Lidia Sanchis, Número 59, Opinión
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El desencuentro

Por Lidia Sanchis

LIDIA SANCHIS buena

@lidia_sanchis

“Nosotros vivimos en Madrid”, dijo, como si esa ciudad marcara una distancia abismal entre él y ella, entre sus mundos. Madrid como lugar al que ella nunca pudo aspirar; un sitio al que jamás hubiera podido llegar aunque hubiera nacido con otra cara, con otro cuerpo; “mi madre dice que a una señora se la reconoce por lo bien peinada que va y por llevar las medias en su sitio” y ella escrutaba con miedo su cabello rebelde y sus medias con carreras sabiendo que no iba a estar a la altura, ni nunca iba a vivir en Madrid ni en cualquier otro sitio donde se necesitara estar presentable a todas horas; ese corazón devastado por el dolor que era ella lo puso en sus manos. Para qué.

Escucha a Antonio Vega, como tantas veces hicieron juntos, como aquel día mientras se turnaban para planchar en la mesa camilla que les servía de tabla, aquel mes de junio, el último, tan cálido y tan frío al mismo tiempo, cuando todo iba a comenzar porque todo iba a acabar, porque ya no habría más exámenes que preparar juntos, ni notas escritas de madrugada apresuradamente, que ella pasaba por debajo de la puerta de su habitación y esperaba que él dijera, una vez más, ese “como ésta pero cien”, un mantra para animarla a escribir. Tampoco en esto le hizo caso. Ya nunca se les volvería a echar la noche encima mientras estaban en el sofá, hablando y hablando, y tenían que encender la luz para seguir charlando en la cocina mientras preparaban la cena. Ya no volvería a sentir a su lado la nostalgia de cosas que no había vivido. En esa época, en el piso de estudiantes de Periodismo, de la calle Luz Casanova de Valencia, el tiempo y las emociones aún se medían con el paso de las hojas de un calendario de papel colgado de una chincheta en la pared: allí apuntaban en rojo las primeras veces de tantas cosas. “Lucha de gigantes convierte el aire en gas natural, un duelo salvaje advierte lo cerca que ando de entrar en un mundo descomunal”.

Esta luz cegadora de septiembre hace ligeros los días, cuando en realidad no lo son ni lo eran. Antonio Vega cantaba “deja de engañar, no quieras ocultar que has pasado sin tropezar” mientras ella se imaginaba la vida con él. Y se la imaginaba como una fotografía estática donde se vieran sus caras sonrientes que después, poco a poco, se irían cubriendo de finas rayas, apenas perceptibles; veía una piel ligeramente descolgada, una mancha nueva en el rostro, nada que un amor como el suyo, hecho de las palabras de ella y de los silencios de él, no pudiera soportar. Pero ahora recuerda el final de la película Herida, de Louis Malle, y a ese Jeremy Irons desahuciado pronunciando aquella frase (“la volví a ver una vez en un aeropuerto, cambiando de avión. Ella no me vio… no era distinta a todas las demás mujeres”) que suscitó un buen tema de debate y confrontación entre ellos –ella pensaba que lo único que daba sentido a la vida era vivir una gran pasión como la que sentía; él opinaba que jamás podría abandonar a su mujer y a sus hijos para ir en pos de una mujer– y ahora, después de tantos años, ella se da cuenta, dolorosamente, de que él también era como todos. Que todo aquello que ella pensaba que había habido entre ellos no fue más que un espejismo. Que él nunca mereció la pena. Y ella se siente infinitamente triste por todo aquello que perdió, ciega como estaba por conquistar el corazón de un hombre que jamás fue suyo; por ese empeño que puso en arruinarse la vida como manera de exorcizar su dolor y su frustración; triste, por todas esas veces que se arrastró suplicando que la quisieran otros puesto que él no la quería. Ella, que quería vivir un amor que destruyese ciudades. “En un mundo descomunal siento mi fragilidad”.

Es cierto, en el amor todo es pérdida. Pero no sabemos cuándo ésta se va a producir, en qué momento descubriremos que estuvimos perdiendo desde el principio y que lo que ahora somos es el resultado de ese tránsito vital que ha ido dejando jirones de nuestra piel enganchados en cada espina. Tal vez hemos llegado hasta aquí armados con una coraza, un corazón duro y blando al mismo tiempo; o tal vez estemos desnudos, frágiles y a merced de los recuerdos.

Oigo el rumor estrepitoso del agua, de un gran diluvio de tiempo que sumergirá en el olvido todas las cosas que fueron, todas las cosas que creí que habían sido y, sobre todo, todas las que hubieron podido ser. “Dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más”.

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