Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 63, Opinión
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Domingo en la estación del Norte

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

@lidia_sanchis

Tiene la tarde el color mustio de los primeros días de frío y el cielo, de un tono azul casi gris, parece un gran mural vertical y plano, como un decorado. La estación está desierta. Tan sólo ella, con una pequeña maleta en la mano, espera.

A la hora convenida se encienden las luces, amarillas, de la estación del pueblo amarillo, y casi al mismo tiempo el tren asoma por la izquierda. La mujer sube en el último coche y se sienta en el último asiento. De siempre le ha gustado ese sitio y se molesta si lo encuentra ocupado.

Por la ventanilla observa cómo pasan los pueblos, cómo suben y bajan viajeros en cada estación y, después de una hora, cómo el tren se detiene en mitad de las vías, a pocos metros de la estación del Norte. Debajo del paso elevado de Giorgeta se fija en una mujer que habla por teléfono mientras se rasca nerviosamente detrás de la oreja. La acompaña una niña que no tendrá más de cuatro años. Están sentadas sobre un bloque de hormigón, restos de alguna construcción como los que salpican el paisaje de los alrededores de la capital. La mujer lleva el pelo estirado, recogido en una cola de caballo. Enciende un cigarrillo. Su hija, ajena al trasiego de la madre, come algo que desde el tren parece una natilla. Morena la adulta, rubia la niña. Extrañamente, sus figuras no desentonan en ese marco de ruinas y tierra baldía. Podría pensarse que son vecinas del barrio que han decidido bajar a merendar debajo del puente, ajenas a la curiosidad que puedan despertar, si es que despiertan alguna, entre los viajeros exhaustos que se acercan a Valencia a estas horas de la tarde violeta. Quizá no sean más que dos figuras habituales de los márgenes de las grandes ciudades, seres ocultos que cobran vida al atardecer. Si no fuera por la edad de una de las protagonistas, por la década en la que esto sucede e incluso el siglo, se diría que son grafiteras esperando la caída de la noche para estampar su firma en alguno de los muros cromáticamente saturados que rodean y aíslan la gran estación del Norte.

 El tren prosigue su marcha y entra, despacio, en la terminal. La viajera piensa que esa estación es una metáfora, que todos vivimos instalados en las metáforas y sólo ellas dan sentido a la existencia. La gran sala exuda tristeza: la tristeza de los que deambulan acarreando maletas, bultos, cosas. Un estudiante –que está segura que hace apenas un minuto tenía otra voz, más aguda, con un tono distinto al de ahora, que la sobresalta por su gravedad– habla con una amiga y la textura de su voz obliga a la mujer a darse la vuelta, a escudriñar con disimulo ya que hace un momento le había parecido que quien entraba en la sala de espera de la hermosa estación del Norte, por su aspecto, era un adolescente. Y ahora, al oírlo hablar, ha pensado que probablemente esté en los últimos años de carrera. ¿Tan jóvenes fueron también ellos, tan barbilampiños? La viajera piensa que la memoria es tan elástica como el tiempo.

Ahora, otra voz interrumpe sus pensamientos, una voz que parece surgir de las alturas y resuena, como un trueno, en la sala de espera. Avisa en varios idiomas de que su tren está a punto de llegar, que vaya preparándose, le dice, porque no habrá más oportunidades. Quién sabe cuándo volverá a pasar aquél que la conduzca a su destino, a un futuro luminoso en una tierra de la que mana leche y miel, un lugar en el que quizá nadie tenga que deambular acarreando bultos, tristezas, cosas y en el que, al llegar a puerto, pueda, por fin, descansar.

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L'Avi

@AviNinotaire

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