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Dylan, el poeta de la calle, entra en el parnaso de los Nobel

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Por Julia Castro. Jueves, 13 de octubre de 2016

Como cada año, sonaban los nombres de Murakami, Philip Roth o Paul Auster, pero finalmente, contra todo pronóstico y para sorpresa de algunos elitistas de las letras que no conciben que un músico pueda hacer buena poesía, el Nobel de Literatura se lo ha llevado Bob Dylan. Santo y seña del movimiento hippie, patriarca de la cultura pop y beat, poeta de la calle, último superviviente de una generación gloriosa que se ha ido perdiendo con la muerte de sus máximos representantes (Lou Reed, John Lennon, David Bowie o Bob Marley) Dylan fue premiado hoy con el máximo galardón de las letras por, según el jurado, haber creado “una nueva expresión poética de la música popular americana”. Su nombre ha sido anunciado por Sara Danius, la secretaria permanente de la Academia Sueca, y ha generado multitud de expresiones de sorpresa entre los asistentes al fallo, pese a que ya había sido considerado candidato en años anteriores. Sin duda, la figura de Bob Dylan ha superado ese halo de fama que envuelve a los divos de la música pop para convertirse en mucho más, en expresión de la intelectualidad contemporánea, en voz de la conciencia crítica de la sociedad americana y por extensión de la cultura occidental. Dylan pasará a la historia por ser uno de esos mitos que ha arrastrado a millones, por poner patas arriba el sistema social y político con los acordes de su guitarra y sus poemas transgresores y por hacer de sus canciones protesta una especie de nueva religión de nuestros días. Para la prestigiosa revista Rolling Stone, Bob Dylan es “el mejor representante de la canción protesta de todos los tiempos”.

La temática de las canciones de Dylan gira en torno a temas como la condición humana, la sociedad actual por momentos oscura y siempre injusta, la religión, la política o el amor. Según recoge la Academia Sueca, su versatilidad artística incorpora técnicas de la pintura y la escritura.

Dylan sucede a Svetlana Alexiévich, la ganadora del Premio Nobel de Literatura el pasado año. La escritora y periodista bielorrusa fue galardonada por “sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y coraje en nuestro tiempo”. Los últimos ganadores del Premio Nobel de Literatura han sido Patrick Modiano (2014, Francia), Alice Ann Munro (2013, Canadá) Mo Yan (2012, China), Tomas Tranströmer (2011, Suecia), Mario Vargas Llosa (2010, Perú, España), Herta Müller (2009, Rumanía, Alemania), Jean-Marie Gustave Le Clézio (2008, Francia, Mauricio), y Doris Lessing (2007, Reino Unido). El anuncio coincide con la noticia del fallecimiento del escritor, dramaturgo, actor y director italiano Dario Fo, galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1997, que ha muerto a los 90 años. Entre los cinco premios previstos en el testamento de Alfred Nobel (1895), uno estaba destinado a la persona que, en el campo literario, haya producido “la obra más destacada en una dirección ideal”.

Icono de la música contemporánea

Robert Allen Zimmerman (Duluth, EEUU, 1941) cantante y compositor estadounidense de folk y rock, es una de las grandes figuras de la música contemporánea, cuya producción musical lo ha erigido en un referente entre los grandes cantautores. Desde bien niño mostró dotes de músico y poeta. Quizá el hecho de vivir en la América profunda le ayudó a tomar contacto con lo más tradicional del folclore americano.

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Las canciones populares, el folk, el country, la fusión con las músicas afroamericanas e irlandesas pasaron por sus oídos desde bien niño y forjaron a buen seguro su talento musical. Bob Dylan se crió en el seno de una familia de clase media. Una de fuentes de inspiración fue el cantante de folk Woody Guthrie, al que Dylan escuchó hasta la saciedad, así como los principales escritores de la ‘generación beat’. En 1959 marchó a la Universidad de Minnesota, donde empezó a cultivar la canción protesta. Los locales nocturnos fueron su principal cantera y de ahí sacó, sin duda, historias y argumentos para las letras de sus canciones. La guitarra y la armónica se convirtieron en amigos inseparables y como todo genio dejó de lado los estudios. Por aquellos años se inventó un nombre artístico en homenaje al poeta americano Dylan Thomas y con ese alias se dispuso a cambiar la historia de la música contemporánea.

Cuando Dylan abandonó definitivamente los estudios universitarios en 1961 se trasladó a Nueva York y empezó a cantar en los cafés y clubes de Greenwich Village, donde se reunían los aficionados al folk. El movimiento por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam pronto lo adoptó como uno de sus musos más destacados.

Y llegaron los convulsos sesenta. Dylan creó un estilo propio a partir del folk, al que añadió letras con una fuerte carga reivindicativa, que le convirtieron en líder de una juventud desnortada y sin referentes en un imperio en decadencia a causa de la crisis económica e ideológica, la irrupción de la cultura de las drogas y la guerra de Vietnam. Canciones como Blowin’ in the Wind, Maters of war o Talkin’ World War III blues revolucionaron el pop rock y fueron copiadas por una legión de bandas que seguían la estela del flautista de Hamelín Dylan. En aquella época le acompañaba The Band en casi todos sus recitales. Su compromiso antibelicista le hace escribir poemas como este Los maestros de la guerra (Masters of war):

Ustedes, que fabrican las grandes armas

Ustedes, que construyen los aviones de la muerte

Ustedes, que construyen todas las bombas

Ustedes, que se esconden tras los muros

Ustedes, que se esconden detrás de los escritorios

Sólo quiero que sepan

Que puedo verlos a través de sus máscaras.

“Nunca había escrito algo así antes”, llegó a decir Dylan en una entrevista. “No canto canciones para desearle la muerte a la gente, pero no pude evitarlo en esta”. De esa manera Dylan se unió a la nómina de cantautores como Pete Seeger, Paul and Mary o Joan Baez, jóvenes blancos de clase media que empezaban a luchar contra las perversidades de la sociedad de consumo, la hipocresía social, la injusticia, la desigualdad y la miseria de la guerra en la que siempre morían los mismos: los negros, los pobres y los desclasados. Pero había algo en Bob Dylan que lo hacía especial: las letras de sus canciones cargadas de un fuerte contenido poético y místico. Quizá fuera ese elixir romántico el que hizo que las masas cayeran hechizadas ante ese aprendiz de brujo delgaducho, de aspecto frágil y con cara de niño malo que era capaz de movilizar a miles de personas al son de su guitarra y de una simple armónica.

Tras una elogiosa crítica aparecida en The New York Times grabó su primer disco, titulado Bob Dylan (1962) y firmó su primer contrato con el productor John Hammond. A partir de entonces, fue convirtiéndose con sus diferentes álbumes en uno de los artistas más influyentes de la música popular de Estados Unidos. Ese primer trabajo en vinilo fue toda una declaración de intenciones: recuperación de las tradiciones musicales populares americanas, el folk, el blues afroamericano y letras de una belleza inusitada. El escritor Dylan estaba presente ya desde el inicio de su carrera musical.

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En 1963 se publicó el segundo disco de Bob Dylan, The Freewheelin’ Bob Dylan, que fue un gran éxito. Una de sus canciones, Blowin’ In The Wind, se convirtió en auténtico himno de toda una generación. No había manifestación pacifista o a favor de los derechos civiles de los negros que no se cerrará con esta melodía universal. Para muchos es la mejor canción de protesta de todos los tiempos. Dylan se había convertido en una figura de proyección internacional. Otra pieza de siete minutos, A hard rain’s a gonna fall (Dura lluvia va a caer) habla de un padre que le pregunta a sus hijos qué ven y estos le describen fotografías apocalípticas. “Cada línea es el principio de una canción en sí misma”, explicó Dylan en la época de su lanzamiento (1963). Pero al escribirla no creyó tener suficiente tiempo para redactar cada una de ellas, “así que las puse todas juntas en esta”, aseguró.

Vi a un recién nacido rodeado de lobos salvajes

Vi una autopista de diamantes que nadie usaba

Vi una rama negra goteando sangre fresca

Vi una habitación llena de hombres cuyos martillos sangraban

Vi una escalera blanca cubierta de agua

Vi diez mil oradores de lenguas rotas

Vi pistolas y espadas en manos de niños pequeños

Y es dura, dura, dura

Muy dura la lluvia que va a caer.

Su tercer disco llegó en 1964: The Times They Are A-Changin’; es decir, Los tiempos están cambiando. Y tanto que cambiaban. En ese año escribe otra joya: Chimes of Freedom (Repiques de libertad): “Lejos entre el fin de la puesta del sol y el fallido redoblar de la medianoche / Nos zambullimos dentro de los portales, el trueno fue a estrellarse / Como majestuosas campanas de pestillos que golpean las sombras en los sonidos / Que dan la impresión de ser repiques de libertad intermitente”. La canción habla de una pareja atrapada en medio de una tormenta, entre el atardecer y la medianoche. El tema marca una transición entre el primer estilo de protesta del Nobel, “una letanía de los oprimidos y oprimidas, en la segunda mitad de cada verso”, y su posterior estilo más libre, caracterizado por la fusión de imágenes.

En 1965 Dylan empezó a experimentar con nuevos sonidos. La imagen del dios de la música popular como cantautor comprometido y figura puntera de la canción protesta se transformó con su siguiente disco, aparecido en 1965 y titulado Highway 61 Revisited. Uno de los temas del álbum, Like a Rolling Stone, se convirtió pronto en exponente del nuevo rock and roll, y marcó el inicio del Dylan más rockero, aunque sin abandonar sus raíces. Los críticos consideraron su combinación de distintos elementos musicales como “revolucionaria”. Para Rolling Stone es la mejor canción de todos los tiempos:

Nunca te diste la vuelta para observar los ceños fruncidos

De los malabaristas y payasos que hacían trucos para ti

Nunca entendiste que no es bueno

Dejar que otra gente reciba los golpes que son para ti”.

(…)

“¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente?

Estar completamente solo, sin saber el camino a casa

Ser un completo desconocido, como una piedra que rueda.

Al año siguiente Dylan escribe otra obra maestra: Absolutely Sweet Mary (Absolutamente dulce María) 1966: “Hay que ser honesto para vivir fuera de la ley”, dice la canción. Toda una premonición de los tiempos que vivimos y una frase que ha dado la vuelta al mundo desde su lanzamiento. Forma parte del disco Blonde on Blonde, que recomendó la secretaria del comité del Nobel de Literatura para entender la poesía del autor.

A finales de los años sesenta decide salir a escena con guitarras eléctricas, algo que no fue bien entendido por muchos de sus fans, que esperaban ver al Dylan poético y melódico de siempre. En ese momento pocos entendieron que lo que hacía Bob Dylan era revolucionar la música contemporánea. El concierto en el Olympia de París del 1 de junio de 1966 le sirvió para poner Europa a  sus pies. En aquellos días sufrió un accidente de moto y Dylan se mantuvo fuera de los escenarios durante un par de años.

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En 1970 se estrenó la película El precio del fracaso, de Sidney J. Furie, con banda sonora de Bob Dylan. Tres años después llega el film Pat Garret y Billy The Kid, dirigida por Sam Peckinpah y en la cual el cantante interpreta un pequeño papel de forma muy acertada. En 1975 rueda su única película como director, Renaldo y Clara, y tres años después aparece en un documental firmado por Martin Scorsese titulado El último vals.

En los años ochenta la estrella de Dylan quedó algo oscurecida, perdió cierta dosis de popularidad, pero sin que le abandonara su halo de gran gurú de la música, que ha ostentado a lo largo de las últimas cinco décadas de rock. En esa época sigue profundizando en sus letras cargadas de misticismo de una notable profundidad y en 1985 aparece un quíntuple álbum antológico, Biograph, que contenía versiones inéditas de algunas de sus canciones.

El Dylan músico solo fue el reverso del otro gran Dylan: el escritor y poeta. Durante años sus versos han sido considerados como un referente para varias generaciones y llegó un momento en que la intelectualidad de la época empezó a fijarse en él también por su calidad literaria. El padre de la ‘generación beat’, Allen Ginsberg, declaró públicamente su admiración por Dylan, del que llegó a decir que era “un importante bardo americano del siglo XX cuyos textos han influido a generaciones en todo el mundo, lo cual le hace acreedor del premio Nobel”. De hecho, desde 1996 y año tras año, el escritor y profesor de literatura Gordon Ball postularía a Dylan para la concesión de este importante premio, y la primera vez lo hizo a instancias del propio Ginsberg, fallecido en 1997.

A lo largo de su carrera Dylan ha recibido premios notables, como el doctor honoris causa por la Universidad de Princeton, diversos Grammy y el Lifetime Achievement Award como reconocimiento a su trayectoria artística. Comendador de la Orden de las Artes y las Letras francesas, en 2001 recibió un Óscar a la mejor canción original y un Globo de Oro por Things Have Changed, tema incluido en la banda sonora de la película The Wonder Boys, dirigida por Curtis Hanson. En 2006 recibió dos nuevos premios Grammy por Modern Times, disco editado ese mismo año y galardonado como mejor álbum de folk contemporáneo. Además recibió por una de las canciones de este trabajo, Someday Baby, el reconocimiento como mejor solista de rock.

Para la historia quedarán álbumes como Unplugged (1995) The freewheelin’ BobDylan (1963), Blood on the tracks (1975) y Oh mercy (1989). Love and theft (2001) y Modern times (2006) figuran entre sus últimos discos. Como gloriosos fueron también Bringing It All Back Home y Highway 61 Revisited, ambos publicados en 1965, Blonde on Blonde, de 1966, y Blood On The Tracks, de 1975. Su productividad continuó en las siguientes décadas con Time Out Of Mind (1997) que está considerada otra obra maestras. Para culminar su extensa producción discográfica, Dylan ha publicado los trabajos experimentales Tarántula (1971) y Writings and Drawings (1973). Igualmente, en 2004 vio la luz su autobiografía Memorias (2004), que recoge los recuerdos de sus primeros años en Nueva York.

Si algo le faltaba a Bob Dylan para acabar de forjar su leyenda, era la publicación de su autobiografía. Chronicles Volume One vio la luz en 2004 y supuso todo un acontecimiento literario internacional. En junio de 2007 se hizo pública la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Artes al cantante. Entre los candidatos figuraban el compositor Andrew Lloyd Weber, los arquitectos Frank O. Gehry y Rafael Moneo, así como la pianista Maria João Pires. El jurado se decidió por Dylan por su condición de “mito viviente” y por haber sido “el faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo”. Se subrayó “la austeridad en las formas y la profundidad en los mensajes” en las canciones del músico estadounidense. El cantautor fue uno de los grandes ausentes en la ceremonia de entrega en el Teatro Campoamor de Oviedo. Envió, sin embargo, un escueto mensaje en el que agradecía la concesión del galardón. Ese mismo mes se publicaba una retrospectiva de su obra en tres discos compactos que recogían más de cuarenta años dedicados a la música. Pocos días antes Dylan había asistido, en una sinagoga de Atlanta, a la celebración del Yom Kippur, el Día del Perdón. Allí rezó y mostró públicamente su retorno al judaísmo de sus orígenes familiares. Se puede decir que hoy, por fin, ha entrado en el Sanedrín de la literatura.

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