Javier Montón, Número 61, Opinión
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La fiesta

Por Javier Montón

Javier Montón

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“Si ta pillao la vaca, jódete, ¡jódete!”; “alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual”, y otros tantos éxitos populares. Banda sonora de un pueblo cualquiera en plena celebración de sus fiestas patronales. Qué orgullosa se sentirá la virgen cuando escuche salir de las inmaculadas bocas de la alegre muchachada aún adolescente chucherías como “ese a mí me chupa los huevos y me la mama de pie”, “hijo de puta, maricón de mierda”, “lesbiana asquerosa”… disparadas a ritmo de Kalashnikov en Sarajevo 94. Madrugadas que comienzan a las cuatro de la tarde al compás del infecto reggaetón y concluyen cuando el sueño no aguanta más y baja la persiana. Peñas abiertas con música atronadora hasta las dos de la mañana entre semana y hasta las cinco los viernes y sábados, ordenanza municipal mediante. Al excelentísimo ayuntamiento le da lo mismo si los peñistas tienen 50 años que 13: los señores concejales no discriminan porque la fiesta es la fiesta y Dios en la de todos. Si tienes la suerte de trabajar, vete a vivir a otro pueblo; si estás sin empleo y no te gusta convertirte en un acémila y sumarte al aquelarre, menudo amargado, deja que disfruten los demás.

El centro de los actos populares consiste básicamente en putear a un toro en un recinto vallado haciéndole correr de aquí para allá y, ya de noche, atarle unas bolas de fuego encima de los cuernos mientras decenas de aspirantes a toreros, aunque menos diestros que los maestros, aprovechan sus minutos de fama para ponerse gallitos delante del horrorizado animal marcando paquete y haciendo recortes, que así se le llama al milenario arte de burlar al astado. Como Messi en plena forma regateando a un central barrigudo de regional; una diferencia tan abismal como la que va del sentido común al comportamiento de unos chavales que jamás habrán escuchado de boca de sus profesores ese vocabulario tabernario, teniendo a mano para tomar apuntes el espejo de sus padres, amantes de la fiesta también.

No todo es música pregrabada, también la hay en directo. A falta de tuna, buena es la charanga, esa suerte de miniorquesta de frenopático que hace como que toca y escupe letras sonrojantes a través de un megáfono mientras sus miembros, ya talluditos, recorren las calles con el único objetivo de molestar. Si su pagador –porque esto los artistas lo hacen cobrando– decide que el mejor día para tocar es un martes cualquiera a las tres de la tarde, no hay nada más que hablar. Porque esa es la razón de ser de la fiesta en este país: hacer ver que te lo estás pasando estupendamente, berrear más que el vecino, elevar el tono de la voz hasta quedar afónico. La cultura de la apariencia dejando la apariencia y quitando la cultura.

Dos elecciones generales después, y con la tercera llamando a la puerta, y este país sigue sin gobierno. ¿Por qué vamos a exigirles a los partidos que se pongan de acuerdo si en un ignoto pueblo de 4.000 habitantes la convivencia es imposible, aunque sea durante diez días al año? España se está yendo por el desagüe, arruinada pero contenta. Sin educación pero con siesta. Con sol y playas aunque falte trabajo. Haciendo bandera de la cerveza y la tapita aunque algunos no tengan ningún sustento. Y echándole la culpa a Alemania, a la Unión Europea, a los maestros, al mal tiempo o al árbitro. Como es norma, como siempre. Por los siglos de los siglos, amén.

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