le llegaba para la hipoteca, de manera que le pidió un préstamo a la familia, como hace todo hijo de vecino. Luego, como no podía hacer frente a la letra mensual, Espinar decidió vender el apartamento, que no era precisamente el ático de Marbella de Ignacio González, ni la mansión de Paco Granados, ni siquiera el yatecito de nada en el que Felipe se solaza entre los piratas del mar Caribe, sino más bien un cuchitril de 60 metros cuadrados que da para picadero estudiantil de fin de semana y poco más. Y hasta ahí el escandalazo mundial, hasta ahí lo que ha dado de sí el último caso Watergate ibérico destapado por el magnate de la cutreprensa hispánica, o sea Cebrián. ¡Qué trama organizada e internacional más compleja, qué vergüenza para un país, qué estafa multimillonaria que ha hecho tambalear los cimientos mismos de la economía patria! Desde los latrocinios de Al Capone no se había visto nada igual, ni siquiera el caso Gurtel, las tarjetas black o la trama Púnica, todo ello sin duda mucho menos grave que el asunto de la casa de los horrores de Espinar.

Así que el muchacho, que tras esto ya sabe lo que es probar la hiel de la política española en su sabor más amargo, ha tenido que salir a dar explicaciones ante los periodistas de por qué compró el pisito o lo dejó de comprar, quién le concedió el préstamo, si la hipoteca era a cinco o a veinte años y si las cortinas eran estampadas o a juego con el sinfonier. Ya nos hubiera gustado que los gerifaltes del PP (y los del PSOE) hubieran sido así de rápidos en convocar ruedas de prensa para explicar tanto paraíso de Panamá, tanta comisión del tres por ciento, tanto hotel de masajes, tanta coca y putiferios varios en los que se han gastado nuestro dinero durante todos estos años. Pero pasaron las décadas y estuvieron callados como tumbas, o mintiendo como bellacos, hasta que llegaron los jueces de la Audiencia Nacional con las rebajas y al final todos ellos han terminado saliendo de las cloacas del Estado y desfilando para vergüenza y oprobio de los dos grandes partidos. Ayer, en la kafkiana rueda de prensa que se vio obligado a convocar Espinar, se dieron cita todos los medios, mayormente los más interesados en el casillo, los de Prisa y La Razón, la Brunete mediática (solo faltaban Inda y Marhuenda, estarían cobrando las minutas de la Sexta Noche) y como hienas de colmillo retorcido e hillilo de baba colgandera, esperaban, codo con codo, todos a una, como una nueva brigada Político Social, a que apareciera la joven víctima de su auto de fe para hincarle el diente y despellejarla viva. Desde el principio se vio que querían hacer pasar a Espinar por el nuevo Rodrigo Rato de Podemos, el Francisco Granados de la formación morada, o ‘El Bigotes’ de los bolivarianos, solo que enseguida se vio que la cosa no daba para mucho más. Eso sí, la comparecencia sirvió para que el muchacho, con cara de póker y gesto resignado, terminara dándose cuenta de dónde se ha metido y en qué consiste en realidad este juego sucio de la política española, este thriller de venganzas, traiciones, emboscadas, ventas de almas al mejor postor, convolutos, conspiraciones, chantajes y operaciones secretas para arruinar la vida de todo aquel que ose plantarle cara al Ibex 35. Espinar, ya te han desvirgado, hijo. Ahora ya sabes de qué va este rollo.

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