Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Juan Ramón Carneros, Número 61, Opinión
1 comentario

Los nuevos golpes de Estado

Por Gil Manuel Hernández Marti / Ilustración: Juan Ramón Carneros

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

Los golpes de Estado ya no son lo que eran. Tradicionalmente el golpe de Estado ha sido el medio habitual por el cual las oligarquías nacionales aseguraban su poder cuando veían que este se les podía escapar por vía democrática. Y eso que en una democracia convencional existen bastantes mecanismos para que tales oligarquías ejerzan su dominio sin demasiados problemas. La historia contemporánea –América Latina y África son ejemplos paradigmáticos– muestra la recurrencia del golpe de Estado, más o menos cruento. La ventaja del mismo es que permite eliminar rápida y físicamente a los adversarios políticos, amedrentando a la población  –censura, vigilancia, represión, torturas, encarcelamientos masivos, ejecuciones secretas–, estableciendo un marco de poder omnímodo sin ningún tipo de control, de modo que la división de poderes pasa a ser una quimera y la dictadura resultante funciona como una apisonadora incontestable durante largo tiempo.

Pero el golpe de Estado clásico también presenta molestos inconvenientes para sus instigadores. De entrada, es muy posible que tope con resistencia popular o de grupos opositores y haya que recurrir a la fuerza para sofocarla, lo cual da lugar a un segundo y mayor riesgo: que se desencadene una guerra civil que nunca se sabe cuánto va a durar y el daño que va a causar. Otras desventajas posibles son el aislamiento de los golpistas por parte de la “comunidad internacional”, la aparición de grupos armados o el tener que desarrollar una policía política apabullante, con los gastos y tensiones que ello genera. Aún así, si los resultados finales compensan, los ejecutores del golpe y los grupos sociales que los financian siempre pensarán que, después de todo, la masacre valió la pena. El reciente caso del autogolpe de Erdogan en Turquía lo prueba.

Los golpes de Estado se siguen sucediendo en la periferia empobrecida del mundo, pero las ansias omnívoras del capitalismo global requieren cambios políticos en su mismo centro occidental, que el sistema democrático dificulta. Esta es, quizás, una de las más sangrantes contradicciones del capitalismo actual, pues este necesita a la democracia para legitimarse políticamente, pero un “exceso” de aquella lo frena y por ello precisa “flexibilizar”o diluir los niveles democráticos sin tener que aparecer como el poder brutal, amoral y atroz que en realidad es. En Occidente el neoliberalismo rampante ha encontrado una solución mucho mejor que el típico y burdo golpe de Estado: el Estado de golpe. Se trata de un refinado instrumento cuya comprobada eficacia tecnocrática en los últimos tiempos ha hecho afirmar al sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos que “la democracia en Europa está suspendida y derrotada por el capitalismo”.

El Estado (y estado) de golpe, al que también se puede llamar “totalitarismo invertido”, como hace Sheldon Wolin, consiste en que, al tiempo que se mantienen las formalidades de la democracia parlamentaria, se va asestando un golpe tras otro a la esencia misma de la democracia clásica con la excusa de superar una crisis. Incluso en nombre del mantenimiento de la misma democracia, no contra ella, de abí lo de “totalitarismo invertido”. Se puede comenzar poco a poco e ir después acelerando, que es lo que a la postre está sucediendo. A diferencia de los “viejos tiempos” ya no hace falta sacar los tanques a la calle ni nombrar una antiestética junta militar, pues los propios políticos “demócratas”, guiados por un “sentido de la responsabilidad de Estado”, y en sede parlamentaria, van tramitando con los votos que los avalan diversas iniciativas destinadas a minar el juego democrático, a aumentar el control estatal, a beneficiar a las elites extractivas, a reprimir las actividades resistentes, a vaciar de sentido el Estado de derecho en nombre del mismo, reforzando así el “derecho de Estado”, puntal último de la acumulación capitalista, especialmente en tiempos de crisis. Curioso panorama: los capitalistas neoliberales reclaman que el Estado ha de ser “mínimo” pero a la hora de la verdad, es decir, a la hora de privatizar, reprimir, y controlar, lo quieren “máximo” para así preservar sus privilegios de clase. Y así, golpe tras golpe, decreto tras decreto, con luz y taquígrafos, se va consolidando un estado de cosas donde las “cosas” del Estado liberal se transmutan en su contrario y donde la libertad, la justicia y la equidad se escurren por las alcantarillas de las “necesidades” de los mercados.

Y en todo caso siempre queda el recurso de los golpes que apenas lo parecen, como cambiar la Constitución en tres días por una vía de urgencia porque circunstancias “extraordinarias” lo reclaman (la “tranquilidad” de los mercados o el objetivos de déficit, por ejemplo), dinamitar la ejecutiva de un partido decisivo en la gobernabilidad para que este acabe votando lo que quiere el establishment, la guerra sucia y subterránea de falsos informes policiales contra los que pretenden hacer avanzar la democracia, o mil procedimientos legales o pseudolegales para que, al final, ganen los de siempre pero, eso sí, aplicando estrictos criterios tecnocráticos revestidos de legitimidad democrática.

Los honrados y a menudo incautos ciudadanos van sufriendo, entre tanto, los sucesivos golpes dictados por honorables parlamentos, hasta que un día salen a la calle y, de repente, el paisaje que contemplan les resulta tan desolador, violento y sórdido como si la noche anterior las divisiones acorazadas de los golpistas de turno hubieran arrasado cualquier vestigio de democracia. Y muy probablemente en ese aterrador momento muchos de estos ciudadanos se pregunten por qué no hicieron nada por parar cada hachazo a tiempo; por qué pensaron que no había nada que hacer y que era mejor no “significarse”; por qué siguieron votando a esos trajeados golpistas a plazos; por qué eludieron sus responsabilidades ciudadanas; por qué no se dieron cuenta de que cargaban cada vez con más cadenas y perdían dignidad a chorros. Y es posible que entonces algunos de esos atribulados ciudadanos, y decimos “algunos” porque la consciencia despierta no es una cualidad que abunde demasiado, bajen la mirada y adviertan con pesar que todo comenzó con la falta de respeto por ellos mismos, con la estúpida renuncia a sus derechos, con la negación de los mejores valores y sus más fructíferas potencialidades. Quizás entonces descubran, arrepentidos, que cuando los golpes iban cayendo sobre todos, ellos no movieron un dedo y tan solo se encogieron de hombros o votaron lo más cómodo. Porque la democracia se gana cada día y cada hora, se gana con las ideas y los hechos, pero se pierde si abandonamos y no sabemos ver los golpes que los malvados preparan gracias a sus privilegios de clase.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

JUAN RAMON CARNEROS

Juan Ramón Carneros

1 Kommentare

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *