Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 59, Opinión
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El límite del bien

Por Luis Sánchez 

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Atención, muchachada o chavalería. Una perla de Manacor, una perlita de Huelva, un perlón de Canarias… “Si naciste pobre no es tu responsabilidad. Pero si mueres pobre sí que es culpa tuya”, Bill Gates, emperador del silicio, del coltán y del serrín, que de todo hay en el alma cándida de un buen ordenador.

Acabas de quedarte sin empleo, entras en el primer bar que encuentras, te pides un café doble, coges el sobrecito de azúcar, lees la perla del tío Bill y te sube la moral un huevo Kinder, ya lo creo. Claro, que en el refranero español también disponemos de sentencias similares; aquí va una: “Si a los cuarenta no eres rico, vaya borrico”.

En la portada de la selectiva revista Forbes, número 35, además de las palabritas de Gates, aparece el lema de la publicación: “Nada personal, sólo negocios”. Si examinamos con detenimiento la frase inicial, bandera ideológica y prodigio de condensación, vemos que contiene, al menos, cinco factores de interés.

–Una cultura que posibilita el ascenso social. Como que vives en el mejor de los mundos, chaval. A tu alrededor hay infinidad de oportunidades; sólo hay que saber verlas. Conque, ni corto ni perezoso, te lanzas a la calle. Currículum por aquí, currículum por allá. Al final de los finales, encuentras un puesto de trabajo; no es lo que imaginabas y pagan poco; pero por algo se empieza. Te toca tragar con esto y con aquello; pero no importa, lo importante es empezar; luego ya veremos.

–Una competitividad feroz. Todos quieren; tú también. Pero no hay tarta de cumpleaños para todos, así que, en tu camino de ascenso individual, no sólo te haces un hueco, sino que aprendes a dar codazos, a poner zancadillas, a pegar puñaladas… y, poco a poco, vas escalando puestos, te vas labrando una posición. Mucho estrés, da igual. Sin ambición no eres nadie: el futuro es tuyo, y de nadie más.

–El éxito económico, como única meta. Si dispones de dinero, estás salvado, tío: esa es la clave; lo demás, no importa, al fin y al cabo, todo se puede comprar y vender, ¿o no? Y cuando, tras una larga travesía, llega tu turno y te ves rodeado de trofeos que acreditan tu trayectoria, gritas al mundo: ¡He luchado duro y me lo merezco! La sonrisa del triunfo se dibuja satisfecha entre tus mofletes de arándanos.

–El paso de la responsabilidad a la culpa. Poco importa que hayas vendido tu alma al consumo, que hayas sacrificado esto o lo otro. Sólo eres una pieza más en el complicado engranaje del Sistema, y lo sabes. Hoy estás aquí y mañana, allá. Este mundo no es justo; nadie es imprescindible. Por eso, un buen día van y te despiden, ¡a ti, que lo has dado todo por la empresa!… ¡Malditos objetivos!

–Asunción de la propia culpa ante el fracaso. Quizá debieras haberte esforzado algo más, en vez de bajar la guardia…, ¡qué importa ya! El caso es que te creías el puto amo y estás en la puta calle. Lo tienes crudo. Además, descuidaste la relación con la pareja, con la familia, con los amigos; sí, el trabajo era lo primero. Estás cansado, ya no eres un chaval, y las nuevas generaciones vienen pisando fuerte. El panorama es poco alentador. Reconócelo: la has cagado (y encima, con deudas).

Los voceros del neoliberalismo repiten: La vida es un juego: a veces se gana y a veces se pierde. Sin embargo, todos sabemos que la banca nunca pierde; ¿será que hace trampa? Y, siguiendo con la comedia humana, me acuerdo de una frase de Balzac: “El secreto de las grandes fortunas sin causa aparente es un crimen olvidado porque ha sido efectuado con limpieza”. Por cierto, ¿por qué ni la usura ni la codicia están tipificadas como delitos? ¡Ah, misterio tropical! Yo, en vista de lo padecido, estoy por recuperar la corriente de los afrancesados (Goya). ¿Razón? El éxito del pueblo vecino, que no se ha dejado avasallar por la reforma laboral del presidente François Hollande. Por eso, estaría muy bien que, durante una temporada, nos invadieran los franceses, pero sin Napoleón, con un buen queso bajo el brazo sería suficiente; el vino, el jamón y todo lo demás lo ponemos nosotros. Seguro que aprenderíamos de ellos un montón de cosas. En fin, nada personal, sólo trabajo.

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