Número 62, Opinión, Rosa Palo
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Morro fino

Por Rosa Palo

ESTHER-BAEZA-(ROSA-PALO)

@Ebaezan

Al ladito de mi casa hay un bar donde tienen 120 clases distintas de ginebra. O 130. O 150, yo qué sé, me da igual; yo soy de vodka (y de letras). Los parroquianos que van allí a abrevar (si no se les han quitado las ganas de beber después de estar media hora escuchando una disertación sobre las diferentes características organolépticas de cada ginebra), pueden disfrutar de un gintonic preparado con la misma precisión que si estuvieran desactivando una bomba atómica, no sea que se vaya a escapar algo de carbónico y se líe la III Guerra Mundial; servido con toda la huerta murciana dentro (lo cual es una ventaja, que te tomas dos copas y ya vuelves cenado a casa) y cobrado a un precio tan alto que podrías pagar el P.I.B. de Namibia sin despeinarte. La evolución era esto. Y el gintonismo. Y la tontuna.

¿Y la cerveza? Tomarse una caña es más difícil que aprobar una oposición a Notarías: hay tantos tipos de cervezas como artículos en el Código Civil. Y si no tienes bastante con elegir entre las artesanas, las del país, las conmemorativas, las vintage, las de mantequilla (¡cuánto daño has hecho, Harry Potter!), las de patata y las hechas con agua de mar, puedes comprarte un kit para preparar tu propia cerveza artesanal en casa, como si formaras parte de una familia endogámica que no ha salido en su vida del profundo Wisconsin. Por no hablar de los vinos, los whiskies, los vermús, los martinis, las aguas, los cócteles sólidos, los smoothies, los batidos detox, los cafés del Starbucks y la bebidas simbióticas (que no tengo ni idea de lo que son; deduzco que las que se soplaron los del Ejército Simbiótico de Liberación antes de secuestrar a Patty Hearst y convertirla en atracadora de bancos –con un look ideal de guerrillera con ametralladora al hombro, eso sí, que la Hearst era de buena familia y sabía que la delincuencia no estaba reñida con el glamour–). Si antes cualquier español llevaba un seleccionador de fútbol dentro, ahora lleva un sumiller. O un tonto del haba con el morro fino, que también.

Pero lo que verdaderamente me inquieta, me atormenta y me perturba es que ya hace tiempo que se escucha en los sanedrines del bebercio que el vodka con tónica es el nuevo gintonic. De verdad que no pego ojo: para una cosa que bebo, van y me la desgracian. Y, si no, al tiempo. Escrito lo dejo, a lo Martin Niemoller:

“Primero vinieron a buscar al gintonic y no dije nada porque yo no era de ginebra.
Luego vinieron por el whisky y no dije nada porque yo no era de whisky.
Luego vinieron por el vermú y no dije nada porque yo no era de vermú.
Luego vinieron por el vodka y, para entonces, me compré un AK- 47 y me lié a tiros”.

Luego, que no se quejen.

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