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‘El loco del pelo rojo’: locura y pasión por el arte en Minnelli

Secuencia de la película Lust for Life (El loco del pelo rojo en España) de 1956.

Por Oliver. Domingo, 18 de septiembre de 2016

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Si toda la obra de Minnelli está basada en mayor o menor grado en la función del arte y su relación con la vida, fácilmente se comprende que cuando el tema de la película es Van Gogh, la obra se convierta en una reflexión, apasionada, sobre el problema mismo del artista situado entre el arte y la vida. Y si en los dramas de Minnelli el sueño devora la realidad, en Lust for Life la pintura devorará a su creador. Y así el arte de Minnelli (Vincente) se alimenta de la vida de Vincent (Van Gogh).

No es puramente casual la gran importancia que se concede en el film a los debates sobre el arte, “El arte es una cosa muy seria”, dicen los seudoartistas de París que pintan en sus concurridos salones según los impresionistas. Frente a ellos Minnelli sitúa a dos artistas que desde su soledad luchan por sustituir la fórmula por el sueño interior (Gauguin) o por la huella de la vida misma (Van Gogh). Las relaciones de los dos pintores en Lust for Life adquieren al cabo de diez años una importancia muy significativa dentro de la evolución de la obra minnelliana.

La primera vez que Van Gogh encuentra a Gauguin, este es ya el pintor cuya opinión aterroriza los salones de París. Más tarde, cuando Gauguin llega a Arlès, donde le espera Van Gogh, encuentra una casa totalmente revuelta. Gauguin dice que le gusta el orden y Van Gogh, intentando complacer a su amigo, no hace más que echar por los suelos una caja de pinceles. Minnelli se cuida muy bien de resaltar la serena madurez de Gauguin frente a la impetuosa violencia de Van Gogh. La pintura de Gauguin es la obra de un hombre que ha luchado a lo largo de su vida para reflejar a través del arte un mundo interior que no debe nada a su propia realidad externa (la primera vez que Gauguin se pasea por las calles de Arlès se enzarza en una violenta pelea callejera; mientras, Van Gogh le reprocha la falta de vitalidad de su pintura). Por el contrario, Van Gogh intenta plasmar en sus cuadros su lucha vital contra la naturaleza (Van Gogh pinta en medio de un auténtico huracán arrastrándose casi por el suelo), pero Gauguin dirá que lo único que ve en ellos es que los ha pintado muy deprisa. Si, en definitiva, la obra de uno y otro es igualmente reflejo de una concepción personal del arte, no por ello dejan de representar dos momentos bien diferenciados dentro de la propia evolución del cine de Minnelli.

En enfecto, Van Gogh es como todo héroe minnelliano un hipersensible que necesita amigos y afectos a sus alrededor para no caer en la autodestrucción (apenas Gauguin le abandona, pone en peligro su vida cortándose la oreja). Gauguin ha aprendido a pasar sin ellos: “Conozco muy bien la soledad. Solo que yo no me quejo”. El problema de Van Gogh (Kirk Douglas) es el mismo que sigue preocupando al Kirk Douglas de Dos semanas en otra ciudad, auténtica confesión minnelliana y testamento de una época fundamental de su obra, en la que, tras lucha encarnizada, el sueño devora a la realidad, y de la que Los cuatro jinetes del Apocalipsis es el ejemplo máximo. La postura de Gauguin, que ha distanciado totalmente el arte de su vida, prefigura al Minnelli de El noviazgo del padre de Eddie. Minnelli, como Gauguin, asume la triste realidad de un arte situado al margen de la lucha vital de su creador, con lo que nos lleva, por el extremo opuesto, a una seria reflexión sobre la condición del artista.

Pero volvamos atrás para seguir la marcha del artista. Es evidente que en el momento en que Minnelli realiza Lust for Life Van Gogh representa su propio problema: la lucha del artista con la obra. Si para Van Gogh el arte es diálogo con la naturaleza, su obra empieza en Arlès. Es la concepción ingenua de la pintura como simple reproducción. Van Gogh abre su ventana y aparece el claro cielo de Arlès, cuya cautivadora belleza primaveral recoge Minnelli en majestuosas grúas (recuerdo de la eufórica fantasía de sus primeros musicales), que encadenan sin solución de continuidad con las propias telas de Van Gogh. Solo en última instancia aparecen las manos del pintor en su trabajo. La obra se confunde con su modelo.

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Kirk Douglas encarna a la perfección el personaje de Vicent Van Gogh.

Pero a medida que la obra progresa, este diálogo con la realidad va adquiriendo las características primero de un coloquio fantasmagórico (alucinante visión de Van Gogh pintando de noche, con el sombrero cubierto de velas encendidas) y luego, de una lucha apasionada con el sol y la naturaleza, y la obra se convertirá en el simple reflejo de un combate casi físico del pintor contra los elementos. Poco a poco, en las telas de Van Gogh la naturaleza se sustituye por el mundo irreal del artista. Ya muy enfermo, Van Gogh pinta el retrato de su médico. Minnelli encuadra un alegre rincón del jardín, en el que el doctor con su traje negro forma un simple contraste a un abigarrado conjunto de colores. Una ligera grúa nos lleva al cuadro que Van Gogh, ahora sí en pleno trabajo, está acabando. En la tela no aparece más que la figura negra y trágica del doctor.

Y, finalmente, Van Gogh pinta la muerte. Primero la representa simbólicamente bajo la figura de un segador trabajando en pleno día. Pero cuando la muerte le alcanza definitivamente es cuando se siente ya incapaz de participar de la vida. Mientras en la calle se está celebrando una alegre fiesta popular, Van Gogh se consume en el rincón de una taberna. Va al campo y unos cuervos se abaten sobre el artista realizando su última obra. Ahora no necesita ya una figura simbólica para representar a la muerte. Unas simples pinceladas sombrías y la presencia misma de la muerte invade la última tela de Van Gogh. Mientras suena el disparo de su suicidio frustrado, un campesino pasa lentamente con su carro. La vida le ha abandonado. Ya solo queda la obra.

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Van Gogh se ayuda de velas en su sombrero para pintar Noche estrellada sobre el Ródano (1888).

Antes de morir Van Gogh escribe: “Estoy desesperado. No puedo prever absolutamente nada. No veo ninguna salida”. El final del artista vuelve al principio del hombre: el ciclo se cierra. La soledad es el gran problema y la comunicación, la necesidad fundamental. Lust for Life empieza con la imagen de Van Gogh solo, aislado, frente a su angustioso deseo de ser útil. Sus discursos minuciosamente preparados de nada le sirven para comprender y hacerse comprender por unos humildes mineros. Solo cuando al mirarse al espejo, tras el duro trabajo en las minas, se reconoce como uno de aquellos miserables, puede integrarse a su vida. Pero Van Gogh renuncia a ella para entregarse a la recreación de la naturaleza a través del arte. Lust for Life acaba con la muerte de Van Gogh. Minnelli nos ha explicado el sentido de todo su cine: el arte es un juego cuya apuesta es la vida del artista.

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