Editoriales, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 63
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Editorial: La máquina del fango

Ilustración: El Koko Parrilla. Viernes, 4 de noviembre de 2016

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   Editorial

El caso de Ramón Espinar, portavoz de Podemos en el Senado, ha puesto de manifiesto la esquizofrénica situación que vive la política española desde que Pedro Sánchez anunciara en su entrevista en exclusiva con Jordi Évole que volverá a presentarse a las primarias del PSOE para recuperar las riendas del partido, devolvérselo a las bases y alejarlo del PP. En su charla con el presentador de Salvados, el ya exsecretario general socialista reconoció que cometió un grave error al no haber pactado con Podemos en su momento y denunció las presiones que había sufrido por parte de grupos mediáticos como Prisa y algunas empresas del Ibex 35 para que no se acercara al partido de Pablo Iglesias. Desde ese mismo momento en que Sánchez decidió tirar de la manta y airear los entresijos de las complejas negociaciones para formar Gobierno que tuvieron lugar durante los meses de bloqueo en España, algunos poderes fácticos han decidido pasar al ataque y contrarrestar el efecto Sánchez. La finalidad última no puede ser otra que ahogar cualquier esperanza de lograr una izquierda española unida que pueda aglutinarse en una oposición eficaz contra Mariano Rajoy capaz de cristalizar en una alternativa de Gobierno consistente de cara al futuro.

La exclusivilla de El País tiene más de ajuste de cuentas que de periodismo de investigación serio y responsable. Huele a la legua.

Tras la emisión de la entrevista con Sánchez, algunos decidieron que era el momento de cortar de raíz cualquier pretensión de negociar con Podemos (y de paso lanzar un aviso a navegantes para el exsecretario general dimitido) aunque para ello hubiera que poner al partido de Pablo Iglesias, injustamente por otra parte, al nivel de mezquindad de los políticos que se han enfangado en casos de corrupción durante los últimos años. Al igual que William Random Hearst le espetó a uno de sus dibujantes “tú haz las ilustraciones, que yo pondré la guerra”, poco antes de que estallara el conflicto entre España y Estados Unidos a cuenta de  Cuba, Juan Luis Cebrián, magnate de Prisa, debió ordenar a sus plumillas algo parecido aquella noche de domingo en la que Sánchez largaba en la Sexta. El plan, sin duda, era diseñar una gran operación mediática bajo la apariencia de una supuesta labor de investigación que salpicara a Podemos y a todos aquellos que en el PSOE sueñan con una izquierda hermanada capaz de conquistar el poder. Solo había que elegir al chivo expiatorio apropiado, a la persona idónea sobre la que lanzar la “máquina del fango”, un concepto que se ha acuñado en los últimos días y que define a la perfección la campaña de desprestigio, de acoso y derribo tan desproporcionada como injusta, que se ha orquestado desde El País y la Cadena Ser, con el apoyo de otros periódicos de la derecha como La Razón, ABC o El Mundo.

El personaje elegido para desacreditar a Podemos y al ala izquierdosa del PSOE partidaria de la confluencia con la formación morada fue finalmente Ramón Espinar, un político joven al que los periodistas de Prisa supuestamente han investigado en sus años de juventud. Los hechos se remontan a 2007, cuando Espinar tenía solo 21 años y era un universitario que apenas ganaba 400 euros. Por aquellas fechas, cuando Espinar ni siquiera estaba en política (la corrupción es siempre achacable a los políticos profesionales), decidió comprar una vivienda de promoción oficial para jóvenes de unos 60 metros cuadrados (nada de lujos) como hacen miles de muchachos de su edad que tratan de emanciparse y abrirse camino en la vida. Al poco tiempo, y al no poder hacer frente al pago de la hipoteca, algo de lo más normal en España dada la complicada situación que vive la juventud de nuestro país para acceder a una vivienda, decidió venderla, obteniendo un beneficio de unos 20.000 euros brutos con la operación. Y a partir de esos datos que estaban a la vista de todos es como el grupo Prisa ha construido la historia más delirante que recuerda nuestro periodismo reciente, y que se ha pretendido vender como un caso de corrupción a la altura de los latrocinios y tramas internacionales organizadas que hemos tenido la desgracia de vivir en estos últimos años de Gobiernos del PP y también del PSOE.

A los responsables de El País habría que aconsejarles que volvieran a hacer periodismo y no bazofia propagandística para arruinar vidas ajenas

No será necesario recordar que vivimos en una democracia regida por la libertad de expresión y de prensa, ni que los políticos tienen el deber de dar las explicaciones oportunas cuando salen salpicados o bajo sospecha por algún titular. En eso consiste el juego democrático. Hasta ahí ninguna objeción. El único problema es que si nos detenemos un instante a analizar los datos objetivos de esta truculenta historia, dejando al margen las consideraciones políticas, no podremos por menos que concluir que el grupo Prisa no ha hecho más que caer en el peor de los periodismos que se pueden hacer: el que se ejerce buscando de antemano a una víctima propiciatoria para descargar sobre ella todo su poder mediático. Con la historia de Ramón Espinar, El País, y en consecuencia la Cadena Ser, han caído en lo peor que puede caer un medio de comunicación: en el sectarismo político más atroz y en la venganza al más puro estilo de los años de Pedro J. Ramírez, aquel periodista que, cuando se lo proponía, arruinaba la vida de todo aquel que osaba ponerse en su contra.

Con la noticia de Espinar, El País no ha hecho otra cosa que vender humo, engordar una anécdota y elevarla a la categoría de gran affaire periodístico, revestir una información inocua y sin interés público alguno bajo la apariencia de un gran escándalo político, cuando en realidad no hay tal escándalo, sino que en el trasfondo de la noticia subyace una lucha intestina de poder entre “susanistas” y “pedristas” y una intención clara de mantener cuotas de poder. La venta del piso de Espinar no solo no es delito, sino que es una práctica habitual en las relaciones económicas de cualquier país. Si tuviéramos que meter en la cárcel a cada español que ha vendido una vivienda lucrándose con la operación no habría celdas suficientes en España para meternos a todos. Cebrián necesitaba un tema fuerte, una cortina de humo para desviar la atención del auténtico bombazo informativo: las acusaciones que contra él lanzó Sánchez en la magnífica entrevista que concedió a Jordi Évole (este sí, un auténtico ejemplo de periodismo de calidad del que tendrían mucho que aprender los actuales redactores jefes, subdirectores y directores de Prisa, más acostumbrados ya a hacer política que a hacer periodismo del bueno).

Nada se sostiene en el pretendido escándalo que ofrece El País. Se dice que Espinar dio un “pelotacillo” inmobiliario cuando en realidad lo que se ha dado es una exclusivilla de medio pelo. Se dice que la conducta del senador de Podemos no es delictiva pero se le acusa de lo peor. Se le lincha públicamente por haber hecho algo que cualquier joven español sin recursos hubiera hecho: sacarse un dinero con la venta de un piso que no puede pagar. Y lo que es mucho peor y aún más barriobajero y repugnante: los periodistas que han lanzado la información han tratado de asociar la imputación del padre de Espinar, implicado en el caso de las tarjetas black, con la compra de la vivienda por parte del senador de Podemos, como si un hijo tuviera que pagar por los pecados de su padre. Una jugada no solo sucia, sino cruel para una persona que nada tiene que ver con los desmanes del PP, más bien todo lo contrario. En cualquier caso, la noticia daba, todo lo más, para una portada matutina en el blog amarillista OK Diario de Eduardo Inda. Pero que un periódico con la trayectoria gloriosa de defensa de los valores democráticos como ha sido El País caiga en estas prácticas y abusos de la profesión produce estupor y sonrojo. A los responsables de Prisa habría que recomendarles que desempolvaran los viejos manuales de estilo y volvieran a ofrecer a sus lectores periodismo de calidad, no bazofia política revestida de supuesta investigación seria. Aunque bien pensado, viendo quién dirige ese negocio –magnates más que periodistas, especuladores bursátiles más que reporteros–, quizá ya sea demasiado tarde.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

@Elkokoparrilla

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