Antonio Jorge Meroño, Número 60
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Terror y utopía

Por Antonio J. Meroño

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Antonio J. Meroño

La revolución de octubre de 1917 en Rusia suscitó enormes simpatías en toda la izquierda mundial. Primera revolución comunista de la historia, le siguió una sangrienta guerra civil en la que Trotsky condujo con mano de hierro al ejército rojo. De entre los líderes bolcheviques, el más inculto y sanguinario, Stalin, fue el que se hizo con el poder tras la muerte de Lenin, instaurando ya desde fines de los años veinte un régimen de terror, pobreza y delación donde nadie estaba a salvo.

Rusia, el país más atrasado de Europa, venía de siglos de la tiranía de los Romanov, no conocía el desarrollismo ni la revolución burguesa decimonónicos, al igual que ocurría en nuestro país. Todo esto es siempre un caldo de cultivo para todo tipo de totalitarismos. Los bolcheviques en pocos años llevaron a cabo un proceso de modernización del país, con una industrialización forzosa, pero con la represión y la hambruna que desencadenó la colectivización de la agricultura.

El libro de Schlögel ahonda con todo lujo de detalles en el terror del año 1937, cuando Stalin instauró un reinado de miedo sólo parangonable al que estaban llevando a cabo los nazis en Alemania. Mientras se construye el metro, rascacielos, pabellones deportivos, líneas férreas y telefónicas, las matanzas se generalizan. Todo moscovita es a la vez una víctima y un delator en una espiral de locura colectiva.

El procurador Vychinsky organiza los procesos contra los altos cargos del partido, de lo que la víctima más significativa fue Bujarin, en una delirante versión de Saturno devorando a sus hijos. Mientras la ciudadanía ve cómo se abren comercios, disfrutan de vacaciones o se suceden los triunfos deportivos, la gente es fusilada al amanecer. El lema leninista, sóviets y electricidad se cumple al tiempo que las chekas rebosan de detenidos y el temible Beria se convierte en un temible verdugo.

Hay una breve referencia a la intervención en nuestra guerra civil, donde miles de militares y espías soviéticos exportaron su infamia a nuestras tierras. La cúpula del ejército fue diezmada, lo que costaría una carnicería cuando, cuatro años después, Hitler se lanzara sobre un país casi inerme y del que sólo el heroico comportamiento del pueblo salvó de una derrota a manos del invasor.

Toda esta locura genocida va a dejar un lastre del que Rusia no se ha repuesto. Denunciada por Kruschev, aún se anda desenterrando víctimas e intentando dignificar su memoria, algo que a los españoles nos debería sonar más. Libro escalofriante, bien escrito y traducido, recibió merecidamente en 2012 el premio Leipzig para el entendimiento europeo.

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