Francisco Saura, Número 61, Opinión
Deje un comentario

Haren begiak

Por Francisco Saura

Francisco Saura

Francisco Saura

Lan egun bat, azken orduak, bagoia erdi hutsik doa.

Haren begiak, ezer gehiago ez balego, Ni ixilik, berari begira.

 Hor kanpoan, denda argiztatuak. Erdialdetik auzo trenean noa

Ruper Ordorika (*)

Se desvanecen las cosas, las hojas, su caída, las olas del mar, las ondas de los estanques, tal vez las palabras que algunas vez pronunciaste mientras contemplabas el paso de las nubes y reías hasta desvanecerte en mi luz (si alguna vez la tuve y te sirvió para vislumbrar la simiente del futuro). Tenues imágenes, vaporosas miradas que nos guiaban a través de los cañaverales hasta hallar ese riachuelo envuelto en piel. La tuya y la mía en medio de un palacio de estrellas y ventanas de aire. ¿Lo recuerdas?: desnudos, tus ojos, solo tus ojos y el mundo que giraba como una noria alrededor de tu sexo. Eso fue…¿cuándo fue?. Ahora solo recuerdo la luz al final del túnel, y el beso y el relámpago bajo la lluvia.

Es terrible pensar en un siglo muerto, helado, como una casa vacía de dos plantas y una guardilla. Los fantasmas arrastrando su historia de cadenas, mezquindad y olvido. El perro junto al fuego, una niña tarareando una canción y soñando con hadas, y glaciares, y bosques de hayas y calveros en los que pastan los sueños, y más cerca aún, en los húmedos besos de una estrella, el gemido de la noche en celo y orgasmos fluorescentes en lo alto del maizal todavía verde. Es la luz que nos acompaña en esas noches de luna nueva, abandonados en un largo y hondo vacío.

Es la luz que fluye por nuestro interior.

Al final del túnel, la claridad. Pero antes hemos cruzado los siglos prostituidos y los hemos amado a pesar del dolor que nos produce tanta crueldad. Los campos de batalla, las praderas y los castaños aquí allá dando sombra a los heridos y sepultura a los muertos. No podemos olvidar que amamos sobre estratos de desidia. En cada uno, fino y sinuoso, brota un riachuelo de carne y pasión antes de hacerse río y estuario; en cada uno mora la guillotina y la horca, el garrote vil y la hoguera, el poder y la insidia. Pero siempre hay un final del túnel, el estallido de mil cohetes, la brisa que mueve los alces, el niño junto a la vía jugando con una bala, la luz que se abre cuando me miras y me rodeas con tu ombligo.

Bajo buscándote. Sé que a ras de ti hay agua que sacia después de una inútil travesía por el desierto. Y la bebo con fruición sumergiéndome en la alberca que la mantiene fría antes de desvanecerme en el grano de arena que culmina la duna. Y porque lo sabes tú también siento tu aliento en el viento que me envuelve, que se transforma en huracán antes de convertir mi cuerpo en un torrente que te persigue en el aroma del jazmín junto a la ventana.

Antes de descansar recostados en la hierba, contemplando el universo a través de las hojas de los sauces.

Haren begiak, sus ojos.

¿Qué nos queda pues, amor?, ¿perseguiste por las calles de Roma en llamas?, ¿amarte iluminados por  los bombarderos que vienen del mar?, ¿o decirte te quiero en un mundo que desconoce la compasión?. Tales son nuestras pesadillas, las de las noches frías de febrero y las de las noches tormentosas de finales de septiembre: no poder crear alrededor un paraíso que quepa en el vagón de un tren. Tú en el asiento junto a la puerta; yo en el otro extremo, contemplando tus ojos en silencio, vaciando mi cuerpo en tus ojos mientras las luces de la ciudad quedan atrás y nos adentramos en un bosque nevado y en los reflejos de tu boca.

Un día de trabajo, a última hora, lan egun bat, azken orduak.

Amor.

(*) Un día entre semana, a última hora,

 en el vagón casi vacío.

 Sus ojos, como si nada más existiera.

Yo la miraba en silencio.

 Allí fuera, tiendas iluminadas.

Me marchaba del centro en un tren de cercanías.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *