Lidia Sanchis, Número 61, Opinión
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Microrrelatos para leer en el tren

LIDIA SANCHIS buena

@lidia_sanchis

Por Lidia Sanchis

El pecado de la gula

Poco antes de que los domingos fueran amargos habían sido dulces, muy dulces, como las naranjas que nos traía el hombre escondidas en los bolsillos del pantalón. Cuando todo acababa las pelábamos con las manos y las comíamos a hurtadillas para no tener que compartirlas con los otros. El lunes, en la escuela, cuando mosén Julio no nos observaba, nos olíamos los dedos donde aún quedaban restos de un perfume acre y dulzón que nos perseguía como un rastro de vergüenza.

Poema después de comer

Uno se levanta por la mañana pensando en que alguien observa sus gestos. Se lava la cara concienzudamente porque siente que lleva unos ojos clavados en la nunca y, sin embargo, no son una amenaza sino un aliento vital. Uno escribe poemas como si deshojara margaritas o como si se desangrara un poco una tarde, un sábado cualquiera. Uno escribe para que alguien lea que ese grito helado por no tener, no tiene ni eco. Uno espera que un día, una tarde de sábado cualquiera, un resplandor ilumine, por fin, tanta belleza.

Amantes

El mensaje era claro, conciso, breve y letal: no insistas, decía.

Aun así la llamé.

–No me dejes–, lloré al teléfono. Sin ti mi vida no tiene sentido.

Su voz sonó como un cuchillo.

–Se acabó.

Hice un último esfuerzo por convencerla. Reviví nuestros encuentros con la excusa de llevar a los niños al cine y lo felices que fuimos aquel agosto que nos quedamos en Madrid. Gimoteé. La amenacé, desafiante, con que nadie le iba a dar tanto placer como yo. La llamé cobarde. Le supliqué que no me dejara.

Por fin escuché un sollozo.

–Te querré siempre, pero mi marido no puede vivir sin mí. Y el tuyo, tampoco.

Golpes

1.- Qué nos ha pasado

Sin saber por qué, le di un puñetazo. Observé su rostro desdibujado y sus ojos, pequeños sin maquillar,  que me miraron con más asombro que dolor. Del golpe se le abrió la bata: desnuda tenía una figura emborronada y pálida.  Ella abrió la boca para protestar. Pero la cerró enseguida porque comprendió que ya no había remedio.

2.- Los cuatro golpes

Sin saber por qué, le di un puñetazo. El primero, por todas las veces que me dijo que ese vestido me hacía gorda. El segundo, por aquel día que se entretuvo en el bar y se olvidó de recoger a los niños. El tercero, por no traer ni un euro a casa desde hacía tres años. El cuarto fue mortal de necesidad.

3.- La paciencia tiene un límite

Sin saber por qué, le di un puñetazo, aunque creo que fue por esa manía suya de escribir porqué, junto y con tilde. Hasta el momento le había perdonado todos los deslices de los que alardeaba incluso ante mis amigos. Pero no pude soportar más tanta arrogancia.

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