Artsenal, Humor Gráfico, Número 61, Opinión, Xavier Latorre
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Sí, Bwana

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

XAVIER LATORRE

Xavier Latorre

El otro día, los miembros del Comité Federal del PSOE usurparon las funciones de los periodistas. Desde el móvil dictaban, directamente al plató de televisión o a la redacción, lo que sucedía allá dentro. Retransmitían, a coste cero para los medios de comunicación, la crisis de su partido minuto a minuto. Los periodistas solo ponían la cara, contaban el ajetreo de los curiosos a la puerta de Ferraz y relataban anécdotas banales. Al día siguiente, los periodistas de a pie volvieron a ser unos tipos nuevamente marginados: los políticos ocupaban sus butacas en las tertulias.

Hace poco se celebró el día de los periodistas. Una profesión devastada y en proceso creciente de desmantelamiento. Las empresas del sector lo pagan todo: el alquiler de la lanzadera, la mochila 4G, las cámaras de última generación, los cafés, los técnicos que enlazan la señal… ¿Todo? No, casi todo. El periodista queda excluido de esas relaciones mercantiles. Hay espacios televisivos de contenido informativo que echan mano de colegas prestados de medios locales, y no tan locales, que están apostados a la intemperie desde buena mañana para que les cuenten en directo lo que allí sucede. “¿Y tú para cuántos medios trabajas a la vez?” A cambio, su figura aparece rotulada con su nombre y con el del medio para el que trabajan de sol a sol. Gentileza de la casa. Y si es en el extranjero echan mano de un freelance que corre con los gastos de su propio bolsillo o de un inmigrante español afincado en el lugar dónde ha acaecido un atentado a lo bestia, un terremoto o un golpe de Estado. Como último recurso siempre quedará la llamada al embajador de turno para que nos haga de improvisado periodista en esas horas calientes y un catedrático de universidad que se presta a decir algunas obviedades.

Hay unas setenta fábricas que expiden títulos universitarios en comunicación y donde forman profesionales para engrosar la plantilla cada vez más numerosa de colegas en paro. Dentro de un mismo grupo mediático, un periodista, en un solo día, con contrato temporal, claro que sí, cuelga una previa en la página web, luego participa en un magazine de radio y finaliza con un aparatoso directo televisivo, con los pies sumergidos en un gran charco de agua, relatando unas inundaciones sorpresa en un pueblo costero del Mediterráneo. Los pobres curritos de la información no tienen tiempo ni para leer la prensa. Sus jornadas son interminables. Solo alcanzan a documentarse a toda prisa sobre la noticia que van a cubrir minutos después. Eso sin contar el tiempo que su jefe dedica a convencerle del sesgo ideológico que desea para congraciarse con el dueño de la cabecera. No sé, la verdad, qué conmemoramos con el día del periodista.

La burbuja periodística la han pagado casi en exclusiva sus trabajadores, que son los rehenes de una guerra en la que han ganado la batalla, como siempre, las entidades financieras y los fondos de inversión. Para obtener audiencia y ser rentables han prostituido el producto: hay telediarios que confunden un estreno cinematográfico con el cotilleo y la frivolidad, que no distinguen entre publicidad encubierta e información, que los desfiles de moda han subido a los altares de las parrillas o que encadenan los sucesos luctuosos para mejorar su share…

Todos pagamos religiosamente al zapatero, a la compañía de móvil, al dentista… Sin embargo, la industria más frágil, la más delicada para la salud mental de nuestros conciudadanos, la queremos gratis. La industria de la conciencia ciudadana se hace cada día que pasa con un menor rigor (a Trump ya le va bien). Al final, ya verán, nuestra sociedad lo pagará muy caro. Para tirar a Sánchez querían un riguroso directo; ahora, para pactar con Rajoy, querrán un fundido a negro. ¡Hay que aguantarse! Sí, bwana.

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Artsenal

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