Humor Gráfico, Igepzio, Jose Antequera, Número 62, Opinión
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La demogracia

Por José Antequera / Viñeta: Igepzio

José Antequera

@jantequera8

Transcurre el previsible debate de investidura de Mariano Rajoy entre bromas, chanzas, chascarrillos, chuflas y pitorreos varios de sus señorías, mayormente entre el presidente en funciones y Pablo Iglesias, que ya ejerce de líder de la oposición, también en funciones. Parece que hay feeling, se caen bien y hasta se hacen ojitos desde la tribuna. Tanto espectáculo de vodevil viene a demostrar que hemos pasado, sin duda, de la era de la democracia a la era de la demogracia. El poder para el más gracioso. El gobierno de los cómicos. Es una nueva fase en nuestra evolución histórica, por ponernos en términos hegelianos. Ni mejor ni peor, solo una nueva fase. Aquí el triunfo parlamentario se lo lleva el que dice el chiste más ocurrente, la guasa más oportuna, la gracia más graciosa, de ahí el término. La demogracia consiste en trasladar el lenguaje ingenioso y divertido de los 140 caracteres de Twitter, gran taberna del mundo, al hemiciclo, que es donde todos compiten por ser el más chisposo. Aquí de lo que se trata no es de ir al Congreso a hablar de las pensiones, que se agotan, ni de las prestaciones por desempleo, que ya no quedan, ni del problema catalán, que se ha evaporado como la honradez de los Pujol. Aquí se trata de decir la gansada más jocosa que “lo pete en las redes sociales”, por utilizar una jerga community manager, que es lo que se lleva hoy. Y en ese terreno, el del humor, Rajoy tiene todas las de ganar. Domina el género, tiene retranca, se siente a gusto. Es una prima donna. Por eso salió airoso del momento crucial del debate: cuando Iglesias le dijo aquello de que con Twitter no se aclara usted pero con los SMS (en alusión al famoso “Luis sé fuerte” que le envió a Bárcenas aquel día de infausto recuerdo) se maneja “de maravilla”. El presidente, lejos de sonrojarse y venirse abajo (para sentir vergüenza torera hay que tenerla y el presidente hace tiempo que se la fue dejando por el camino sembrado de escándalos) reaccionó con cintura y contraatacó con otra ocurrencia: “En Twitter voy mejorando y con los SMS me manejé peor, pero ahora también voy mejorando”. Es decir, Rajoy en estado puro. También quiso pillarlo, en vano, el portavoz del PNV, Aitor Esteban, cuando le soltó aquel soneto quevedesco: “Si bien me quieres Mariano, da menos leña y más grano”. A lo que el gallego reaccionó con otro ripio que pasará a los anales del parlamentarismo cómico patrio: “Si quieres grano, Aitor, te dejo mi tractor”.

Son ejemplos claros y rotundos de que en el terreno del humor (un humor clásico, decimonónico y hasta algo rancio y demodé si se quiere, pero humor a fin de cuentas) Rajoy es el mejor showman del momento. Ha hecho de sí mismo una caricatura que funciona, un personaje, un actor berlanguiano forjado en la escuela del chiste fácil, cuando no en el cinismo. Y ahí no tiene rival. El humor es una cosa muy seria, ya lo decía Churchill, y meterse a humorista sin la destreza suficiente puede llevarle a uno al desastre. Pero Rajoy domina el medio, no como otros emergentes todavía novatos, y por eso salió vivo de la primera sesión del debate de investidura, por eso se fue pasando por la piedra, uno tras otro, a todos aquellos adversarios que fueron subiendo al estrado a competir con él en cuchufletas y chirigotas. Estuvo tan fresco y cómodo en la tribuna de oradores, estuvo tan a gustito entre payasadas y chacotas, que nos olvidamos de lo más serio y grave: que ese mismo día desfilaban por la Audiencia Nacional los Correas, Crespos, bigotes y barbas del PP, esos fulanos del landismo financiero y económico que han llevado a la ruina al país. De Rajoy se han hecho muchas loas estos días, como que es un superviviente nato, un maestro del “quien resiste gana”, un tío suertudo con una flor en el trasero que lo saca de las situaciones más comprometidas. Vaya usted a saber, que diría el propio Rajoy. Sin embargo, uno no ve tanto mérito en el presidente, uno ve más bien a un hombre terco que se tenía que haber ido a su casa hace mucho tiempo y que le está echando morramen para seguir cuatro años más en el poder. Rajoy se agarra a lo único que sabe hacer, un humor castizo de Restauración borbónica, una cosa de Casino burgués entre Mihura y Tip que aún parece funcionarle. Rajoy no hace política, Rajoy hace humor, que no deja de ser un mecanismo de adaptación a un medio hostil, como diría Freud, una herramienta con la que trata de evadirse y de evadirnos a los demás de los problemas reales, como que la UCO registra la sede de su partido día sí, día también.

Hallazgos humorísticos aparte, la primera sesión de investidura confirmó lo que todos ya sabíamos: la extrema crueldad de los susanistas que arrojaron a la hoguera a Hernando, escudero sanchista converso al abstencionismo, para que terminara quemándose mientras él, a gritos entre las llamas, se afanaba por tratar de convencernos de que quería decir “sí” cuando dijo “no”. Por cierto, demoledora la simbólica imagen de los de la gestora del PSOE relegados a la última tribuna de invitados. Y es que la izquierda, tan dividida y fragmentada, ya va de invitada al Parlamento, solo por darle ambiente, por darle un toque pintoresco de color. El debate ha servido para poner focos y tablas a la debacle socialista y para poco más: como mucho para confirmar, por si no lo sabíamos ya, que España sigue siendo el cortijo de la derecha (y lo seguirá siendo en los próximos lustros); que Pablo Iglesias es un gran especialista en mítines y platós televisivos pero se pierde en retóricas literarias, citas históricas y una violencia gratuita, como en el peor espagueti western, cuando sube a la tribuna; que Rivera se diluye como un azucarillo conforme va pasando el tiempo (ahora ya hasta pierde las formas de chico educado y escupe tacos desde su escaño como un vulgar lumpen); y que sigue siendo todo un misterio que tipos mediocres como Rafa Hernando, tan exultantes como insultantes, puedan medrar y prosperar en este país surrealista que aún se llama España. Y así, entre chiste y chiste que maldita la gracia, es como esta misma tarde –cautivo y desarmado el Ejército rojo, o sea, lo que queda de ese PSOE en quiebra que se abraza a la abstención como a un clavo ardiendo más ese Podemos que quiere pero no puede–, el presidente de la España más pobre y corrupta que recuerda nuestra historia reciente volverá a ser investido. Una gran ironía del destino. Una broma macabra. Aunque bien mirado, como dijo Chaplin, todo es un chiste.

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Igepzio

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