Adrián Durante, Internacional
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La paz en Colombia pide una segunda oportunidad

La guerra entre las FARC y el ejército colombiano se ha cobrado más de 260.000 muertos.

Por Adrián Durante / Foto: Reuters. Viernes, 28 de octubre de 2016

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El sueño de paz de los colombianos ha quedado en el limbo tras el resultado del plebiscito celebrado el pasado 2 de octubre, en el que la mayoría del electorado dijo “no” a lo pactado por el  Gobierno con las FARC, el grupo guerrillero de extrema izquierda. Los departamentos más azotados por la violencia votaron por el sí, pero no fue suficiente para refrendar los acuerdos de paz de La Habana. Timochenko, líder de la guerrilla, aseguró en Caracol Radio, momentos después de que se conocieran los primeros resultados, que “las FARC-EP mantienen su voluntad de paz y reiteran su disposición a usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”. Sin embargo, un mes después del plebiscito todo son incertidumbres y conjeturas sobre qué pasará con un conflicto que estalló hace 50 años y que se ha cobrado ya más de 260.000 muertos, decenas de miles de desaparecidos, casi siete millones de desplazados, violaciones, secuestros e incontables tragedias personales.

El triunfo del “no”, con 6.431.376 votos, equivalentes al 50,21% del electorado, no pudo ser más inesperado porque todas las encuestas sin excepción vaticinaban la victoria del “sí”, que acabó con 6.377.482 sufragios, el 49,78 % de las 12.808.858 papeletas válidas emitidas en una jornada destinada a ser histórica y en la que la abstención fue del 62,57 %.

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, aseguró que el alto el fuego con las FARC, en vigor desde el pasado 29 de agosto, se mantendrá hasta el 31 de octubre a la espera de los consensos que se puedan alcanzar en el país tras el triunfo del “no”. Estamos pues a pocos días para que expire el plazo.

La decisión de abandonar la lucha, tomada en la Décima Conferencia Nacional Guerrillera, no deja de ser trascendental porque implica el adiós a las armas de un grupo que llegó a tener más de 20.000 combatientes en su mejor momento, en el año 2002. Entonces las FARC eran una fuerza temible que había aprovechado los diálogos de paz con el presidente Andrés Pastrana (1998-2002) para fortalecerse a partir de la zona desmilitarizada de 42.000 kilómetros cuadrados que el Gobierno había creado entre los departamentos del Caquetá y Meta.

Según fuentes militares, la lucha sin cuartel de las Fuerzas Armadas contra las FARC a partir de ese año, principalmente durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe (2002-2010) redujo a cerca de 7.000 el número de combatientes de la guerrilla, que cuenta con un número similar de milicianos en tareas de apoyo. Los hombres en armas de las FARC están distribuidos actualmente en siete bloques formados por 54 frentes y 12 columnas móviles, una de las cuales, la Teófilo Forero, es una especie de fuerza de élite a la que se atribuyen algunos de los más brutales ataques cometidos en el sur del país contra civiles, policías y militares.

Sea como fuere, la guerra ha desangrado el país. Tras el fracaso del no, cabría la posibilidad de que las FARC decidieran regresar a los montes en guerra, aunque esta hipótesis parece cada vez más lejana. Mientras tanto, los dos ejércitos tratan de curar sus heridas, unas heridas que tardarán décadas en cerrarse. “Fui guerrillero, es cierto, uno se equivoca en la vida. Cuando llegué a la guerrilla me di cuenta de que eso era muy duro: ellos advierten de que si uno se mete debe quedarse hasta la muerte”, asegura Pablo, un combatiente de la guerrilla de las FARC. A los 13 años, ingresó en la organización con otros siete amigos con los que estudiaba en una escuela de primaria. Fue en 1997, y desde entonces la guerra y la selva ha sido lo único que ha conocido. De sus compañeros, nunca más tuvo noticias.

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A los 8 años, Julieth fue reclutada por las FARC. Le dieron un palo a modo de arma y empezó a entrenarse con él como si fuera un fusil. No tenía fuerza para llevar un AK-47, pero sus jefes querían que se acostumbrara a la guerra y al olor a pólvora. Una noche, por una vereda en Boyacá, pasaron 20 guerrilleros llevándose a los niños. Escogieron a su hermano menor, pero como él sufría de epilepsia Julieth ocupó su lugar en la fila. “En total se llevaron a siete niños de por allí. Nos ponían a ‘ranchar’, en la guardia, íbamos a combate. No podíamos irnos porque nos amenazaban con la muerte. Hacíamos prácticamente lo de un adulto, no nos dejaban ni jugar”, dice la joven, que sólo pudo salir de la guerrilla a los 17 años. “Uno vivía con esa certeza de que la muerte iba a llegar en cualquier momento. Decidí quitarme la vida, pero fallé tres veces”, se lamenta.

Leonardo trabajaba como reclutador para las FARC: “Un domingo, recuerdo, llevé 11 ‘pelaos’ que se querían unir al frente. El mayor tenía 16 años y el resto eran más jóvenes. Pero en promedio llevábamos tres o cuatro reclutas al día”, sostiene. Hoy está hastiado de la guerra: “Vi que la lucha armada no es el camino para llegar al poder. Lo que la guerrilla y los paramilitares han hecho es crear ejércitos de niños y eso no está bien. Ahora lucho contra el reclutamiento de niños, no solo para los grupos armados ilegales, sino para las bandas criminales y el sicariato”, añade.

Los rumores de crímenes contra la humanidad y violaciones entre las fuerzas de las FARC han sido incesantes en los últimos años de existencia de esta guerrilla revolucionaria. “Categóricamente afirmamos que en las filas de las FARC no hay espacio para la violencia contra las mujeres”, aseguró la organización en un comunicado mientras los mandos negociaban el cese de la violencia en La Habana. Sin embargo, la Fiscalía ha recopilado testimonios de mujeres que pasaron por ese calvario. Flor, una de las supuestas abusadas, asegura: “Mi esposo era el comandante de la estación de Policía del pueblo. Un día, mi hija y yo fuimos de vacaciones a un municipio cercano. No había pasado una hora cuando el bus se detuvo, se subieron unos hombres con uniformes camuflados y empezaron a gritarnos que sacáramos nuestra identificación, que ellos eran de las FARC. A mí me quitaron el bolso, porque de los nervios no encontraba la cédula, y me vieron el carné de la Policía. En ese momento, a mi hija y a mí nos hicieron bajar, y nos llevaron por una trocha”, explica. “Llegamos a un lugar donde había más hombres de ese grupo y nos tiraron al suelo diciendo que nosotras éramos familia de los ‘sapos’. Uno de ellos me empezó a desnudar, mientras yo les gritaba que a mi hija no le hicieran daño, pero no me hicieron caso. Nos violaron y nos golpearon para que no gritáramos más. Les rogué que nos dejaran ir y caminamos lo más rápido que pudimos hacia la carretera”, afirma.

Camila también recuerda su amarga experiencia: “Yo viajaba hacia Cúcuta, cuando a la salida del pueblo se subió al bus un hombre del frente 33 de las FARC, que estaba fuertemente armado. Él pregunto quién era la vieja que había salido en la prensa relatando un ataque que ellos habían cometido días atrás. Alguien dijo, señalándome: es esa que está ahí. Enseguida el guerrillero me bajó, me tiró al rastrojo, empezó a quitarme la ropa y abusó de mí. Yo le gritaba que me dejara quieta, pero me dijo que si no me callaba, me mataba. Después de violarme, me dejó tirada y golpeada. Esperé hasta que pasó un señor en un carro y me dijo que me llevaba al pueblo”.

En la zona de San Vicente del Caguán, que forma parte de la inmensa sabana de los Llanos del Yarí, las FARC concluyeron su última conferencia como grupo armado, en la cual aprobaron “en su totalidad” el acuerdo de fin del conflicto negociado en La Habana y firmado en Cartagena de Indias el pasado 26 de septiembre. “Por tal razón, hemos decidido surtir todos los preparativos necesarios para el tránsito de nuestra estructura político-militar hacia un nuevo partido político cuyo congreso fundacional se llevará a cabo a más tardar en mayo de 2017, si se implementan los acuerdos, tal y como está convenido”, señala la declaración final de la conferencia. Aunque el desarme ha comenzado, nadie sabe a ciencia cierta cuál es el arsenal oculto del movimiento guerrillero.

El analista Rafael Silva, profesor de la Universidad Icesi de Cali, explicó a Efe que el acuerdo para que las FARC dejen las armas “no es el mejor en términos de los estándares que algunos desearían, por ejemplo la oposición, pero en términos realistas es el que mejor cabe dentro de las condiciones actuales del país, fundamentalmente para terminar un conflicto armado de más de 50 años”.

El paso de la lucha armada a la política será un proceso largo porque al día siguiente de la firma de la paz comenzó a contar el periodo de 180 días para la entrega de armas y el desplazamiento de los guerrilleros a las zonas de reunión acordadas con el Gobierno.

En guerra desde 1964

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo o FARC-EP es un grupo guerrillero que se autoproclama marxista-leninista. Son consideradas un grupo terrorista tanto en Colombia como a nivel internacional. Las FARC operan en Colombia y en la zona fronteriza con Venezuela. Participan en el conflicto armado colombiano desde su conformación oficial en 1964 y eran dirigidas por un secretariado de siete miembros que estuvo bajo el comando de Pedro Antonio Marín, conocido por los alias de Manuel Marulanda Vélez o Tirofijo hasta su fallecimiento en marzo de 2008 por causas naturales. Desde entonces, su líder en jefe fue Guillermo León Sáenz, alias Alfonso Cano, hasta que fue abatido por el Ejército de Colombia el día 4 de noviembre de 2011 gracias a la contraofensiva declarada por el entonces presidente de colombia Álvaro Uribe. El 15 de noviembre la organización confirmó por medio de un comunicado que su nuevo comandante en jefe era Rodrigo Londoño Echeverri, alias Timochenko o Timoleón Jiménez, quien los dirigió hasta el 26 de septiembre de 2016, día de la firma de los Acuerdos de La Habana que espera terminar el conflicto de esta guerrilla con el Estado colombiano. El plebiscito que se celebró en todo el país el 2 de octubre, que les hubiera brindado garantías para abandonar de manera definitiva la lucha insurgente y convertirse en un movimiento político, cuyo nombre no fue definido, dio una ajustada victoria del “no”. De esta manera, los colombianos, quizá resentidos por tantos años de sangre y violencia, cerraban el paso a los acuerdos de la Habana. Habrá que esperar pues hasta ver si la paz tiene una oportunidad en Colombia.

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