Luis Sánchez, Número 61, Opinión
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Voces del adiós

Por Luis Sánchez / Pintura de Rik Wouters

Luis Sánchez

       Luis Sánchez

Se desliza la plancha suavemente
sobre la camisa de Juan; pero
es Julián el que me mira
con descaro desde un rincón,
y la plancha empieza a ir sola
de un lado a otro de la carretera
mientras los árboles van confesando
sus secretos de rama en rama.
En cuestión de minutos, cae la tarde
hasta casi oscurecer, suena una canción
de ayer y el parte meteorológico
anuncia fuertes precipitaciones.
Se humedecen los recuerdos
bajo el cielo abierto de la habitación,
y es Julián quien abre el paraguas
para atravesar conmigo
la solitaria alameda;
pero su silueta se desvanece al instante
entre voces de desconocidos.
Poco después, escucho su agitada respiración
a escasos centímetros de mi espinazo.
Pero yo finjo no sentir nada,
no oír nada… ¡nada hay entre
ese hombre y yo!…, hasta que su firme
mano se posa en mi cadera
y, luego, apoya la barbilla
sobre mi hombro izquierdo,
y mi brazo derecho se queda inmóvil
para toda la vida, a no ser por
el vapor que, de golpe, suelta
la locomotora, a punto de descarrilar
entre las interminables rayas
de la camisa nueva del trabajo.
Y asoman unas gotas de rocío
sobre mi frente de perfil,
y su gruesa voz de ladrón de cuentos
me susurra a los labios del oído:
¡Te lo suplico, Ana, no te marches!
Y en los repliegues del adiós,
con la saliva entrecortada,
y los cabellos erizados
por las ondas, aparece otra Ana
más joven, y también, más alegre
que me señala el camino más corto
para salir de tan largo desencuentro.
Sí, oigo voces; pero no estoy loca,
es la radio la que habla,
y las imágenes que brotan de mí
no necesitan ninguna pantalla,
sólo un hombre valiente
que quiera vivirlas conmigo.

*****

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