Número 59, Opinión, Rosa Palo
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Fino filipino

Isabel Preysler, quintaesencia de la cultura filipina.

Por Rosa Palo

ESTHER-BAEZA-(ROSA-PALO)

@Ebaezan

Fíjense que me hacía yo conocedora de la cultura tagala porque tengo un mantón de Manila. Fíjense que me creía versadísima en la historia de nuestra antigua colonia porque me tragué entereticos los dos capítulos del Ministerio del Tiempo dedicados a los últimos de Filipinas. Fíjense que me suponía yo cinéfila del nivel películas anti-boyeras (de Boyero, Carlos, no de bolleras, varias) porque conozco la filmografía del director filipino Brillante Mendoza. Fíjense que me presumía la pera limonera porque tengo un máster en Filipinas por el Mundo, obtenido en la prestigiosísima Hola University of Heart, y que me permite hablar durante horas del nombramiento de Amparo Muñoz como Miss Universo en Manila en 1974 o de la familia de Íñigo Zóbel, empresario filipino que fundó Sotogrande (ese lugar tan mítico como la Atlántida, que los estudiosos sitúan cerca de Cádiz y que sólo existe para Ana Rosa, Paloma Segrelles, Margarita Vargas, jugadores de polo y demás figuras mitológicas) y que está casado con Maricris Cárdenas, la mujer que lanzó ¡HOLA! en Filipinas y que también es exmodelo como yo (desafortunadamente tuve que abandonar mi carrera tras lesionarme una rodilla cuando desfilaba con Rociíto y Jesulina en Alcampo porque la perra de Jesulina, verde de envidia tras enterarse de que me habían llamado para cerrar el desfile de la colección crucero de Carrefour, me hizo una zancadilla y acabé dando con mi vestido de noche de tergal en el suelo). También podría dar una charla coloquio sobre Pitita (“¿Por qué te llaman Pitita si te llamas Esperanza que es palabra tan bonita?”, le decía Pemán), la embajadora consorte en Filipinas que lo mismo salía a darle al tacón con Imelda Marcos que rezaba después de volver de la Joy Eslava (“Pitita levita”, que decía Umbral). Y sobre la filipina más famosa, señora de Preysler, les remito a mis docenas de ensayos ya publicados.

Pero fíjense que yo, con toda esta vasta cultura tagala que tengo, no conocía al presidente de Filipinas. Es un tipo con el mismo cutis de alabastro que Noriega (el general, no Eduardo) y con unas maneras que hacen que, a su lado, Jesús Gil parezca Antonio Gala: el tío ha llamado a Obama hijo de puta. Tal cual. Y va y lo peta, que esto de que los líderes nacionales (y locales) tengan ese habla de barra de bar, de palillo entre los dientes y de carajillo de Veterano es lo más. Ellos sí que son de cultura basta: quieren hacernos creer que hablan por nuestra boca cuando sólo hablan por sus intereses, elaborando un discurso hecho a partir de un corta y pega de eslóganes y pancartas, o de exabruptos tuiteros (que para eso son el nuevo populismo). Hablando sobre populismos buenos y malos, concluía Javier Cercas en un artículo que “todo populismo es malo porque apela a la frustración y la rabia (aunque sean justas, o precisamente porque lo son); también porque apela al pueblo, que es una abstracción de trilero, y no a los ciudadanos, que son realidades tangibles, sujetos de derechos y deberes, hombres y mujeres responsables de su destino”. Lo dicho: finos filipinos. Por eso me quedo con el mundo holístico frente al político, que no veo yo a Preysler diciéndole “hijo de puta” a nadie. Ni siquiera a Ruiz Mateos.

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