Opinión, Teatro, Vicente Marco
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Solo fueron siete hombres

Una comedia de Vicente Marco / Ilustración: Marian Bantjes

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JOSE CARLOS y LUCRECIA, ambos cuarentones y con aspecto de matrimonio con solera. Durante el tiempo que dura la obra, JOSE CARLOS estará todo el tiempo realizando tareas domésticas mientras LUCRECIA se pinta las uñas. Planchará. Tenderá. Barrerá.

Cuando entra el público LUCRECIA está sentada en una banqueta como de baño, con una toalla en la cabeza y un albornoz, limándose y pintándose las uñas. JOSE CARLOS que ha entrado con el público sale con la tabla de planchar que ha quedado al fondo.

LUCRECIA (Tajante.) —Bueeeeno. Ya está Juancar. Las cenas de trabajo son así, bebes y no sabes muy bien qué pasa…

JOSE CARLOS.—¿Me estás queriendo decir que fue un desliz sin importancia?

LUCRECIA.—Lo que quiero decir es que no hay que exagerar las cosas.

JOSE CARLOS.—¡Estuviste con ocho tíos en la cama! ¡A la vez! ¿Te parece que eso no es exagerar las cosas?

LUCRECIA.—No fueron ocho tíos. Te dije ocho personas que tú en seguida… Había siete hombres y una mujer.

JOSE CARLOS.—Joder.

LUCRECIA.—Estaba borracha, desinhibida… No es tan grave. La cena anterior Irene se acostó con once hombres y tres mujeres y no pasó nada.

JOSE CARLOS.—La cena anterior… Irene… ¡Once! Pero… pero qué, qué ¿qué os dan de cenar?

LUCRECIA.—Y Mateo no dijo nada.

JOSE CARLOS.—¡Porque es un calzonazos!

LUCRECIA.—Es una bellísima persona

JOSE CARLOS.—Una bellísima persona… un pánfilo.

LUCRECIA.—Y una máquina.

(Pausa.)

JOSE CARLOS.—Cómo que una máquina. Una máquina de qué.

LUCRECIA.—De qué… de qué va a ser.

JOSE CARLOS.—¿Y tú que sabes si es una máquina si su mujer necesita a once más, que podía montar un equipo de fútbol y… y empezar a pedir partido por ahí?

LUCRECIA.—Lo sé porque estuvo anoche en la cena.

JOSE CARLOS.—¿Me quieres decir que el pánfilo de Mateo fue uno de los siete que…?

LUCRECIA.—El mejor.

JOSE CARLOS.—Pero cómo ¡No me lo puedo creer! Si, si, si… ni siquiera trabaja en la empresa.

LUCRECIA.—Ahora pueden ir la parejas a las cenas.

JOSE CARLOS.—¡Para qué!

LUCRECIA.—Para qué, para qué, para qué va a ser, pues para eso. Se ha abierto mucho el abanico de participantes, las cenas empezaban a parecer rutinarias.

JOSE CARLOS.—Oyy. Rutinarias.

LUCRECIA.—Estas cenas son una ayuda para las parejas. Una terapia marital. Fíjate en Mateo. Irene siempre decía que era soso, torpe y ayer se salió.

JOSE CARLOS.—¿Me estás diciendo que yo soy soso y torpe?

LUCRECIA.—No. (Pausa.) No estoy diciendo eso. Pero  sí es verdad que te falta algo de práctica.

JOSE CARLOS.—¿Algo de práctica?

LUCRECIA.—Sí.

JOSE CARLOS.—Pero cómo no me va a faltar práctica si el día que no te duele la cabeza son los riñones o estás muy cansada o…

LUCRECIA.—Porque no me apetece porque te falta práctica.

JOSE CARLOS.—Joder, pero es un bucle es como… como… como el empleo de los jóvenes que les piden dos años de experiencia. Y como no tienen experiencia porque nos los cogen ni a tiros, pues… pues no los cogen.

LUCRECIA.—No los cogen… Anda que no los cogen. No tienes ni idea.  Claro que los cogen. La semana pasada se incorporaron a taller tres becarios y no imaginas cómo se portaron anoche. La experiencia que tienen.

JOSE CARLO.—No me refería a ese tipo de experiencia.

LUCRECIA.—¿Y a qué experiencia te referías?

JOSE CARLOS.—Experiencia laboral.

LUCRECIA.—Esto era una cena de trabajo y los becarios…

JOSE CARLOS (Suplicante, acercándose.) No me puedo creer lo que estoy oyendo. Qué te dieron anoche, Lucrecia, vienes tan cambiada, tan indiferente, tan…

LUCRECIA.—No fue solo anoche.

JOSE CARLOS.—Qué.

LUCRECIA.—No fue solo anoche. Llevo años…

JOSE CARLOS.—¿Años?

LUCRECIA.—Sí. Por ejemplo en la cena anterior con Irene, yo era una de las tres mujeres. ¡Hay que vivir, Jose Carlos! Se nos pasa el tiempo. Debemos enriquecernos para mejorar…

JOSE CARLOS.—¿Enriquecernos? ¿Enriquecernos? Pero si las Koplowitz a tu lado son dos mendigas. ¿Años? ¿Llevas años con unos y con… otras?

LUCRECIA.—Era beneficioso para la pareja.

JOSE CARLOS.—¿Para la pareja? ¿Para la pareja de quién?

LUCRECIA.—Para la nuestra.

JOSE CARLOS.—¿La nuestra? No puedo creérmelo.

LUCRECIA.—Sí porque si no, yo te habría dejado. No habría podido resistir. Una mujer necesita… Solo tengo cuarenta años. Estoy en la plenitud sexual, cuando las hormonas se alían para la gran revolución.

JOSE CARLOS.—Ohh… de qué estás hablando. Vas a volverme loco. ¿Por qué me lo has contado? ¿Por qué ahora? ¿Por qué no has seguido manteniendo el silencio? La ignorancia forja la felicidad. Cómo voy a ir por ahí, sabiendo… cómo…

LUCRECIA.—Te lo he dicho porque ayer hablamos y decidimos que sería interesante que participaras.

JOSE CARLOS (Mirándola. Estupefacto.) —¿Hablasteis? ¿Decidisteis? ¿Quiénes?

LUCRECIA.—En la empresa. Tuvimos una reunión.

JOSE CARLOS.—Qué.

LUCRECIA.—Expuse el problema…

JOSE CARLOS.—Qué problema.

LUCRECIA.—Tú ya sabes qué problema, no te hagas ahora… El problema de que entre nosotros apenas…

JOSE CARLOS.—Pero el problema no es ningún problema solo tienes que decir que sí cada vez que te lo pido.

LUCRECIA.—Ya, pero las cosas no son tan sencillas.

JOSE CARLOS.—¿No?

LUCRECIA.—De hecho la reunión se demoró cuatro horas.

JOSE CARLOS.—¿Cuatro horas hablando de que tú y yo no…?

LUCRECIA.—El señor Golizarriz opinaba, yo creo que con buen criterio, que una técnica adecuada puede suplir los centímetros que te faltan.

JOSE CARLOS.—¡Qué!

LUCRECIA.—El señor Golizarriz es psicólogo sexual.

JOSE CARLOS (Gritando.) —¡Me importa una mierda el señor Golizarriz! ¿Les has hablado del tamaño de mi…?

LUCRECIA (Señalando hacia el público.) —No grites. Van a escucharnos los vecinos. No querrás que se enteren también ellos de que…

JOSE CARLOS.—Les has hablado de…

LUCRECIA.—¿Y cómo pretendías que expusiera el problema sin hablar de tamaño?

JOSE CARLOS.—¿En la reunión? ¿Cuánta gente había en la reunión?

LUCRECIA.—La junta directiva solo. (Pausa.) Quince personas.

JOSE CARLOS.—¡Quince personas!

LUCRECIA.—Sí. Pero no tienes por qué avergonzarte.

JOSE CARLOS.—No. Claro. Es de puta madre. Voy a ir a recogerte con la cabeza bien alta. «Señores, señoras de la junta directiva, aquí me tienen, yo soy…». (Haciendo como que se abre una gabardina (yaaaa)

LUCRECIA.—Se trató el tema muy profesionalmente (Sacando un papel.) y al final por unanimidad se decidió que deberías venir a las cenas (Se levanta acude a un mueblecito o un perchero en el que hay una chaqueta, mete la mano en el bolsillo, saca un papel y se lo da.)

JOSE CARLOS.—Qué coño es esto.

LUCRECIA.—La solicitud.

JOSE CARLOS.—Qué solicitud.

LUCRECIA.—Tienes que firmar ahí y ahí. Y yo en la parte de detrás. Como garantía.

JOSE CARLOS.—¿Garantía de qué?

LUCRECIA.—De que no sufres desviaciones aberrantes.

JOSE CARLOS.—¿Desviaciones aberrantes yo? Te has… te has acostado con nueve, con once con…  ¿y yo he de firmar un papel para decir que no sufro desviaciones aberrantes?

LUCRECIA.—Hay determinadas prácticas que no se admiten en la organización.

JOSE CARLOS.—¿En serio? ¿Qué es lo que no se admite? No consigo imaginarlo.

LUCRECIA.—Pues… por ejemplo… (Pensando.) zoofilia con aves.

JOSE CARLOS (Con cara de asco.) —¿Zoo… filia con aves?

LUCRECIA.—Por la gripe.

JOSE CARLOS.—Buf.  Sabía que estabais locos, tanto curso, tanta motivación y tanta hostia, pero esto… esto ya me parece… (Leyendo el papel.) Y además, ¿he de aportar un certificado médico?

LUCRECIA.—Para que se aseguren de que no sufres ninguna enfermedad de transmisión sexual.

JOSE CARLOS.—¡Si solo, solo me acuesto contigo!

LUCRECIA.—¡Pero yo no!

JOSE CARLOS.—Joder. ¿Y tú aportaste el certificado?

LUCRECIA.—Soy empleada.

JOSE CARLOS.—¿Y eso qué más da?

LUCRECIA.—Los empleados no aportamos certificados. Es solo para los… autónomos.

JOSE CARLOS.—¡Yo no soy autónomo!

LUCRECIA.—No, claro, tú no eres nada. Vamos está bien de charla que si continuamos hablando vamos a llegar tarde a la cena.

JOSE CARLOS—Qué cena.

LUCRECIA.—La de esta noche. Tu debut y al mismo tiempo la despedida de González Martí-Jade. (Cantando.) Unos que llegan y otros que se van. Se jubila por fin y le han organizado una sorpresa.

JOSE CARLOS (Con gran tristeza.) —¿Vais a meter a González Martín-Jade en una de esas orgías con sus setenta y tantos años y más by pass que Madrid, Tokio, Munich y Barcelona juntos…?

LUCRECIA.—González Martín-Jade es uno de los asiduos en las cenas.

JOSE CARLOS.—¡Dios!

LUCRECIA.—¿Cómo piensas que salió de la depresión después de quedarse viudo? La junta decidió…

JOSE CARLOS.—¿Todo lo decide la junta?

LUCRECIA.—Para eso se junta.

JOSE CARLOS.—¿Las vidas personales?

LUCRECIA.—Sí. Y mira qué bien le ha ido a González Martín-Jade.  Ha rejuvenecido veinte años. Ha recuperado vigor, fuerza en… (Hace un gesto, como apretando los puños…)

JOSE CARLOS (La mira, sorprendido.) —¿Tú te has con Martín-Jade?

LUCRECIA.—Por supuesto.

JOSE CARLOS.—¿Y después me has besado y me has…?

LUCRECIA.—¡Sí!

JOSE CARLOS (Limpiándose.) —Joder, ¡qué asco!

LUCRECIA (Poniéndole la mano en el antebrazo.) —Escucha, déjate de ascos y ve a ducharte. Después te echas desodorante. No quiero que esta noche vayan a pensar…

JOSE CARLOS.—No voy a ir.

LUCRECIA.—Claro que vas a venir. Ya se ha votado.

JOSE CARLOS.—¡Pero si yo no pertenezco a la empresa!

LUCRECIA.—Yo sí. No querrás que vivamos de lo que tú ganas.

JOSE CARLOS.—Pero, pero ni que te fueran a tirar si no voy.

LUCRECIA.—Tú no sabes cómo están las cosas. Como para contravenir las decisiones del máximo órgano de gobierno.

JOSE CARLOS (Señalándose la entrepierna.) —Pero es que mi máximo órgano de gobierno no quiere ir.

LUCRECIA.—Mira. Ya está bien. He dado la cara por ti.

JOSE CARLOS.—¿La cara por mí? ¿La cara por mí? ¡Les has revelado a todos el tamaño de mi…!

LUCRECIA.—¡Y te parece poco? ¿Crees que eso no es dar la cara? Descararme delante de todo el mundo. Que me miren con esas caras de lástima, condescendientes, como diciendo… ¡pobre gilipollas! Y todo porque te quiero. (Pausa.) Quince cabezas piensan más que una. Y convinieron que la mejor terapia era que acudieras esta noche.

JOSE CARLOS.—Pero… qué… qué terapia. Yo no necesito ninguna terapia.

LUCRECIA.—Ellos pensaron que si consigues desinhibirte…

JOSE CARLOS.—¡Desinhibirme…! Lo que quieren es descojonarse. Eso. El señor Santamans. José Bellido. Hasta Martín-Jade. Quieren que vaya para reírse. Se lo pasarán bomba. «¡Mira! ¡Mira!, jajaja…».

LUCRECIA.—¿Te das cuenta como sí que necesitas terapia? Anda. Ve a ducharte. Que entre tontas y locas nos plantamos en la hora y sin arreglar. Te he dejado la espuma de afeitado encima de la pila.

JOSE CARLOS.—Ya me afeité esta mañana.

LUCRECIA.—Te has afeitado la barba.

JOSE CARLOS.—Claro. ¿Y qué quieres? No querrás que me afeite… (Pausa.) No. No. No. No me jodas. Solo faltaría eso…

LUCRECIA.—Allí todos van depilados. Hasta González Martín-Jade. No vamos a llenar el chalé de pelos.

JOSE CARLOS.—Qué chalé.

LUCRECIA.—El chalé de tus padres.

JOSE CARLOS.—¿El chalé de mis padres? Me estás queriendo decir que… ¿Estáis… montáis… todas esas… sin mi permiso, sin que…?

LUCRECIA.—Es el mejor sitio. Mira que le dimos vueltas en la Junta. Y al final, otro acierto. El salón amplio, los sofás tan grandes…

JOSE CARLOS.—Los sofás… Habéis… (Oliéndose la mano y como llorando.) He dormido allí miles de siestas.

LUCRECIA.—Los sofás solo eran para los preliminares. Antes de pasar a la cama.

JOSE CARLOS (Con miedo. Tras una pausa.) —A qué cama.

LUCRECIA (Como si fuera una obviedad.) —A la de matrimonio.

JOSE CARLOS.—¿Te has atrevido a profanar la cama de mis padres para esas orgías…? Si levantaran la cabeza… ellos… ¡ellos! Tan disciplinados, tan rectos… tan…

LUCRECIA.—Lo que pasa es que estás lleno de prejuicios. Tengo que someter eso en la próxima reunión. Esa manera de evitar la libertad.

JOSE CARLOS.—¿Libertad? ¿Libertad para retozar con las pelotas y los coños depilados en la habitación de mis padres después de los juegos amorosos en los sofás de skay que encima son de color crema donde se adhiere más la mierda y los olores y…?

LUCRECIA.—También hablaremos de tu fobia a la crema. Podemos aprovechar esta noche. Cuando salgas de la tarta.

JOSE CARLOS.—¿De qué tarta?

LUCRECIA.—De la tarta de crema de González Martín-Jade. ¿Te pensabas que lo íbamos a dejar sin tarta?

JOSE CARLOS.—No me preocupa la tarta de (con asco) crema. Me preocupa qué hago yo saliendo de su interior.

LUCRECIA.—Nada. Levantas la tapa y sales. Duchadito, depiladito… maullando.

JOSE CARLOS.—¿Maullando?

LUCRECIA.—A Martín-Jade le encantan los gatos.

JOSE CARLO.—¡Joder…!

LUCRECIA.—¿Y qué hacen los gatos?

JOSE CARLOS.—Miau.

LUCRECIA.—¿Y qué más?

JOSE CARLOS.—Arañan.

LUCRECIA.—¿Y qué más?

JOSE CARLOS.—¡No sé!

LUCRECIA.—¿No se te ocurre nada?

JOSE CARLOS.—¡No!

LUCRECIA.—¿No?

JOSE CARLOS.—Yo qué sé… Chupan.

LUCRECIA. (Le da un pescozón.) ¿Chupan? ¿Chupan? Pero, pero, pero… ¿No se te ha ocurrido algo más guarro? ¡Chupan! Siempre pensando en… ¡Van a cuatro patas!

JOSE CARLOS.—Qué.

LUCRECIA.—A cuatro patas.

JOSE CARLOS.—Qué estás insinuando.

LUCRECIA.—A ver, no estoy insinuando  nada. La Junta pensó que también para González Marín-Jade sería una honrosa despedida. Que también a él libraría de complejos.

JOSE CARLOS.—¿De qué complejos?

LUCRECIA.—Las mujeres le obsesionan, sin embargo no hay forma de que con los hombres…

JOSE CARLOS.—Uy, uy, uy…

LUCRECIA.—Debe abrir la mente para ser feliz. No puede crear círculos cerrados.  Así que por unanimidad se decidió que tú, todo depiladito, tan suave, tan cortito entre las piernas… A gatas…

(LUCRECIA le pasa el brazo por detrás de la espalda.)

JOSE CARLOS.—No puede ser.

LUCRECIA.—Cómo va a despreciar el regalo, todos jaleando, «que le dé, que le dé, que le dé…»  así se matan dos pájaros de un tiro.

JOSE CARLOS.—Y en el chalé de mis padres.

LUCRECIA.—Te sentirás como en casa.

JOSE CARLOS (Negando con la cabeza y a punto de llorar.) —Es horrible.

LUCRECIA.—Al principio puede parecerte horrible,

JOSE CARLOS.—¿Esto… esto es solo el principio?

LUCRECIA.—Ya verás como luego te gusta. Anda, ve a ducharte. No pretenderás que lleguemos tarde y me echen. Hoy en día hay que hacer lo que sea para preservar el puesto de trabajo. Lo que sea.

JOSE CARLOS (Llorando y marchándose) —Ohhhhhh. ¡Puta reforma laboral!

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Vicente Marco

 

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