Francisco Saura, Número 62, Opinión
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En el mar

Por Francisco Saura

Francisco Saura

Francisco Saura

Aquella noche, algunas señales fueron asombrosas. Era la Noche de San Juan y el fuego crepitaba bajo las estrellas. A lo lejos se escuchaba el estruendo de las tracas. Alguna ambulancia cruzaba a toda velocidad la calle. La brisa de la madrugada agitaba levemente las hojas de los plátanos. Hacia las tres de la madrugada, dispuesto ya a apagar el ordenador, la página de The Guardian anunció los resultados de Rhondda Cynon Taff, en el País de Gales. Ganó el leave, la salida de la Unión Europea. En ese momento, el aburrimiento se hizo humo y se disipó ante el monitor del circuito cerrado de televisión. Dejé a un lado El día de la batalla, de Atkinson, y volví la mirada a la pantalla del ordenador. Se aseguraba que en Gales ganaría sin problemas el remain. Las encuestas así lo afirmaban. Sin embargo, Gran Bretaña comenzaba a arder por sus cuatro costados, a pesar de que sus habitantes celebran la noche de la hoguera en noviembre. Aquella gente que conducía por la izquierda, que no utilizaba el sistema métrico decimal, lechosa, casi siempre tatuada, que había luchado durante la Segunda Guerra Mundial con una determinación y valentía que Europa nunca podrá agradecerle, que creía que cuando había tormenta sobre el Canal de la Mancha el continente quedaba aislado, había decidido quemar las toneladas de papel de los tratados que la ligaba a la Unión Europea en una gigantesca hoguera que iluminó la City como miles de luciérnagas propagadas por un remolino cósmico en el valle de la melancolía.

Luego, al amanecer, cuando los primeros rayos del sol bruñían de dorados las líneas alargadas de la sierra, se abrieron los casinos. Cayó la libra, las bolsas se hundieron, se buscaron culpables del desastre: las personas mayores, las zonas rurales, la clase obrera británica… sin duda, el pasado. Enfrente, la City, el dinero, que no tiene fronteras, los brókeres, las corporaciones, las vacaciones en las Caimán, toda esa gente agradable, moderna, guapa, que nos hace la vida agradable desde principios del siglo XXI.

Entonces supimos que el mundo ya no volvería a ser ese lugar hermoso y predecible en el que podías pasear entre los sauces sabiendo que no te robarían la cartera, el pantalón, la camisa y el reloj digital de cuatro euros…

Entonces volvimos la mirada atrás y vimos un pueblo maldito que caminaba a su perdición pastoreado en los pastizales, junto a iglesias dispuestas al azar sobre tenues colinas pobladas de álamos blancos…

Y sin duda, los jubilados ingleses, los habitantes de las zonas rurales y la clase obrera eran los culpables de que el mundo ya no fuera el soñado Edén de los mercados y de los Comunes.

Todo eso lo supimos la mañana del viernes, y durante la tarde de ese mismo día comenzamos a escrutar a esa gente lechosa del Yorkshire que había votado leave y que ya no era solamente antipática, también perversa. Y pensamos en sus campos verdes, en sus edificios oscuros, en los ríos Ouse y Foss y en sus riberas desnudas en invierno. Aquella gente no merecía aquellos paisajes; en realidad no merecían nada. Eran racistas, xenófobos y reaccionarios.

Amaneció un domingo espléndido de finales de junio. Claro y dorado. A lo lejos, en las líneas sinuosas de las colinas, los bosques de pinos crecían tupidos allá y ralos acá. Un halcón se comía las entrañas de una liebre bajo la imponente torre de control. Los abejarucos planeaban antes de posarse en las alambradas y un viejo lagarto ocelado cruzaba con parsimonia el asfalto de la carretera. En estos territorios nuestros, y en aquellos, en la España atlántica, el pastizal coronaba cumbres y se extendía cuesta abajo hasta los profundos valles y bosques surcados por riachuelos. Y más acá, los campos de cereales amarilleaban abrasados por el sol de la llanura. Y los viñedos, y los girasoles, y los olivos… Tierras y hombres hondos, acaso.

Durante el día la gente votó y sonrió. Algún poeta maldijo con alejandrinos el futuro mientras las banderas de la desidia ondeaban incredulidad y tal vez un secreto deseo de que todo aquello pasara y volviera el orden.

Pero el orden no volvió y sí la blasfemia del voto urbano, joven y rebelde. Ya se intuía, a menor escala, en esta tierra nuestra de faraones. El dios Ra se rompió la crisma mientras huía de una compañía eléctrica que le exigía el pago de un impuesto. Tanto sol para tanto tonto. Una ecuación imposible. Tanta belleza para tanta destrucción: el mar, los caballitos, las chapinas, Carmen Conde, un sueño que se hace pesadilla en la lejanía.

Y en ese momento, supimos que las urnas eran de chocolate y las papeletas depositadas en su interior de caramelo.

Y en ese momento, supimos que junto al caramelo había amargor de retama.

Y en ese momento, el país comió moras del bosque y las águilas sobrevolaron el valle y fueron nuestros ojos.

Alguien escribió entonces, cuando ya no quedaban bares abiertos y el desierto se adueñó de nuestras vidas, que el voto urbano, joven y rebelde fue culpable de tanto sufrimiento, que si hubiéramos imitado a nuestros jubilados, a nuestras zonas rurales y a nuestros parados, viviríamos en la modernidad y el progreso, Rajoy seguiría siendo el padrecito y nuestro país sería envidiado por el resto del mundo. Pero alguien se pinchó con una aguja y sintió dolor. Entonces comprendió que estaba vivo y que nuestros gobernantes eran zombis. Fue el principio del fin. Renacer nunca es agradable. Hay que trabajar duro y creer en lo que haces. No dejar que te pastoreen y estar orgulloso de tus antepasados y de su historia. Todo lo que nos falta aquí.

Fue cuando los enterramos en el mar,

Hace mil años.

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