Alaminos, Humor Gráfico, Número 59, Opinión, Rosa Regàs
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Burkini

Por Rosa Regàs / Ilustración: Jorge Alaminos

ROSA REGAS

@rosaregas

En su afán dogmático, el racismo alcanza límites insólitos de contradicción y sin sentido, no tanto por su deshonestidad como por lo imprevisible de las reacciones de quienes defienden a morir sus principios. Y no hablo de los ricos de la Costa del Sol que se avergonzaban de los emigrantes del norte de África a los que negaban el pan y la sal y en cambio se morían por recibir la invitación del último petrolero del Golfo que se había comprado varios pueblos donde construir un palacio de las mil y una noches.

El racista es víctima de unas ideas tan peregrinas que su cerebro, desconcertado, no sabe por dónde va y se deja llevar por lo primero que oye. Recuerdo que hace unos años, cuando en Francia no se le permitió a una chica musulmana entrar con el pañuelo en la escuela, apareció en la televisión un representante del Gobierno que justificó tal medida diciendo que la República Francesa era laica y por lo tanto en lugares oficiales no se permitía ningún signo externo de defensa o sometimiento a ninguna religión. Es decir, en la escuela o en la universidad, ni un cristiano luciendo una cruz, ni un judío llevando la kipa, ni la chica árabe con su pañuelo musulmán. Pues bien, en TV española respondimos con la aparición de una monja que defendía la orden ministerial francesa, sin darse cuenta de que ella misma se cubría el pelo con un velo negro y una toca blanca debajo, vestía un hábito que le llegaba a los pies y del cinturón le colgaba un monumental rosario negro. Y es que al verla su cerebro se había disparado y actuaba al margen de las estructuras mentales que lo han hecho tan famoso entre nosotros.

Y ahora resulta que a los racistas franceses no les gusta que las mujeres árabes se bañen en el mar, vestidas con el burkini. Y aquellas cuyo cerebro no ha enloquecido aún, se afanan sin éxito en hallar justificaciones, “que si es una impedimenta poco saludable para la mujer”, “que si yo me voy a Irán tengo que ponerme un chador”, “que ellas hagan aquí lo que aquí se hace” y poco más.

¿A qué vienen tantos discursos y peroratas sobre la libertad? Las unas alegan que el burkini va contra la libertad de la mujer y las otras que ni el bikini ni la desnudez las hace libres.

¿Qué tendrá que ver la libertad con la forma de vestir? No hay más libertad que la que hace que cada cual actúe como cree que tiene que actuar.

Prohibir el burkini como en algunas ciudades de Francia, es un signo de insensatez política, y más cuando son tantos los nacidos en el país que se van para volver como yihadistas cargados de explosivos y dispuestos a inmolarse y matar para vaciarse de tanto resentimiento por la incomprensión recibida.

¿Tan difícil es ver en el burkini poco más que una forma de querer ser original, como quien se tiñe el pelo de rosa o anda desnuda por la playa?

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Jorge Alaminos

@litoralgrafico

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