Número 62, Opinión, Xavier Latorre
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¿Un cuento animalista?

Por Xavier Latorre / Ilustración: Borja Lössius

XAVIER LATORRE

Xavier Latorre

Mi celda era la número tres. Las puertas permanecían siempre abiertas para que pudiéramos salir afuera todas las veces que lo deseáramos. El patio estaba convenientemente vallado para que nadie de nosotros se diera a la fuga, para que no se nos antojara dar una vuelta de más por ahí, a nuestro aire, a lo loco. Una vez, sin embargo, se dejaron la cerca abierta y nos largamos con viento fresco a merodear por los alrededores. Enseguida, nuestros dueños, al percatarse del estropicio, montaron un dispositivo de captura. Subieron en sus autos, como si fueran coches patrullas, y fueron rastreando los alrededores del pueblo hasta pillarnos uno a uno y devolvernos a nuestro lugar de encierro. La aventura había durado solo un rato; pero la experiencia de sentirnos libres fue una maravilla, aún hoy la recordamos con algarabía.

Ser perro tiene sus ventajas, pero los inconvenientes son, seguramente, más de la cuenta, demasiados. Y los sufríamos en carne propia. Los incordios de ser la mascota de un ser humano en toda su crudeza no lo descubrimos hasta unos meses más tarde. Fue cuando se incorporó al grupo un pekinesa muy desenvuelta, que sabía lo que no estaba escrito del mundo animal. Era despabilada, irónica y sagaz. Lilu tenía don de gentes. Me explico: había pasado por muchas manos, había ido cambiando de amo muchas veces y ello le había permitido desarrollar un sexto sentido que el resto de la tropa canina de aquella finca teníamos atrofiado. Nos quitó la venda de los ojos. Sabía cómo se las gastaban con nosotros los humanos y por qué hacían ciertas cosas.

Los demás ni siquiera pensábamos. Nos bastaban los instintos más primarios. En otoño nos calentábamos bajo un sol tibio, medio oculto por la bruma matinal, recostados en una pequeña pared de piedra. Holgazaneábamos. Así nos pasábamos horas y horas. A veces nos dábamos una vuelta para estirar las patas un poco y beber agua. Y si molestaba la Sussy, una podenca arisca a la que nadie aguantaba su insolencia y su narcisismo, le arreábamos un par de mordiscos en el cuello para marcar territorio y conseguíamos que se estuviera tranquilita, y, sobre todo, que dejara de exhibirse desfilando de punta a punta por aquella gran jaula como si fuera miss Finca La Olmeda 2016. Daba tantas vueltas que parecía que estaba participando en un festival canino de esos en que los dueños te visten con un chalequito de lana y te llevan tan perfumado que casi no distingues los olores de los otros colegas de exposición. A esos les llaman presuntuosamente perros de pedigrí; algunos seres humanos sienten una fascinación tremenda por ellos y no los dejan en paz ni un solo momento. En cuanto llegan del trabajo se ponen el chándal y ale, a dar por saco, a callejear todo el rato, hasta la hora del telediario. Todo para que ellos intenten quitarse, infructuosamente, unos kilos de más de encima.

Muy a menudo, lo reconozco, los días se nos hacen demasiado largos, tediosos; las distracciones son escasas. Una de ellas es ver si Tomás, el jardinero, viene a su hora puntual y también comprobar si ha empinado el codo más que de costumbre. También disfrutábamos de contemplar a la asistenta ecuatoriana barrer la terraza moviendo rítmicamente el trasero para ver si ponía cachondo a Tomás. El jardinero debió perder el celo aquella misma madrugada tras una agria discusión son su mujer. “Otro día será”, pensó Jessica, cuando pasó a limpiar los cristales, ya dentro del caserón, mientras pensaba en su infancia en un poblado a orillas del Pacífico, cerca de Guayaquil. Allí, en su tierra, los perros vagabundeaban por la calles comiendo restos de comida. A nadie se le ocurría darles un complejo vitamínico, ni llevarles a revisiones veterinarias periódicas o a la peluquería. Eran perros nómadas, famélicos, que iban de un lado para otro, de paso por los sitios, con la mirada triste. Ellos deambulaban por las vías del tren porque intuían que los raíles comunicaban núcleos urbanos donde poder pescar algún mendrugo descuidado con el que aplacar su perenne hambre canina, como decían los hombres. Un perro ecuatoriano era de otra especie animal. No estaban adiestrados para hacer reverencias a sus amos, ellos eran salvajes. Se buscaban la vida como podían y no rehuían trifulcas de las que salían frecuentemente malheridos. De noche, les tocaba lamerse las desgracias, reclinados junto a la entrada de un vertedero descontrolado de las afueras.

Lilu revolucionó nuestra perrera. Había descifrado algunos códigos de la comunicación de los humanos y los traspuso a nuestros ladridos. Comenzamos a reconocer recuerdos de maltrato, a soportar desengaños, a convivir con remordimientos. Las lecciones de Lilu versaban sobre cómo engatusar a los humanos que tiraban de nuestras correas cuando nos llevaban de paseo. Se trataba de saber dónde les gustaba que defecáramos y cómo hacerle alguna gracia al que tiraba de nosotros para que se sintiera, en lo más hondo de su ser, todo un innato domador de fieras. Aquella lúcida pekinesa nos habló de la soledad de muchos de los que se agenciaban un animal doméstico, una mascota. Nos querían, decía, como a un hijo. Escucharle relatar algunas situaciones vividas por ella misma nos dio algo de pena. Sienten más ellos nuestra muerte, que nosotros su desaparición física. Ellos creen que somos como ellos, pero eso no es cierto. Al contrario, nosotros tenemos ciertos sentimientos atrofiados.

Paulatinamente, las charlas surtían efecto. La manada iba adquiriendo conciencia de su condición de bestia animal. Ya no nos sentíamos tan afortunados con nuestra ración de pienso insípido y repulsivo que saciaba lo justo nuestro apetito. Lilu nos adoctrinó y nos explicó que era posible romper el yugo que nos oprimía desde el principio de los tiempos. Nuestra relación con el hombre siempre era de dependencia y sumisión; eso debía acabarse, la perrita rebelde nos arengaba día y noche. Nuestros valores se desmoronaron. Nuestro apacible mundo, recluidos en aquella finca agrícola de personas ricas, se nos antojó, de repente, un aislamiento impropio e inmerecido que nos impedía conocer un mundo más grande y espacioso donde correr libremente a la nuestra sin tener que responder a absurdas órdenes dictadas en un inglés macarrónico por el finolis hijo pequeño de los dueños de aquella hacienda.

Lilu sabía del tráfico de perros de raza para hacer negocio con ellos, de la falsificación de papeles para otorgarle a un perro una estirpe de sangre azul y poder sablear a un caprichoso cliente en la tienda de animales de la esquina. Su periplo por varios hogares de distintas ciudades hacia que supiera retratar las costumbres de los hombres a la perfección. Según ella, las personas se rigen, aunque no lo sepan reconocer, por unos pocos tics repetitivos que les ofrecen algunas recompensas llamadas trabajo, casa o salario que les mantienen distraídos hasta su muerte.

Nuestro mesías particular nos puso en antecedentes de la explotación de nuestros congéneres en la caza, una afición en la que algunos perros se dejaban la piel y, ya fuera de temporada, incluso su vida. Les aleccionaban para ir tras el rastro de sus presas y transportarlas enteras, sujetadas por la boca, hasta el cazador de turno que mostraba más tarde todo ufano sus capturas en el bar. La recompensa por toda la dura jornada, compitiendo incluso con sus colegas perrunos de montería, era una palmadita en el costado antes de montarnos apretujados en un remolque tirado por un Land Rover. Nosotros habíamos oído algo de eso que llaman caza pero no de forma tan cruda y atroz como nos la describió Lilu aquella noche de finales de octubre en plena veda, que es cuando el drama se reproducía con mayor intensidad.

Aquella reflexión nos sublevó. A partir de ahí decidimos, por mayoría, que debíamos pirarnos de aquel lugar y vivir nuestra propia vida. Votamos la evasión. Para ello debíamos establecer un plan de fuga. Debíamos conseguir que Tomás nos abriera la cancela y luego salir de la finca por un agujero de la cerca que todavía no habían reparado y que yo mismo detecté en un paseo con mi dueño. La Sussy, tan exhibicionista como siempre, se ofreció a montar un numerito, a llamar la atención del jardinero. Vomitaría la comida y lanzaría aullidos de dolor, mientras nosotros ladraríamos con fuerza para reclamar la presencia de Tomás. El plan funcionaría, nos sentíamos fuertes y, sobre todo, unidos.

La víspera de nuestra partida Lilu nos habló de Laika, una perrita soviética que utilizaron de conejillo de indias para un experimento. La montaron en una nave, en un cohete, y la lanzaron al espacio exterior desde donde vio todo el mundo en pequeño, como realmente es desde esas alturas del firmamento. La perrita cosmonauta sigue dando vueltas a la órbita de la tierra y desde arriba nos protege a todos los perros del mundo, explicó Lilu, en un trance místico propicio para las despedidas y para dar el empujón definitivo a nuestra aventura hacia lo desconocido.

Al día siguiente, pusimos en marcha el plan A. El B no hizo falta, porque Tomás se prestó ingenuamente al engaño de la Sussy. Salimos de la jaula atropelladamente. Lilu se quedó. Dijo que ella distraería a los humanos y nos cubriría la retirada. Tomás salió a por nosotros escopeteado pero no nos pudo dar alcance. Jessica sonreía divertida desde el porche. Por la trampilla de la verja alcanzamos la libertad y nos escabullimos de aquella cárcel. Habíamos conquistado nuestro propio destino.

Yo conseguí desarrollar nuevas habilidades y aprendí incluso a escribir. Así a escondidas, y en mis ratos libres, os puedo ir contando esta historia. Nuestro final no fue el esperado. El pastor alemán, Lad, murió atropellado por un coche en plena carretera. Sussy fue atrapada muy excitada por los agentes del servicio municipal de la perrera y sacrificada inmediatamente mediante una inyección letal. A Chispa, el mastín del Pirineo, en una pelea salvaje unos perros callejeros lo dejaron malherido. Temeroso, se adentró en un bosque; allí murió, desnutrido y exhausto, bajo un alcornoque. A mí, por fortuna, me recogió un pastor que me trata con cariño y me habla a todas horas mientras cuidamos las ovejas. Cada vez le entiendo más; somos inseparables. El hombre me cae bien, no es para nada mi enemigo.

La Lilu, para sorpresa de todos, se rajó. Se quedó en la casa como la reina, la perrita más mimada de aquella urbanización. Todo le salió redondo. Llegaron nuevos perros inquilinos, pero ella siempre se erigió como la anfitriona, la  patrona, la reina del cotarro. Ella tenía acceso a la casa grande cuando le venía en gana y comía las mejores sobras de todos los banquetes dominicales. Todos los perros, en sus celdas, la seguían incondicionalmente. Su versión de nuestra fuga los tenía amedrentados. Por lo visto, Laika, nuestra diosa, no se había apiadado para nada de nosotros.

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